Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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La habitación que no era un hogar
La puerta se cerró a mi espalda con un sonido contenido… casi respetuoso.
Di unos pasos dentro de la estancia.
No era suntuosa… pero tampoco miserable.
La cama, pulcramente dispuesta.
Las cortinas, limpias y bien recogidas.
Una chimenea apagada.
Muebles sobrios de madera oscura.
Todo en su lugar.
Todo correcto.
Demasiado correcto.
Era una habitación concebida para alojar… no para pertenecer.
Por un instante pensé en mi habitación en la casa del conde.
No era tan grande como aquella, ni tenía muebles dignos de un palacio, pero cada rincón guardaba algo mío. Los libros acumulados junto a la ventana, el clavicordio que había pertenecido a la condesa, incluso aquella pequeña marca en la madera que Frédéric y yo habíamos provocado años atrás y que ninguno se atrevió jamás a confesar.
Aquello era un hogar.
Esta habitación, en cambio, parecía esperar pacientemente mi partida antes incluso de que yo hubiese terminado de llegar.
Mi mirada recorrió el espacio una segunda vez, con mayor detenimiento.
Entonces lo advertí.
No había rastro alguno de mis pertenencias.
Me volví hacia el mayordomo.
—Disculpe… ¿y mis maletas personales?
Jaime parpadeó, como si la idea lo sorprendiera en ese mismo instante.
—Mis disculpas, señora. Haré las averiguaciones pertinentes y dispondré que se los traigan de inmediato.
Su tono carecía de urgencia.
De convicción.
De interés.
—Os lo agradecería —respondí con calma—. Me serán necesarios.
—La cena será servida en unas horas —añadió—. Una doncella vendrá a por usted.
—Estaré preparada.
Cuando se retiró, el silencio volvió a ocupar su lugar.
Me senté en el borde de la cama.
Y, por primera vez en días, mi cuerpo reclamó lo que mi mente había sostenido con obstinación.
El viaje, aunque breve, había dejado su marca.
No por la distancia…
sino por la certeza constante de no pertenecer a ningún lugar al que me llevaban.
Me recosté un instante.
Solo uno.
Cerré los ojos.
Y el instante… se convirtió en horas.
Desperté sobresaltada cuando unos golpes suaves resonaron en la puerta.
El corazón me dio un vuelco seco.
—Adelante —dije, aclarando la voz.
La puerta se abrió con cautela.
Una joven doncella entró, la cabeza inclinada, las manos entrelazadas, visiblemente inquieta.
—Señora… la cena está servida.
Me incorporé, aún presa de un leve aturdimiento.
—Aún no estoy preparada —respondí—. Mis pertenencias no han llegado.
¿Podrías por favor consultarlo con el mayordomo?
La joven vaciló.
—Sí… sí, señora.
Se volvió para retirarse, más la detuve con voz serena:
—Aun si llegasen ahora, no alcanzaría el tiempo.
Esta noche cenaré aquí.
La doncella asintió, casi con alivio.
—Se lo haré saber.
La puerta se cerró nuevamente.
Y la soledad regresó.
Sin vestidos.
Sin objetos propios.
Sin armas.
Eso último… no me agradaba.
Me puse en pie y recorrí la habitación con pasos lentos, medidos.
Observé cada rincón, cada sombra, cada ángulo oculto.
Instinto.
Costumbre.
Supervivencia.
Dos años, me recordé.
Solo dos años.
Mas en lo profundo de mi ser… ya conocía la verdad:
En aquel palacio no me permitirían ser invisible.
Ni ignorada.
Ni dócil.
Y si pretendían disponer de mí como si fuese un objeto más en sus salones…
tendrían que aprender…
que incluso aquello que parece inofensivo puede quebrarse.
Y al quebrarse…
cortar.