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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

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Capítulo 18

Capítulo 18: De pie

Alejandro no estaba viendo el escenario. Estaba viendo las manos de Paloma. Desde el palco de los Iturralde, en el Auditorio Reforma, veinte alumnos de Seña y Voz bailaban la coreografía que ella había ensayado un mes entero para encabezar, y en su regazo, sobre la tela del vestido de manga larga, la mano derecha de Paloma seguía cada movimiento sin equivocarse de uno solo. La izquierda no la movía. Debajo de la manga tenía ocho puntos que se había ganado por él la noche anterior.

Él le había dicho que no iba. Ella había decidido no subir al escenario sin que nadie se lo ordenara. Y ahora estaba ahí, bailando sentada, con la mitad del cuerpo, para que nadie la viera.

A su lado, su madre se abanicaba con el programa. Su padre miraba al frente sin expresión. Tres filas abajo, en la platea, su tío Fausto aplaudía cada número con su esposa Tencha a un lado, relajado, como alguien que ya sabe cómo termina la noche. Mil quinientas personas llenaban el Auditorio, y dos cámaras transmitían en vivo para las redes de la fundación. Alejandro contaba con eso.

* * *

Cuando anunciaron el donativo de la Fundación Iturralde, Ulises empujó la silla de ruedas por la rampa lateral hasta el centro del escenario. Alejandro lo había planeado así: que lo vieran subir exactamente como llevaban tres meses imaginándolo, empujado, con las manos sobre los descansabrazos. Le acercaron el micrófono a la altura de la boca. El público guardó el silencio incómodo que siempre le guardaban.

—Durante tres meses me han preguntado si voy a volver a caminar.

Jaló el freno de la silla. Puso las manos en los descansabrazos y se levantó. La pierna derecha ya no le dolía; llevaba semanas sin dolerle, y aun así había seguido sentado en esa silla de acero cada vez que salía de su casa. Soltó el respaldo, dejó la silla atrás y caminó hasta la orilla del escenario.

Durante dos segundos no se oyó nada en el Auditorio. Luego alguien gritó, y después de ese grito vino todo lo demás: la gente de las primeras filas se levantó de los asientos, los celulares se alzaron, y el aplauso empezó en la platea y subió hasta los palcos. Junto a las salidas, doce hombres de traje que nadie había visto llegar se enderezaron al mismo tiempo. No aplaudieron. Inclinaron apenas la cabeza ante el jefe que acababa de anunciar que seguía vivo y de pie. Alejandro buscó la tercera fila. Fausto seguía sentado, con las manos todavía juntas a medio aplauso y la cara del color del papel.

Alejandro esperó a que bajara el ruido. No habló de su pierna, ni del secuestro, ni de nadie.

—Esta noche, la que tiene que estar de pie para recibir el aplauso es mi esposa.

Señaló el palco. El técnico de luces tardó un segundo en reaccionar, y entonces el reflector giró y cayó sobre Paloma. Ella no sabía qué hacer. Miró a los lados, miró hacia abajo, y se levantó despacio, con el brazo izquierdo pegado al cuerpo. El aplauso la siguió, más fuerte que el de él.

Gabriel Solórzano subió al escenario con la carpeta del certificado de donación. Se la entregó sonriendo para las cámaras y, al darle la mano, bajó la voz.

—¿Qué le hizo en el brazo?

—Gracias por invitar a mi esposa, Solórzano. —Alejandro le apretó la mano y la soltó—. Ya no le hace falta.

Gabriel se quedó con la sonrisa puesta y nada más detrás.

* * *

Alejandro bajó del escenario por las escaleras de la platea, caminando, y el camino de regreso al palco pasaba junto a la tercera fila. Fausto ya estaba de pie, abrochándose el saco, abriéndose paso hacia la salida sin despedirse de nadie. Tencha no lo siguió. Se quedó sentada, mirando la espalda de su marido, y lo dijo sin bajar la voz.

—Me casé con un inútil.

Las señoras de la fila de atrás se quedaron calladas. Alejandro pasó a un metro de su tía y no le dio las buenas noches.

En el pasillo de los palcos, el celular le vibró sin parar. Media hora después de que se levantó, el video ya circulaba con el mismo título en todas partes: el heredero Iturralde se levanta de la silla. Cuatro consejeros le mandaron felicitaciones por mensaje, uno detrás de otro, los mismos que dos semanas antes estaban dispuestos a votar su remoción. Ninguno volvió a mencionar la sesión del consejo.

En el palco, su madre lloraba con el pañuelo apretado contra la boca. Su padre se levantó, le puso una mano en el hombro y la dejó ahí un momento, que en Ignacio Iturralde equivalía a un abrazo. Detrás de ellos apareció la secretaria de Fausto, sin aliento, con un recado que nadie le dejó dar.

—Dígale a mi hermano —le dijo Ignacio, sin voltear— que aquí manda el que puede, no el que grita.

Ulises recogió la silla de acero detrás del escenario. Alejandro no volvió a sentarse en ella.

* * *

A las once, Mercedes los hizo ir a todos a la casona. Nadie cenó. Su madre se llevó a Paloma a la biblioteca y cerró la puerta, y Alejandro, que se había quedado en la sala con su padre, tardó cinco minutos en darse cuenta de que no la había vuelto a ver.

Desde el pasillo oyó la voz de su madre a través de la puerta.

—Por tu culpa casi me lo matan en un callejón. Ponle precio. ¿Cuánto? Te doy el triple de lo que dice el convenio que firmaste.

Alejandro sabía qué convenio era. Estaba en su archivo desde el catorce de marzo, firmado el mismo día que el acta, y su madre lo había exigido. Paloma no sabía que existía. Él abrió la puerta a tiempo para verla con la libreta en las manos, detenida en esa palabra que nunca había oído; el pizarrón que Kike les había mandado esa mañana se había quedado en la camioneta. Luego ella escribió, arrancó la hoja y la levantó a la altura de los ojos de su madre.

*No estoy en venta.*

Mercedes le arrebató la hoja y la rompió en cuatro. Los pedazos cayeron sobre la alfombra, entre los pies de las dos.

—Mamá. —Alejandro no levantó la voz—. Basta.

Tomó a Paloma de la mano buena y salió con ella de la biblioteca. Su madre no los siguió.

* * *

La llevó al fondo del jardín, donde la casona se acababa en la barranca y había una jacaranda vieja más grande que las demás. La floración ya había pasado, y en junio el árbol era pura hoja verde. Ahí, con la luz de la casa lejos, él se volvió hacia ella y levantó la mano derecha.

Se llevó la punta de los dedos a la barbilla y la bajó hacia adelante, hacia ella. Le salió torpe, con la mano demasiado rígida y el movimiento demasiado corto, como alguien que lo había practicado frente a un video y nunca frente a otra persona.

—*Gracias* —le dijo con las manos.

Paloma se quedó mirándolo. Luego se rio con todo el cuerpo, sin un solo sonido, hasta que tuvo que apoyarse en el tronco. Alejandro no se ofendió. Le gustaba verla reírse de él.

—Cuando había fiesta en esta casa, me escondía aquí —le dijo—. Nadie me buscaba hasta que se iban los invitados.

Ella dejó de reír. Le tomó la mano derecha, le dobló los dedos hasta formar una A y la guió para que se tocara la rodilla con ella, dos veces. Después sacó la libreta del bolso y escribió.

*Tu nombre en señas. La pierna buena.*

Alejandro se rio fuerte, de verdad, por primera vez en mucho tiempo. Se tocó la rodilla otra vez, solo, para aprenderlo.

Paloma pasó la hoja. Esta vez escribió muy despacio, apretando la pluma, y cuando terminó le puso la libreta delante de los ojos, igual que se lo había puesto a su madre una hora antes.

*No soy un adorno. Quiero trabajar.*

Él leyó la frase. En mayo, cuando se la escribió por primera vez, le había contestado con lo peor que tenía. Ahora la miró a ella, con el brazo vendado bajo la manga y los ojos fijos en los suyos, esperando.

—Entonces trabaja.

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