NovelToon NovelToon
Mi Señor Prohibido

Mi Señor Prohibido

Status: Terminada
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / Romance oscuro / Completas
Popularitas:23k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

Mi mamá lloraba y sonreía al mismo tiempo.

Al verla así, sentí que algo dentro de mí por fin descansaba.

Mientras ella no se preocupara, esa mentira podía considerarse una mentira buena. Una de esas que una dice para que alguien amado pueda respirar.

Le limpié las lágrimas con cuidado.

—Mamá, ya no llores. A tu hija por fin le llegó la buena suerte.

Ya que estábamos actuando, había que hacerlo bien.

Giré hacia Santiago y traté de mirarlo como una novia enamorada.

—Santi... conocerte cambió mi vida.

La frase me salió más suave de lo que esperaba.

Y eso me asustó un poco.

Santiago me miró con una intensidad que me hizo cosquillas en la nuca. Si yo estaba actuando, él entró en el papel sin dudarlo.

—Lamento no haber estado antes en tu vida —dijo—. Lamento que hayas sufrido tanto. Desde hoy, no voy a dejar que vuelvas a pasar por eso.

Se me apretó el corazón.

No era justo.

No podía decir cosas así con esa voz.

Antes de que yo pudiera reaccionar, Santiago tomó mi rostro entre sus manos y me besó.

No fue un beso ligero para salir del paso.

Fue profundo.

Lento.

Como si se olvidara de que estábamos en un hospital, con mi mamá, el director médico y medio mundo respirando alrededor.

Yo abrí los ojos de golpe.

Él los tenía cerrados.

Ese detalle me movió algo por dentro. Verlo así, tan metido en el beso, tan concentrado en mí, me dio otra vez esa ilusión absurda: que me quería de verdad.

Mi mamá estaba viendo.

No podía dejarlo en evidencia.

Así que, con la cara ardiendo, le respondí apenas.

Un poquito.

Lo suficiente para que su cuerpo se tensara bajo mis manos.

Qué peligro.

Me aparté enseguida, empujándolo con suavidad.

Santiago bajó los ojos a mi boca. La sonrisa se le hizo más profunda, tan lenta y peligrosa que me obligó a apartar la mirada.

Yo bajé la cara.

La tenía caliente. Segurísimo parecía jitomate.

Mi mamá nos miraba con una sonrisa toda enternecida, como si ya estuviera viendo una novela romántica en vivo. Su mirada iba de mí a Santiago, de Santiago a mí.

Y mientras más lo veía, más satisfecha parecía.

No la culpaba.

Santiago era muy guapo.

Más que muchos actores. Alto, de traje impecable, cuerpo fuerte sin verse tosco, reloj elegante, postura tranquila. Se notaba que era de dinero, pero no de esos hombres que se ven vacíos por dentro. Daba una sensación rara de seguridad.

Mi mamá siempre había sabido que a mí me gustaban los hombres maduros.

Tal vez porque crecí sin padre.

Tal vez porque una parte de mí quería a alguien capaz de cuidar sin preguntar demasiado.

Santiago, al menos a primera vista, parecía exactamente eso.

—¿Santi, verdad? —dijo mi mamá, todavía débil, pero con mirada seria—. Nuestra Dulce es muy inocente. Nunca ha tenido novio. Si ustedes de verdad se encontraron por destino, me alegro. Y agradezco mucho todo lo que estás haciendo por mí. Pero si te atreves a jugar con sus sentimientos, yo no te lo voy a perdonar.

Me dio pena.

—Mamá...

Santiago me rodeó la cintura con el brazo. Su mano quedó firme, cálida, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

—Sólo la amo a ella.

Otra vez.

Ese hombre decía cosas demasiado grandes con una calma insoportable.

Su mirada era profunda. Cuando te miraba así, parecía que había un mar entero detrás de sus ojos.

Yo ya no sabía si actuaba o no.

El aire en la habitación se volvió pegajoso.

Hasta el director médico se aclaró la garganta y miró hacia otro lado.

Mi mamá, que cuando era joven también había sido capaz de lanzarse al amor sin pensar demasiado, se veía más tranquila. Tal vez creyó lo que quería creer: que su hija por fin estaba en manos de alguien bueno.

Bostezó a propósito.

—Bueno, Dulce, tu mamá está cansada. Ve con Santi a pasear, a tener una cita o algo. Los jóvenes enamorados siempre quieren estar juntos.

El director médico entendió la señal al instante.

—Sí, señor Fuentes. Vayan tranquilos. Yo personalmente estaré pendiente de su suegra.

Santiago sonrió, satisfecho. Le dio una palmada ligera en el hombro.

—Para la próxima compra de equipo médico, haré una inversión personal de cinco millones.

El director médico casi se iluminó.

—Claro, claro. Muchísimas gracias, señor Fuentes.

Yo miré la escena y no pude evitar una sonrisa.

Dinero.

Otra vez el dinero abriendo puertas que a mí me habrían dejado esperando años.

Aun así, me quedé un rato con mi mamá. Hablamos de cosas pequeñas. De que tenía que comer bien. De que no debía preocuparse. De que yo iba a visitarla seguido.

Cuando por fin se quedó dormida, salí de la habitación con cuidado.

Cerré la puerta y miré a Santiago.

—De verdad, muchas gracias por ayudarme así.

Me salía más natural llamarlo señor, pero después de tantas escenas de novio, me daba un poco de vergüenza.

—¿Puedo seguir diciéndole... señor?

Santiago bajó la mirada hacia mí.

—Puedes llamarme como quieras.

Lo dijo con tanta facilidad que me dio calor en el pecho.

—Usted es muy bueno.

Caminamos juntos por el pasillo.

Él llevaba las manos detrás de la espalda, tranquilo, como si acabara de resolver una reunión y no mi vida entera.

—¿Y cómo piensas pagarme?

Lo dijo con tono relajado.

Por primera vez desde que lo conocí, yo también me animé a bromear.

—Esta humilde mujer sólo puede entregarse en cuerpo y alma para darle una hija preciosa como agradecimiento por su enorme bondad.

Apenas lo dije, me dieron ganas de morderme la lengua.

Pero ya estaba hecho.

Frente a nosotros, un papá caminaba cargando a su hija. La niña reía a carcajadas mientras él hacía muecas y la levantaba un poco en brazos.

La escena era tan simple y tan cálida que me quedé viéndola.

Sin querer, imaginé a Santiago cargando a una niña. Una niña con sus ojos serios y quizá mi risa. Él haciéndola reír con esa torpeza elegante de los hombres que no parecen torpes para nada.

Santiago también miró.

En sus ojos apareció una ternura casi de padre.

Tenía treinta y cinco años. Varios hombres de su edad ya tenían hijos grandes. Tal vez él también quería ser papá desde hacía tiempo.

Entonces, como si esa imagen le hubiera encendido algo, Santiago tomó mi mano y aceleró el paso.

—¿A dónde vamos? —pregunté, mirando nuestros dedos entrelazados.

—A un hotel.

Sentí que la cara se me prendía.

—¿A un hotel... para qué?

Santiago se inclinó un poco hacia mí. Su risa baja me rozó como una caricia.

—¿No ibas a pagarme mi enorme bondad?

Me quedé muda.

Ah.

Eso.

Yo solita había hablado de cuerpo y alma. Ni modo. No podía echarme para atrás sin parecer cobarde.

Así que dejé que me llevara.

Antes de subir al coche, Santiago miró su reloj. Su abuelo cenaba normalmente a las seis. De ahí a su casa había casi dos horas. Era la una.

Tenía tres horas conmigo.

Y, por la forma en que me miró, pensaba usarlas.

Manejamos un rato. Cerca del hospital no había hoteles elegantes, sólo uno de esos lugares con habitaciones por horas.

Cuando vi el letrero, apreté los labios.

No era mi tipo de lugar.

Pero Santiago ya había estacionado.

Me tomó de la mano y entramos.

Delante de nosotros había un hombre con una mujer vestida de forma muy ajustada. Él tenía panza, calva brillante y una seguridad que me dio escalofríos.

—¿Cuántas horas? —preguntó la recepcionista.

El hombre abrazó más fuerte a la mujer.

—Las más que se pueda.

—Máximo cuatro.

—Entonces cuatro.

Antes de terminar la frase, ya estaba besándole el cuello a la mujer y metiéndole la mano donde no debía hacerlo en público.

Ella le pegó suave en el pecho.

—Ay, señor, ¿cuatro horas sí aguanta?

—Ahorita vas a ver cómo te arreglo.

Me dieron ganas de desaparecer.

Qué horror.

Cuando ellos se fueron hacia el elevador, llegó otra pareja. Otro hombre mayor, lleno de anillos dorados, reloj dorado, cadena dorada, panza enorme contenida por un cinturón que pedía auxilio. La mujer a su lado parecía incluso más joven que yo.

No supe si su expresión era placer, resignación o cansancio.

Se me enfrió la espalda.

Si no hubiera marcado mal, tal vez yo habría terminado así.

Con un hombre como esos.

Gracias a Dios me equivoqué.

Miré a Santiago.

Yo medía uno sesenta y dos. A su lado, apenas le llegaba por debajo del hombro. Él debía medir como uno ochenta y seis. Alto, fuerte, bien cuidado. Su cuerpo no tenía nada que ver con esos hombres que creían que el dinero compensaba todo.

No había comparación.

La recepcionista levantó la mirada y lo reconoció.

—Señor Fuentes, ¿cuántas horas?

Luego me miró a mí con un brillo de chisme en los ojos.

Me quise meter debajo del piso.

De día. En un hotel por horas. Con un hombre que todo mundo parecía conocer.

Qué oso, qué oso, qué oso.

Jalé despacito la manga de Santiago.

—Señor... este lugar quizá está sucio. Mejor vamos a su casa y allá... allá hacemos eso.

Mi voz salió bajísima.

Santiago miró mis dedos apretando su ropa.

Me vio la cara roja, los ojos nerviosos, la forma en que evitaba mirar a la recepcionista. Esa vergüenza limpia, casi inocente, le calentó la sangre.

No quería esperar.

No podía.

Se inclinó hasta mi oído.

—Tranquila. No vamos a usar la cama.

Levanté la vista, confundida.

Si no era en la cama, entonces...

No terminé la pregunta.

Cuando él tomó la tarjeta y cerró la puerta de la habitación detrás de nosotros, descubrí que un cuarto podía tener demasiados lugares.

Mi corazón latía tan fuerte que casi me dolía.

Intenté mirar hacia cualquier parte menos hacia él.

Santiago iba a casarse algún día con una mujer de su mundo. Una mujer presentada por su abuelo, con apellido bonito y vestido caro. Yo no podía enamorarme de él.

No podía.

Pero Santiago me tomó de la cintura y esa decisión empezó a perder fuerza.

Me apoyó contra el respaldo del sillón. Una mano quedó junto a mi cabeza, la otra en mi cintura. Su cuerpo me encerró sin aplastarme, caliente, firme, demasiado cerca.

—Mírame.

Negué con la cabeza.

Si lo miraba, estaba perdida.

Él soltó una risa baja y me besó el cuello.

Mis dedos se cerraron sobre su brazo.

Todo se volvió su respiración, su olor limpio, el roce de su piel contra la mía. El aire del cuarto parecía más espeso. Él había dicho que no sería en la cama, y lo cumplió.

Primero fue el sillón.

Me sentó en el borde y se inclinó sobre mí, abriéndose espacio entre mis piernas con una paciencia que me puso peor que si hubiera tenido prisa. Sus manos subieron por mis muslos, firmes, calientes, y me acomodaron como si mi cuerpo ya conociera el lugar exacto donde debía estar. Yo apreté los labios, pero el primer empuje me arrancó un gemido que me dio vergüenza hasta en los huesos.

—Así —murmuró—. No te hagas la valiente si te gusta.

Me ardió la cara.

Quise contestarle algo, cualquier cosa, pero volvió a moverse y la respuesta se me deshizo en la garganta. El sillón era bajo, incómodo, y aun así él encontró la forma de sostenerme por la cintura, de hacerme sentir cada entrada, cada pausa, cada cambio de ritmo. Mis pechos se movían bajo la tela ya desordenada, sensibles por el roce, y yo sólo podía agarrarme de sus hombros.

Después el ventanal.

La ciudad estaba del otro lado, brillante y ajena. Santiago me giró con cuidado y me hizo apoyar las manos en el cristal frío. El contraste me sacudió: mi pecho caliente, mis muslos temblando, la piel erizada por el vidrio y él detrás de mí, sólido, respirando contra mi nuca.

—No abras los ojos si te da pena —dijo—, pero siente.

Sentí.

Demasiado.

Sentí sus dedos hundirse en mi cintura y su abdomen firme pegarse a mi espalda baja. Sentí el ritmo hacerse más seguro, más profundo, hasta que dejé de pensar en la ciudad, en el hotel, en el hecho de que era de día y cualquiera podía vivir una vida normal allá afuera mientras yo me deshacía entre sus manos.

Luego el baño.

Había un espejo enorme.

Demasiado grande.

Podía verme con claridad: las mejillas encendidas, el cabello revuelto, los labios hinchados, el vestido subido, los pechos llenos marcándose por la tela, las manos aferradas al lavabo como si fuera lo único estable en el mundo.

Me dio una vergüenza insoportable.

—No mires —susurré.

—Eres tú la que no quiere mirar.

Su voz salió grave, pegada a mi oído.

No discutí.

No podía.

El agua empezó a correr tibia, primero sobre mis piernas, luego sobre los dos. Santiago seguía sin dejarme ir. Me besaba el cuello, me mordía suave el hombro, cambiaba el ángulo de mis caderas hasta encontrar una forma que me hacía cerrar los ojos y apretar los dedos contra la porcelana. Yo casi no hacía nada y aun así sentía que el cuerpo se me deshacía.

Cada vez que pensaba que iba a detenerse, él encontraba otra forma de besarme, de acomodarme, de hacerme olvidar dónde estaba. Su resistencia me dejó sin fuerza; la mía se iba en gemidos cortos, en respiraciones rotas, en esa humedad entre mis piernas que ya no podía culpar sólo al agua.

Y eso era lo peor.

Que no me disgustaba.

Que en medio de la vergüenza, de los nervios, de la idea de que yo no debía sentir nada, había una parte de mí que quería quedarse ahí, envuelta en él.

Cuando todavía lo sentí con ganas de seguir, tuve que empujarle el pecho con las manos temblorosas.

—Señor... ya no puedo.

Me daba miedo otra cosa.

No el cansancio.

Me daba miedo enamorarme.

Santiago seguía encendido. Se le notaba en la respiración, en los ojos oscuros, en la forma en que sus manos tardaron un segundo de más en soltarme.

Entonces sonó su celular afuera.

El sonido nos devolvió al mundo.

Él cerró los ojos, respiró hondo y me cargó hasta la regadera. Abrió el agua tibia sobre mí con cuidado.

—Quédate aquí.

Salió por el teléfono.

Era su abuelo.

Santiago contestó antes de que el viejo pudiera reclamar.

—Abuelo, ya voy en camino.

Miró la hora.

Casi se le había terminado el tiempo.

Demasiado adictiva, pensó. Y aun así, no era suficiente.

Pero no podía apresurarse. Había tiempo. Primero tenía que cuidarla, alimentarla, hacer que dejara de parecer que el mundo la había exprimido.

Del otro lado, don Ernesto sonó satisfecho.

—La cena ya casi está. Cuando llegues, comemos.

—No me esperen. Voy manejando.

Colgó antes de recibir otro regaño.

Volvió al baño y se duchó conmigo. Yo estaba tan cansada que apenas podía sostenerle la mirada.

Después bajamos a entregar la tarjeta.

Santiago pidió un coche por aplicación. Cuando llegó, me abrió la puerta y le dio al conductor la dirección de su villa.

—Ve a descansar —me dijo—. Yo tengo que ir a casa de mi abuelo.

Asentí.

Pero cuando el coche arrancó, giré la cabeza para verlo subir a su propio auto y alejarse.

Otra vez sentí esa tristeza bajita.

Me di un golpecito en la frente.

No pienses tonterías, Dulce.

Él no es tuyo.

La casa de la familia Fuentes estaba en una zona exclusiva de Las Lomas. Era una residencia enorme, con fachada de piedra clara, jardineras perfectamente cuidadas y un interior que mezclaba tradición mexicana con lujo moderno.

En el comedor, una mesa larga esperaba con platos calientes, copas y arreglos discretos.

Don Ernesto llevó a su viejo amigo hasta la mesa.

—Héctor, aquí no hay formalidades. Estás en tu casa. Además, pronto vamos a ser familia.

Se rió al decirlo.

Don Héctor Morales también soltó una carcajada.

—Eso mero. Entre nosotros no hace falta tanta ceremonia.

Don Ernesto jaló una silla para la nieta de su amigo.

—Mariana, Santiago dijo que ya viene. Vamos a empezar sin él.

Mariana Morales sonrió con educación y se sentó.

Era bonita, elegante y venía de una familia adecuada.

Justo el tipo de mujer que don Ernesto quería para su nieto.

1
sonya martz
me da pena Leonardo, pero en el corazón no se manda
sonya martz
me encantó, de principio fin, gracias autora 🙏🏻
sonya martz
lloré
sonya martz
vaya! vaya! 😮
sonya martz
jajajaja jajajaja Jimena, eso te pasa por avariciosa /Facepalm/
sonya martz
cuánta maldad en ese viejo 😮
sonya martz
pobre Leonardo 🥺
sonya martz
Zaira, espero que quedes en la ruina, por cobarde, desgraciada
sonya martz
Mariana no va a quitar el dedo del renglón 😠
sonya martz
lo sabía
sonya martz
🤔🤔🤔🤔
sonya martz
exacto, son unas malditas, desgraciadas!!!😠😠😠
sonya martz
vaya! Leonardo llegó justo a tiempo 😏
sonya martz
malditas!! no se cansan de hacer daño??
sonya martz
y ahora, que va a hacer el viejo 🙄😠
sonya martz
Mariana se saldrá con la suya???🤔
sonya martz
Nooooooo! por favor nooooo!!
sonya martz
pobre Santiago 🥺
sonya martz
Dulce, la verdad no te entiendo 🤔
sonya martz
hay no!!! que no le pase nada malo a Santiago 🥺
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play