Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.
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Capítulo 18. El Camino entre las Sombras
La sala circular permaneció iluminada por el resplandor del fragmento.
Aria seguía de rodillas, con la respiración agitada y los dedos cerrados alrededor del cristal oscuro. Las vetas plateadas parecían latir bajo su piel, como si el objeto no estuviera completamente muerto.
Como si recordara.
Como si esperara.
Aldric la sostuvo por los hombros hasta asegurarse de que podía mantenerse erguida.
—Respira.
Aria obedeció.
Una vez.
Dos.
El aire frío llenó sus pulmones.
La visión del Trono de las Espinas aún permanecía grabada en su mente.
El trono cubierto de espinas.
La puerta sellada.
La corona rota.
Y aquella sombra inmóvil, esperando detrás de todo.
No era una criatura.
No exactamente.
Tampoco una persona.
Era una presencia.
Algo que la observaba desde un lugar donde el tiempo parecía no existir.
—¿Puedes caminar? —preguntó Aldric.
Aria asintió lentamente.
—Sí.
Liam se acercó con cautela, mirando el fragmento como si pudiera morderlo.
—¿Y eso… seguirá brillando así?
El cristal emitía una luz tenue, pero constante.
—No lo sé —respondió Aria.
—Siempre me tranquiliza cuando nadie sabe nada.
Aldric soltó un suspiro.
—La ignorancia también puede mantenerte vivo.
—Prefiero la información.
—Por eso sigues aquí.
Liam no pareció seguro de si aquello era un cumplido o una amenaza.
Aria se puso de pie.
La sala circular comenzó a cambiar.
Las inscripciones de los pilares se apagaron una tras otra, pero una línea plateada apareció en el suelo. Nació bajo sus pies y avanzó hacia una parte de la pared que antes parecía completamente lisa.
—Creo que quiere que sigamos —dijo.
Liam levantó ambas manos.
—Por supuesto. ¿Por qué ofrecernos una salida cuando puede llevarnos más profundo hacia lo desconocido?
Aldric examinó la línea luminosa.
—No tenemos muchas opciones.
—Eso también empieza a repetirse demasiado.
Aria guardó el fragmento con cuidado junto al medallón de Evelyne.
En cuanto ambos objetos quedaron cerca, emitieron un resplandor breve.
Como un reconocimiento.
Como una respuesta.
Luego la pared se abrió.
El nuevo pasillo era distinto del anterior.
Más estrecho.
Más oscuro.
Las vetas azules de las paredes habían desaparecido casi por completo, reemplazadas por símbolos tallados en piedra negra.
Cada símbolo representaba una espina.
Pero ninguna era exactamente igual a otra.
Algunas parecían ramas.
Otras, coronas.
Otras, heridas abiertas.
Aria caminó despacio, pasando los dedos por la pared sin tocarla del todo.
Aquellas marcas no eran decoración.
Eran memoria.
La memoria de una familia que había dejado de existir en los registros oficiales, pero no en la piedra.
—Este lugar fue construido para probar a quien entrara —dijo Aldric.
—¿Por qué?
—Porque aquello que protege no podía caer en manos equivocadas.
Liam miró hacia atrás.
—La Orden está al otro lado de la montaña.
—Sí.
—Entonces diría que el sistema de seguridad funciona solo a medias.
Aldric no respondió.
Aria comprendió lo que el joven quería decir.
La puerta había impedido que la Orden entrara… por ahora.
Pero también había confirmado algo mucho más peligroso.
Ella podía abrir los caminos.
Ella podía despertar los fragmentos.
Y la Orden lo sabía.
Desde ese momento, ya no la perseguirían solo por lo que llevaba.
La perseguirían por lo que era.
El pasillo terminó en una sala larga llena de murales.
A diferencia de las inscripciones, estos eran claros.
Escenas talladas con una precisión casi viva.
Aria se acercó al primero.
Mostraba una mujer con una corona de espinas sosteniendo una llave rota.
A su lado había un guerrero con un cuervo sobre el hombro.
Y junto a ellos, una tercera figura sostenía un libro abierto.
—Los Espina Negra —murmuró Aria—. Los Raven…
—¿Y el tercero? —preguntó Liam.
Aldric se acercó al mural.
Su expresión cambió.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No.
El viejo Cuervo parecía molesto consigo mismo.
—Pero debería.
Aria observó la tercera figura.
El rostro estaba parcialmente borrado.
No por el tiempo.
Alguien lo había destruido deliberadamente.
—Alguien intentó eliminarlo.
Aldric pasó los dedos por la piedra dañada.
—No solo eliminarlo. Borrarlo de la memoria.
Continuaron avanzando.
El segundo mural mostraba una guerra.
Ejércitos enfrentados.
Ciudades ardiendo.
Y en el centro, el Trono de las Espinas.
No como un asiento de poder, sino como un sello.
Una estructura rodeada de cadenas luminosas que descendían hacia una puerta inmensa.
La misma puerta que Aria había visto en su visión.
Detrás de ella, una sombra.
—Ahí está —susurró.
Aldric la miró.
—¿Eso fue lo que viste?
Aria asintió.
Liam observó el mural con el rostro pálido.
—Quiero que conste que el arte antiguo es innecesariamente ominoso.
Ninguno respondió.
Porque todos estaban mirando la misma figura.
La sombra detrás de la puerta.
No tenía rostro.
No tenía forma clara.
Pero su presencia dominaba la escena.
Como si incluso tallada en piedra pudiera respirar.
El tercer mural mostraba algo distinto.
No guerra.
No espadas.
No muerte.
Mostraba un juramento.
Tres manos colocadas sobre una mesa de piedra.
Una llevaba un anillo con una espina.
Otra, un sello con un cuervo.
La tercera, un símbolo que Aria no reconoció: una estrella dentro de un círculo.
Debajo había una inscripción.
Aria la leyó en voz baja.
—“La sangre custodiará el camino. La espada protegerá la puerta. La verdad recordará lo que el mundo eligió olvidar.”
Aldric permaneció inmóvil.
—Sangre, espada y verdad.
—Tres partes del juramento —dijo Aria.
Liam señaló el símbolo desconocido.
—Entonces nos falta alguien.
La frase quedó suspendida en el aire.
Nos falta alguien.
Aria sintió que el fragmento palpitaba otra vez.
Como si también estuviera de acuerdo.
Al fondo de la sala encontraron una segunda puerta.
Esta no estaba oculta.
Era alta, estrecha y completamente negra.
En el centro tenía una cavidad del tamaño exacto del fragmento.
Aria supo qué debía hacer antes de que Aldric hablara.
—No lo coloques todavía.
Ella lo miró.
—¿Hay otra opción?
Aldric observó la puerta.
—No.
—Entonces no era una advertencia muy útil.
—Era una expresión de frustración.
Liam alzó una mano.
—Apoyo la frustración.
Aria sacó el fragmento.
El cristal brilló con más intensidad al acercarse a la cavidad.
Por un momento, dudó.
No por miedo a la puerta.
Sino por el recuerdo de la voz de la Orden.
Ahora sabemos que el fragmento existe.
Cada paso que daba abría un camino.
Pero también iluminaba su rastro para los enemigos.
Aldric pareció entender su duda.
—Aria.
Ella levantó la vista.
—No puedes controlar lo que la Orden intenta hacer con la verdad. Solo puedes decidir qué harás tú con ella.
Aquellas palabras le dieron calma.
No mucha.
Pero suficiente.
Aria colocó el fragmento en la puerta.
La piedra negra se iluminó con líneas plateadas.
El fragmento giró dentro de la cavidad.
Luego la puerta se abrió sin ruido.
Al otro lado había una habitación pequeña.
Y en su centro, una mesa de piedra.
Sobre ella no había reliquias.
No había armas.
No había joyas.
Solo un mapa.
Tallado directamente sobre la superficie.
Aria se acercó.
El mapa representaba el Imperio.
Pero no como lo conocía.
Mostraba caminos subterráneos.
Fortalezas antiguas.
Ciudades ya desaparecidas.
Ríos que habían cambiado de curso.
Y tres puntos luminosos.
Uno, en el Valle de las Sombras.
El lugar donde estaban.
Otro, lejos al norte, en una región cubierta por montañas y nieve.
El tercero, al oeste, junto a una gran extensión de agua.
Liam se inclinó sobre el mapa.
—Eso parece un lago.
Aria recordó la visión del agua inmóvil.
—El tercer fragmento.
Aldric, en cambio, miraba fijamente el punto del norte.
Su rostro se había vuelto severo.
—Blackstone.
Aria levantó la vista.
—¿Qué es Blackstone?
El silencio de Aldric fue demasiado largo.
—Una fortaleza.
—¿De quién?
El viejo Cuervo exhaló lentamente.
—De la Casa Raven.
Liam miró el símbolo del cuervo en los murales.
—Eso suena importante.
—Lo es —respondió Aldric.
Aria sintió que el camino volvía a cambiar.
—Creí que los Raven habían desaparecido.
Aldric no la miró.
—Casi.
Aquella palabra fue suficiente.
Casi.
Entonces alguien había sobrevivido.
El mapa brilló con una luz más intensa.
Una inscripción apareció sobre la piedra.
Aria la leyó en voz baja:
—“La sangre despertará el primer fragmento. El cuervo protegerá el segundo. La verdad señalará el tercero.”
Liam se quedó muy quieto.
—Entonces vamos al norte.
Aldric cerró los ojos un instante.
—Sí.
Aria miró el punto luminoso de Blackstone.
El fragmento había decidido el siguiente destino.
O quizá el juramento lo había hecho siglos atrás.
—¿Quién vive allí ahora?
Aldric abrió los ojos.
—Kael Raven.
El nombre no le resultó desconocido.
Aria sintió cómo una memoria de su primera vida emergía lentamente.
Un duque del norte.
Un comandante temido.
Un hombre al que la nobleza llamaba monstruo.
Kael Raven.
El Monstruo del Imperio.
En su vida anterior, Aria nunca lo había conocido.
Pero recordaba el día en que anunciaron su muerte.
Recordaba el miedo que se extendió por la corte.
Recordaba cómo, después de su caída, el norte nunca volvió a resistir igual.
Si Kael Raven estaba vivo ahora…
Entonces el futuro aún podía cambiarse.
El mapa comenzó a apagarse.
Aria retiró el fragmento de la puerta.
La habitación tembló levemente.
Una abertura apareció al otro lado, revelando un pasadizo que ascendía.
Una salida.
Por fin.
Liam casi lloró de alivio.
—No quiero parecer dramático, pero amo esa escalera.
Aldric guardó silencio.
Aria notó que algo lo inquietaba.
—¿Qué ocurre?
El maestro miró una última vez el punto apagado de Blackstone.
—Kael Raven no es un hombre fácil de tratar.
—¿Lo conoces?
—Conocí a su padre.
Aria no preguntó más.
No todavía.
Había dolor en aquella respuesta.
Y Aldric no era un hombre que entregara dolor fácilmente.
El pasadizo los condujo fuera de la montaña varias horas después.
Emergieron en una ladera cubierta de nieve ligera, lejos del valle y de la Orden.
El cielo estaba gris.
El aire, cortante.
Al sur quedaban las sombras, la puerta invisible y los hombres que aún debían estar intentando encontrar otra forma de entrar.
Al norte, Blackstone.
Y el cuervo.
Aria sostuvo el fragmento bajo la capa.
Su vida se había dividido otra vez en un antes y un después.
Antes, buscaba respuestas sobre su muerte.
Ahora, caminaba hacia un hombre que podía cambiar el destino del Imperio.
Un monstruo, decía la corte.
Un guardián, decían las piedras.
Aria miró el horizonte nevado.
—Vamos a Blackstone.
Aldric asintió.
Liam suspiró.
—Por supuesto. Hacia la fortaleza del monstruo.
Aria no apartó la vista del norte.
—Quizá los monstruos también tienen algo que proteger.
Aldric la observó de reojo.
No dijo nada.
Pero por primera vez, pareció considerar que aquella joven entendía más de lo que admitía.
El viaje continuó.
Y con él, el camino entre las sombras los condujo hacia el cuervo que aguardaba en la nieve.
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷♀️🙎♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐