FIRMÉ MI LIBERTAD
Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.
Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.
Una noche, Aymara decide desaparecer.
Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.
Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.
Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.
Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza
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Volver a ser Aymara
La llamada llegó a las seis y doce de la mañana.
Bella ya estaba despierta.
—¿Bella?
Reconoció la voz de Helena.
No preguntó.
Su cuerpo supo antes.
—Tu padre falleció esta madrugada.
Bella no lloró.
No inmediatamente.
Se quedó sentada en la cama con el teléfono contra la oreja mientras Helena seguía hablando y las palabras llegaban separadas, incapaces de formar una realidad completa.
Hospital.
Corazón.
No pudieron.
Lo siento.
El funeral se celebraría dos días después.
Bella no fue.
La decisión se tomó antes incluso de que Helena terminara de explicarle los riesgos. Sam conocía a su familia. Conocía sus costumbres, los lugares a los que acudirían, las personas que podrían acompañarla. Podía vigilar una iglesia, una casa familiar, un cementerio.
Bella no iba a entregarle Brumaluna por despedirse en público.
Eso no hizo que doliera menos.
Durante una semana había conducido intentando alejarse de una vida que ya no soportaba y ahora habría dado cualquier cosa por recorrer el camino contrario solo para llegar a tiempo.
Helena tomó lo necesario para que su ausencia no impidiera los primeros trámites.
Rodrigo supo únicamente que había muerto su padre.
No supo dónde.
No sé quién era su familia.
No supo qué apellido debía buscar.
Y Bella necesitaba que siguiera siendo así.
La encontré una hora después sentada cerca del muelle.
Estaba descalza, todavía con la ropa con la que había dormido. Tenía los brazos rodeando las piernas y la mirada fija en el agua.
Rodrigo se acercó despacio.
—¿Puedo?
Bella hizo un pequeño movimiento con la cabeza.
Él se sentó a su lado sin tocarla.
Durante varios minutos ninguno habló.
—Murió —dijo finalmente Bella.
Rodrigo bajó la mirada.
—Lo siento.
—Yo me fui.
-Si.
Bella giró hacia él.
—¿Eso es todo?
Rodrigo frunció ligeramente el ceño.
—No sé qué quieres que te diga.
—Que no fue por mí.
Él sostiene su mirada.
—No sé de qué murió.
La respuesta la hiró.
Precisamente porque era honesta.
—Del corazón.
Rodrigo respir antes de contestar.
—Entonces tampoco voy a mentirte diciendo que sé por qué pasó.
Bella apretó los labios.
—Debí estar ahí.
—Tal vez.
Ella lo miró, sorprendida.
Rodrigo continuó:
—Pero también debes tener una razón muy grande para irte.
Bella sintió que algo se quebraba.
—Él me ayudó.
Rodrigo no preguntó cómo.
—Entonces sabía que estabas bien.
—Sabía que estaba viva.
—A veces eso es lo único que un padre necesita saber.
Bella empezó a llorar.
No de la forma silenciosa en que había aprendido a hacerlo durante su matrimonio. Lloró con el rostro entre las manos, sin preocuparse por quién podía verla.
Rodrigo permaneció allí.
Cuando Bella buscó su hombro, él la abrazó.
No antes.
***
Horas después, Helena volvió a llamar.
Bella estaba sola en el local.
Todavía había más espacio vacío que cosas. Una mesa, una computadora, dos sillas que Amy había insistido en llevarle y varias cajas que Bella aún no había decidido si necesitaba.
—Tu padre dejó instrucciones específicas —dijo Helena.
Bella cerró la puerta.
—¿Qué instrucciones?
—Si ocurría algo y necesitabas intervenir en asuntos patrimoniales o de la empresa, quería que primero hablaras conmigo. Sin excepciones.
—¿Sam?
—Entre otras razones.
Bella sintió frío.
—¿Qué hizo?
—Todavía no puedo decirte hasta dónde llega. Hay documentos, movimientos sociales y decisiones que tenemos que revisar. Tu padre llevaba tiempo trabajando en una reorganización para proteger determinados bienes y derechos.
Bella apoyó una mano sobre la mesa.
—Viaje.
—No hace falta que vengas hoy.
—Helena.
—Bella, escúchame. No haber ido al funeral fue una decisión inteligente. No la arruinemos exponiéndote ahora por desesperación.
Bella cierra los ojos.
—Necesito saber qué dejó mi papá.
Hubo unos segundos de silencio.
—Entonces yo voy a organizarlo. No uses ninguna de las rutas que utilizabas antes. Y no le digas a nadie adónde vas.
Bella miró hacia la ventana.
Rodrigo estaba al otro lado de la calle hablando con un proveedor del hotel.
—Entendido.
***
Esa noche Rodrigo la acompañó hasta la entrada del hotel.
—Tengo que salir mañana —dijo Bella.
Él la miró.
—Está bien.
Bella esperó.
Nada.
—¿No vas a preguntarme dónde?
—¿Quieres decírmelo?
-No.
—Entonces no.
Bella bajó la mirada.
Todavía le costaba entender que una pregunta pudiera terminar ahí.
—Podría tardar todo el día.
—Si necesitas algo, llámame.
—¿Y si no puedo?
Rodrigo sonrió apenas.
—Entonces llamamás cuando puedas.
Bella sintió el impulso de contarle.
No todo.
Quizás una parte.
Pero aún no podía.
—Gracias.
Rodrigo se inclinó y le dio un beso breve en la frente.
—Volvé bien.
Aquellas dos palabras la acompañaron toda la noche.
No decíme dónde estás.
No con quién vas.
No a qué hora regresas.
Solo:
Volvé bien.
***
Helena organizó el viaje.
El despacho donde se encontraron estaba lejos de la sede principal de la empresa y no tenía ningún distintivo que pudiera relacionarse fácilmente con la familia.
Bella entró sola.
Sobre la mesa había una carpeta con el nombre de su padre.
Debajo, una línea:
HEREDERA: AYMARA.
Su verdadero nombre completo apareció después.
Bella dejó de respirar por un instante.
Aymara.
Hacía semanas que nadie pronunciaba ese nombre frente a ella.
Helena se acercó a un documento.
—Esto solo acreditada recepción. Lo demás no puede ejecutarse todavía.
—¿Por qué?
—Tu padre inició una reorganización de sus participaciones personales y de ciertos derechos de voto. Murió antes de completarla. Además, Sam está cuestionando algunos movimientos anteriores y pretende conservar las atribuciones que obtuvo durante el matrimonio.
—La empresa era de mi familia antes de Sam.
—Y vos tenías participación real mucho antes de que él empezara a comportarse como si todo le perteneciera. Eso importa. Muchísimo. Pero no significa que podamos deshacer en un día tres años de documentos, poderes y decisiones.
Bella miró la carpeta.
—¿Puedo perderla?
Helena negó lentamente.
—No voy a responderte eso hasta revisar cada documento. Lo que sí puedo decirte es que tu padre llevaba tiempo preparándose para evitarlo.
Bella tomó el bolígrafo.
Miró la línea destinada a la firma.
Durante un segundo, la mano comenzó el movimiento automático de las últimas semanas.
Una B.
Se detuvo antes de terminarla.
Bella Monreal era una identidad civil válida. Podía alquilar el local, manejar su cuenta cotidiana, contratar servicios y construir una vida bajo ese nombre.
Pero aquello era diferente.
La empresa.
Las participaciones.
La herencia.
La historia patrimonial de su familia.
Todo eso pertenece jurídicamente a Aymara.
Allí no podía firmar Bella.
Tachó el inicio de la letra.
Y escribió:
Aymara.
Le tembló la mano.
Helena no dijo nada.
Bella permaneció mirando la firma.
Era extraño.
No sentí que acabaría de recuperar su nombre.
Sentía que había abierto una puerta hacia una habitación que todavía no estaba preparada para habitar.
—Tu padre dejó esto para vos.
Helena colocó un sobre sobre la mesa.
Bella reconoció la letra inmediatamente.
Lo tomó.
No lo abrió.
No pudo.
—¿Sabía que esto podía pasar?
—Tu padre sabía muchas cosas que nunca consiguió decirte bien.
Bella presionó el sobre contra el pecho.
—¿Y Sam?
—Sam sabe que los asuntos de la empresa no quedaron abandonados. Eso no significa que sepas dónde estás.
—Quiero que siga así.
—Entonces tenemos que ser cuidadosas.
Bella bautizada.
Cuando regresó a Brumaluna ya se había oscurecido.
Rodrigo estaba en el hotel.
Al verla entrar se levantó de inmediato.
—Volviste.
Bella sostuvo el sobre contra el pecho.
-Si.
Rodrigo miró sus ojos enrojecidos.
—¿Quieres hablar?
Bella negó con la cabeza.
—Todavía no.
—Está bien.
Ella avanzó dos pasos y se detuvo.
—Rodrigo.
-¿Si?
—Gracias por no preguntar.
Él la observará durante unos segundos.
—Cuando quieras contarme algo, prefiero que sea porque quieres hacerlo.
Bella sintió nuevamente las lágrimas.
Esta vez no se escondió.
Rodrigo abrió los brazos.
Y Bella fue hacia él.