El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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capitulo 22
Dentro del automóvil de Caius
Evan estaba sentado en el asiento del copiloto, con el corazón aún latiendo fuerte después de la confrontación con Félix. Caius había bajado la ventanilla y miraba hacia el restaurante con el ceño fruncido, los dedos golpeando el volante con impaciencia.
—A todo esto —dijo Evan, girándose hacia él—. ¿Cómo sabías en dónde estaba?
Caius parpadeó, sorprendido por la pregunta. Su expresión se tensó ligeramente mientras buscaba una excusa.
—Tenía... asuntos cerca —respondió, evitando su mirada.
—¿Asuntos cerca? —Evan levantó una ceja, claramente incrédulo—. ¿En un café al que nunca vas? ¿Justo donde yo estaba?
Caius suspiró, sabiendo que no podía mentirle. Sus dedos dejaron de golpear el volante y giró la cabeza para mirarlo.
—Uno de mis hombres te vio salir del departamento y me avisó. Quise asegurarme de que estuvieras bien.
Evan sintió una mezcla de sorpresa y ternura. No estaba molesto. Al contrario, algo en su interior se calentó al saber que Caius lo vigilaba, que se preocupaba por él.
—Me gusta que te preocupes por mí —dijo, acariciando su mejilla con suavidad—. Me gusta saber que te da miedo perderme. Pero no debes preocuparte. No voy a irme. Soy tu Omega.
Caius sintió que el corazón se le aceleraba al escuchar esas palabras. Su Omega. Evan lo había dicho con tanta seguridad que no había lugar para dudas.
Evan se inclinó sobre la consola central y susurró contra su oído:
—Márcame.
Caius abrió los ojos, sorprendido.
—¿Qué?
—Márcame —repitió Evan, con la voz firme—. Quiero que todo el mundo sepa que soy tuyo. Quiero llevar tu olor en mi piel.
Caius sintió que el deseo lo invadía. Pero también sintió una punzada de responsabilidad.
—Aún es muy pronto —dijo, con la voz ronca—. No quiero que te arrepientas.
Evan frunció el ceño, desanimado. Había dado un paso tan grande, se había abierto por completo, y la respuesta de Caius no era la que esperaba.
—¿No quieres marcarme? —preguntó, con un tono de duda.
Caius lo tomó del rostro con ambas manos, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—Claro que quiero —respondió con fervor—. Quiero que lleves mi marca para siempre. Pero quiero que sea cuando tú estés realmente listo, no cuando estés intentando demostrarle algo a Félix.
Evan sintió que la honestidad de Caius lo desarmaba.
—No es por Félix —dijo en voz baja—. Es porque te quiero. Porque quiero que seas mío de verdad.
Caius sonrió con ternura.
—Ya soy tuyo, Evan. Desde el momento en que te vi en ese callejón. No necesito una marca para saberlo.
Y sin darle tiempo a responder, lo besó.
El beso fue diferente a los anteriores. No era desesperado ni hambriento. Era profundo, lento, lleno de promesas y devoción.
Evan se dejó llevar, sintiendo cómo el calor recorría su cuerpo.
Pero entonces, el olor de Félix todavía impregnaba su ropa, y Caius lo sintió.
El alfa gruñó contra sus labios.
—Hueles a él —murmuró, con la voz peligrosa—. Aún hueles a ese maldito.
Evan sintió que la piel se le erizaba.
—Llévame a casa —susurró—. Borra su olor de mí.
Caius no necesitó que se lo repitieran. Arrancó el motor y condujo a toda velocidad hacia su penthouse.
El viaje fue corto, pero para ambos se sintió eterno. Las manos de Caius no dejaban de recorrer el muslo de Evan mientras conducía, y Evan se aferraba a él como si fuera el único ancla en medio de una tormenta.
Llegaron al penthouse. Caius cerró la puerta y lo besó de nuevo, esta vez con más urgencia. El olor de Félix en la piel de Evan era insoportable.
—Te voy a hacer mío —susurró entre besos—. Y cuando termine, no vas a recordar el nombre de nadie más.
Evan sonrió y lo besó con la misma intensidad.
—Hazlo —respondió—. Hazme tuyo.
Y esa noche, en la intimidad del penthouse, Caius se encargó de borrar cada rastro del otro alfa. Con cada beso, con cada caricia, con cada susurro, le demostró a Evan que era el único, que siempre lo había sido y que siempre lo sería.
Cuando el sol comenzó a asomarse por el horizonte, ambos estaban agotados y saciados.
Evan descansaba sobre el pecho de Caius, sintiendo su corazón latir bajo su mejilla.
—Nunca había sentido algo así —murmuró.
Caius acarició su cabello con ternura.
—Ni yo —admitió—. Y no quiero sentir nada más.
Evan sonrió y cerró los ojos.
—Quédate conmigo —pidió—. Hoy no quiero ir a ningún lado.
—No pienso moverme de aquí —respondió Caius, besando su frente—. Mientras tú estés a mi lado, no necesito nada más.
Y así, entre susurros y promesas, el amanecer los encontró abrazados, sabiendo que, pase lo que pase, habían encontrado su lugar.