Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
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Capítulo 18
Capítulo 18: Miel y pólvora
La arena de Gold Coast era blanca como hueso triturado.
Dante cerró los ojos y dejó que el sol australiano le quemara los párpados. Setenta y dos horas. Gwen le había regalado setenta y dos horas de libertad, y él las había convertido en un vuelo transoceánico hacia el hemisferio sur, donde nadie conocía el nombre de Dean Yang.
El oleaje rompía con cadencia hipnótica. Bajo su espalda, la toalla olía a sal y a protector solar barato. Por primera vez en semanas, la tensión en su mandíbula aflojó un milímetro.
—¿Puedo sentarme aquí?
Abrió los ojos. La mujer bloqueaba el sol como un eclipse: cabello cobrizo, sonrisa fácil, un vestido de lino que el viento pegaba contra sus muslos. Acento indeterminado —quizá británico, quizá sudafricano—, dientes perfectos.
—Hay kilómetros de playa vacía —dijo Dante.
—Pero tú eres lo único interesante en todos esos kilómetros. —Extendió la mano—. Hayley.
Debería haber dicho que no. Debería haber reconocido la cadencia ensayada, la manera exacta en que ella se inclinó para mostrar la clavícula sin parecer vulgar. Pero estaba cansado. Cansado de calcular cada palabra, cada gesto, cada maldita respiración. Y Hayley olía a jazmín y a promesas simples.
Cenaron mariscos en un restaurante con el piso de arena. Bebieron demasiado sauvignon blanc. Y cuando ella le mordió el labio inferior en el elevador del hotel, Dante la dejó entrar.
No fue amor. Ni siquiera fue deseo genuino. Fue un acto de desesperación silenciosa —el intento de sentir algo que no estuviera contaminado por mentiras—.
A las seis de la mañana, Hayley ya no estaba.
A las siete, dos policías de Queensland tocaron la puerta.
*
La denuncia por agresión sexual llevaba su nombre falso: Dean Yang. La descripción física coincidía al milímetro. Hayley Fein —porque así se apellidaba, descubrió después— había entregado evidencia fotográfica, marcas autoinfligidas en las muñecas, una declaración de tres páginas empapada en lágrimas fabricadas.
Lo esposaron frente a turistas que grababan con sus teléfonos.
En el vuelo de extradición a Ciudad de México, flanqueado por dos agentes que olían a café rancio, Dante reconstruyó la trampa pieza por pieza. La playa no fue coincidencia. Hayley no fue coincidencia. La denuncia fue una demolición controlada de su reputación, diseñada para arrastrarlo de vuelta al territorio de Anderson Lorenzo.
"Setenta y dos horas. Y él las convirtió en una jaula."
La prensa lo esperaba en el aeropuerto. Los flashes estallaron como disparos blancos. El equipo de relaciones públicas de Lorenzo ya había sembrado la narrativa: Dean Yang, el joven empresario con el corazón roto, víctima de una amante despechada. Inocente, por supuesto. Pero dañado. Vulnerable. Necesitado de protección.
De la protección de Anderson.
Dante apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Cada paso por el pasillo de llegadas internacionales era un eslabón más en la cadena.
*
El edificio corporativo de Lorenzo tenía cuarenta y tres pisos y un ascensor privado revestido de acero pulido. Dante esperaba frente a las puertas cuando escuchó los pasos.
No necesitó voltear. Reconocía esa cadencia: precisa, sin eco, como si Leslie Avis caminara sobre vidrio sin romperlo.
—Dean.
La voz de Leslie era quirúrgica. Dante se giró. Leslie estaba impecable —traje gris oscuro, corbata negra, ni una sola arruga en la tela ni en la expresión—. Pero sus ojos... sus ojos eran otra cosa. Fríos como fondo oceánico.
—Leslie —dijo Dante, manteniendo el tono neutro.
—Vi las noticias. —Leslie se detuvo a dos metros exactos. Siempre medía la distancia—. Australia. Una mujer.
No era una pregunta, pero exigía respuesta.
—No fue lo que dicen —empezó Dante.
—¿Te acostaste con ella?
La pregunta cayó como un bisturí. Sin anestesia. Sin preámbulo. Los ojos de Leslie no parpadearon. Ni una sola vez.
Dante tragó saliva.
—Sí.
Algo se movió en el rostro de Leslie. No fue un gesto —fue la ausencia de uno—. Como si cada músculo facial hubiera decidido simultáneamente no reaccionar, y esa quietud absoluta fuera más elocuente que un grito.
El ascensor emitió un pitido suave. Las puertas se abrieron.
Leslie entró. Se giró. Sus ojos encontraron los de Dante con una precisión que dolía.
Dante dio un paso hacia adelante.
Leslie presionó el botón de cierre.
Las puertas de acero se cerraron a quince centímetros de la cara de Dante. Su propio reflejo lo miró desde el metal pulido —distorsionado, fragmentado, solo—.
"Eso dolió más que las esposas."
*
El Club de Tiro MK olía a pólvora, aceite de armas y cuero viejo. Dante se colocó los protectores auditivos y levantó la Glock 19 que le habían asignado.
El blanco estaba a veinticinco metros. Respiró. Alineó la mira.
Y deliberadamente desvió el tiro tres centímetros a la izquierda.
Cada bala que fallaba era un acto de actuación tan preciso como los que acertaban. Dean Yang era un empresario con entrenamiento básico en defensa personal. No un agente encubierto que podía agrupar cinco disparos en un círculo del tamaño de una moneda a cincuenta metros.
Disparó seis veces. El patrón en el blanco era mediocre —disperso, inseguro, exactamente lo que se esperaría de un civil nervioso—.
—Tu codo está demasiado alto.
La voz llegó desde atrás, tan cerca que Dante sintió el aliento en la nuca. No lo había escuchado acercarse. Anderson Lorenzo se movía como humo.
Antes de que pudiera reaccionar, Anderson estaba detrás de él. Una mano le bajó el codo derecho. La otra se posó en su cadera, corrigiéndole la postura con una intimidad que no tenía nada que ver con balística.
El pecho de Anderson se presionó contra su espalda. Calor sólido. Colonia cara —madera de oud, algo amaderado y oscuro—. Los labios de Anderson quedaron a milímetros de su oído.
—Respira. No luches contra el retroceso. Déjalo pasar a través de ti.
Los dedos de Anderson se cerraron sobre los suyos en la empuñadura del arma. Dante podía sentir cada latido del corazón de Anderson contra su omóplato. O quizá era el suyo propio.
—Ahora dispara —susurró Anderson.
Dante apretó el gatillo. La bala perforó el centro exacto del blanco.
Maldición.
—Mucho mejor. —La sonrisa de Anderson vibró contra su oído—. Echo de menos tus labios.
Dante se quedó inmóvil. Las palabras se filtraron bajo su piel como veneno dulce. No se apartó. No porque no quisiera, sino porque Dean Yang no sabría cómo interpretar esa frase. Dean Yang se congelaría. Exactamente así.
Anderson se separó con la lentitud de alguien que disfruta cada centímetro de distancia creada. Le dio una palmada casual en el hombro, como si no acabara de recitar una confesión disfrazada de instrucción.
*
La cena fue en el piso cuarenta y tres. Mesa para dos. Ventanales que convertían Ciudad de México en un mar de luces.
Anderson sirvió el vino personalmente —un Château Margaux que costaba más que el alquiler mensual de un departamento decente—. No usó sommelier. No necesitaba intermediarios para sus seducciones.
—Cierra los ojos —dijo Anderson, girando la copa entre sus dedos.
—¿Para qué?
—Confía en mí.
"Confiar en ti es lo último que debería hacer."
Dante cerró los ojos.
—Ahora bebe. Despacio. Dime qué saboreas.
El vino tocó sus labios. Cereza negra. Tierra húmeda. Algo ahumado que se quedaba en la lengua como una palabra no dicha.
—Fruta oscura —dijo Dante—. Humo. Algo... mineral.
—Eso es el terroir. —La voz de Anderson era un ronroneo bajo—. La tierra donde creció la uva. Todo lo que ha sufrido —sequías, heladas, viento— se convierte en sabor. El sufrimiento mejora el vino, Dean. Y mejora a las personas.
Dante abrió los ojos. Anderson lo miraba con esa intensidad que hacía difícil respirar —como si Dante fuera la cosecha más interesante de la temporada—.
—¿Estás intentando seducirme con metáforas enológicas? —preguntó Dante, permitiéndose una sonrisa torcida. Dean Yang haría esa broma. Dean Yang usaría el humor para disfrazar el vértigo.
—Estoy intentando que dejes de analizar todo —respondió Anderson—. Que por una vez, simplemente sientas.
"Sentir es un lujo que los agentes encubiertos no pueden permitirse."
*
A las once de la noche, Anderson caminó con él hasta el estacionamiento subterráneo. Sus pasos resonaban en el concreto vacío. Dante sacó las llaves del auto. Anderson se adelantó y le abrió la puerta.
El gesto era anticuado. Deliberado. El tipo de cosa que un hombre hace cuando quiere que el otro sepa que ha sido elegido.
Dante se detuvo con la mano en el borde de la puerta.
—Anderson.
—¿Sí?
—¿Por qué haces todo esto?
Anderson sostuvo su mirada. Sin sonrisa. Sin ironía. Sin la máscara sardónica que usaba como armadura.
—Cada palabra que te he dicho es verdad.
Dante entró al auto. Anderson cerró la puerta con suavidad, como quien cierra un libro que planea volver a abrir.
En el espejo retrovisor, la figura de Anderson se redujo hasta desaparecer. Pero sus palabras no. Se quedaron pegadas a la piel de Dante como pólvora y perfume, como miel sobre una herida abierta.
"Y eso es exactamente lo que me aterra."