Durante años, las familias mafiosas más poderosas han mantenido un frágil equilibrio de poder. Sin embargo, una traición rompe esa paz cuando Noah Salvatore, el estratega de una organización rival, es entregado a Adrián De Luca, el temido líder de la mafia Cuervo Negro.
Todos esperan una ejecución inmediata. Adrián, en cambio, decide mantener con vida a aquel hombre de mirada desafiante que parece esconder secretos capaces de destruir el imperio criminal de la ciudad.
Obligados a colaborar para sobrevivir, la desconfianza pronto se convierte en respeto, el respeto en deseo y el deseo en un amor tan peligroso como la guerra que amenaza con consumirlos. Pero en el mundo de la mafia, amar a la persona equivocada puede costar la vida.
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Capítulo 16: La promesa bajo la lluvia
Las luces del quirófano permanecían encendidas.
Noah llevaba casi tres horas sentado frente a la puerta, incapaz de apartar la vista del pequeño foco rojo que indicaba que la cirugía seguía en curso.
Tenía la camisa manchada con la sangre de Adrián.
No había querido cambiarse.
Sentía que, si lo hacía, sería como borrar el último rastro de él.
Matteo permanecía de pie junto a la ventana.
Aunque intentaba mantener la compostura, sus manos cerradas en puños revelaban la preocupación que ocultaba.
Nadie hablaba.
El silencio era insoportable.
Finalmente, la puerta se abrió.
Elías salió todavía con la bata quirúrgica puesta.
Su rostro mostraba un cansancio evidente.
Noah fue el primero en levantarse.
—¿Cómo está?
El médico respiró profundamente antes de responder.
—La herida fue profunda. El cuchillo estuvo a pocos centímetros del corazón.
Noah sintió que las piernas le temblaban.
—¿Va a vivir?
Elías sonrió ligeramente.
—Sí... pero perdió mucha sangre. Necesitará descansar varios días.
El aire volvió a entrar en los pulmones de Noah.
Sin darse cuenta, cerró los ojos con alivio.
Matteo le dio una palmada en el hombro.
—Lo logró.
Una hora después, Noah entró por fin a la habitación.
Adrián permanecía dormido.
Su respiración era lenta y constante.
El monitor cardíaco marcaba un ritmo estable.
Sin el traje negro y sin aquella expresión fría que siempre llevaba, parecía diferente.
Más joven.
Más vulnerable.
Noah se sentó junto a la cama.
Tomó con cuidado la mano de Adrián entre las suyas.
—Idiota...
Una pequeña sonrisa triste apareció en sus labios.
—¿Quién te pidió que recibieras ese cuchillo por mí?
Permaneció en silencio durante varios minutos.
Después habló nuevamente.
—Cuando era niño siempre pensé que estaría solo.
Acarició con suavidad los dedos de Adrián.
—Y ahora tengo miedo de perder a la única persona que me hace sentir que todavía puedo tener un futuro.
Sin darse cuenta...
Una lágrima cayó sobre la mano de Adrián.
Horas más tarde...
Adrián abrió lentamente los ojos.
La primera imagen que vio fue a Noah dormido junto a la cama, con la cabeza apoyada sobre el colchón y sin soltar su mano.
Sonrió con debilidad.
Con mucho esfuerzo levantó la otra mano y acarició suavemente el cabello castaño de Noah.
El contacto hizo que Noah despertara de inmediato.
—¡Adrián!
Sus ojos verdes se llenaron de alivio.
—Pensé...
No pudo terminar la frase.
Adrián sonrió débilmente.
—Sigo aquí.
Noah, incapaz de contenerse, lo abrazó con cuidado para no lastimarlo.
Permanecieron así unos segundos.
En silencio.
Ninguno necesitaba decir nada.
Los días siguientes transcurrieron con relativa calma.
La Orden Carmesí había desaparecido sin dejar rastro.
Era una tranquilidad demasiado extraña.
Y eso preocupaba a Adrián.
—Cuando ellos desaparecen...
Es porque están preparando algo peor.
Noah asintió.
—También lo creo.
Mientras hablaban en el despacho, Matteo llegó con un sobre negro.
—Encontramos esto en la entrada principal.
Adrián abrió el sobre.
Dentro había una sola hoja.
Y una llave.
No era la número trece.
Era la número siete.
Junto a ella aparecía un mensaje.
"Si quieren respuestas... vengan solos."
Debajo había una dirección.
Una antigua casa en las montañas.
Noah reconoció inmediatamente el lugar.
Su respiración se detuvo.
—No puede ser...
Adrián levantó la vista.
—¿La conoces?
Noah asintió lentamente.
—Es la casa que aparece en la fotografía...
La misma donde estuvimos cuando éramos niños.
El silencio llenó nuevamente la habitación.
Esa misma noche partieron únicamente Adrián y Noah.
Matteo insistió en acompañarlos, pero Adrián fue firme.
—Si esto es una trampa, alguien debe quedarse al mando de Cuervo Negro.
El camino hacia las montañas era largo.
La lluvia comenzaba a caer otra vez.
Después de dos horas de viaje encontraron la casa.
Era pequeña.
De madera.
Aunque el tiempo la había deteriorado, seguía en pie.
Noah descendió lentamente del automóvil.
Al apoyar un pie sobre el viejo porche...
Un recuerdo cruzó su mente.
Una mujer riendo.
Un niño corriendo por el jardín.
Otro niño persiguiéndolo.
—¡Adrián!
Sin darse cuenta pronunció ese nombre.
Pero con la voz de un niño.
Se llevó una mano a la cabeza.
—Lo recordé...
Adrián se acercó rápidamente.
—¿Qué viste?
—Nosotros...
Sonrió con tristeza.
—Éramos amigos.
Antes de que pudiera decir algo más...
La puerta de la casa se abrió sola con un fuerte crujido.
Dentro no había nadie.
Solo una mesa.
Y sobre ella descansaba una caja de música antigua.
Cuando Noah la abrió...
La melodía comenzó a sonar.
Y debajo del mecanismo apareció una fotografía mucho más grande que la anterior.
En ella estaban los dos niños abrazados.
Y junto a ellos...
Había un hombre.
No era el padre de Adrián.
No era el padre de Noah.
Pero ambos reconocieron inmediatamente sus ojos color ámbar.
Los mismos del líder de la Orden Carmesí.
En el reverso de la fotografía había una frase escrita a mano.
"El hombre que buscan... fue quien los vio crecer."
El mundo de Noah y Adrián volvió a derrumbarse.
Porque eso solo podía significar una cosa.
El verdadero enemigo no era un desconocido.
Era alguien que había formado parte de su infancia.
Continuará...