Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO XX.
CAPÍTULO XX.
San Petersburgo, Rusia.
Helvetia Hotel.
11:45 p.m.
Pasaron cinco minutos desde que llegaron al hotel y desde entonces Erik había tomado una mochila y comenzó a empacar una muda de ropa de ambos dentro.
—Erik, de verdad… ¿Qué es todo esto?
—Haremos un pequeño viaje, eso es todo.
—¿Por qué?
—Porque quiero despistar a mi padre. —Respondió.
—Quiero entender…
—Lo entenderás en su momento, Jessica.
Ella suspiró.
—¿Contactaste a Mark? No puedo dar con el numero de Thomas.
Ella negó.
—Probablemente ya estén en la casa de Dmitry.
Erik negó apenas.
—Stefan y mi madre están allí y no hay nadie mas.
—Podemos pasar por la habitación de Thomas.
—No hay tiempo —respondió él. —Le dejé un mensaje de voz.
—Pero Erik…
Él la tomó de la mano y cruzo el umbral de la puerta.
—Tomaremos un tren, iremos a Moscú —explicó Erik. —Quiero que mi padre piense que vamos tras la pista del collar.
—¿Qué ganamos con eso, Erik? —preguntó ella, deteniéndose. —Estás misterioso nuevamente, eso me preocupa.
—Ganamos tiempo, Jess. —Murmuró él, poniéndose frente a ella. —Si mi padre sabe que vamos a Moscú, no dudará en moverse. Para cuando eso pase, terminaremos con todo esto.
Ella asintió.
No estaba muy segura.
La última vez que Erik estaba tan misterioso con respecto a algo, la dejó sola en una cabaña en la Patagonia Argentina.
No podía evitar sentirse mal al recordar aquello.
Veinte minutos mas tarde, ambos estaban sentados en la estación de trenes esperando que parta el siguiente con destino a Moscú.
—¿Qué harás después de que todo esto termine? —preguntó ella.
Erik la miró con sorpresa.
Lo cierto era que no se había detenido ni un segundo a pensar en eso. Porque muy en el fondo, sus esperanzas eran casi nulas.
Había pasado la mitad de su vida luchando contra la manipulación y el reinado de terror de su padre. Pero nunca se detuvo a pensar en lo que pasaría una vez que sea libre.
—Aún no lo decido. —Respondió él. —Ni siquiera puedo permitirme pensar en mañana. Mi mente está enfocada en el ahora.
Erik tenía su vista puesta en algún sitio lejos de ellos.
Ella sonrió apenas.
—¿Qué hay de la violinista?
Él soltó una leve risa.
—Lívia Székely. —Murmuró él. —Así se llamaba.
Jessica no pudo evitar ponerse celosa al notar con cuanto cariño él pronunciaba su nombre.
—Amaba la música, el arte… Tenía unos rizos tan dorados que parecía una personificación del sol. Cuando tocaba parecía trasladarte hacia cualquier lugar en donde quieras estar. Tenía demasiada pasión por la música.
—¿Tenía? —preguntó Jessica, arqueando una ceja.
—Desde pequeña amaba el violín —continúo él. —Pero con el tiempo comenzó a odiarla. Sus padres la llevaban a cada concurso que había. Querían que fuera la mejor.
Erik hizo una breve pausa.
—Pero ella un día no lo soportó. Se fue de su casa y desde ahí comenzó a vivir su sueño. Tocaba el violín en la calle, en los bares, en cualquier lugar que quieran oírla. Era magnifica.
—La quieres mucho —murmuró ella, sintiendo una punzada en el corazón.
—Ella se casó con un productor. Él le prometió el mundo entero. Pero con el tiempo, los ojos de Lív se apagaban, con ellos su brillo… Sus rizos no eran más que un montón de cabellos recogidos y opaco… Le pedí de muchas formas que saliera de ahí. Después de todo, ya había dejado todo atrás una vez…
Jessica lo miró con seriedad, esto ya no parecía una historia de amor.
—Era mi mejor amiga y la encontré tirada en un charco de sangre, con el rostro golpeado…
Unas lagrimas cayeron lentamente por el rostro de Erik, quién no dudó un segundo en limpiarlas rápidamente.
—Su esposo era alguien posesivo, celoso… No quería que ella tenga éxito y sí que lo tenía. Tal vez hoy incluso sería la violinista más famosa del mundo.
—Yo… Lo siento, no sabía. —Murmuró ella.
Él negó.
—No tenías como saberlo.
Erik suspiró.
—Lívia me demostró que todo era posible. Que el mundo podía ser mío si así lo quisiera. Que aunque parezca difícil, yo podía ser libre… Libre de Isaac.
Jessica no dijo nada. No sabía que podría decirle ella que lo consuele.
Solo tomó su mano y la apretó con fuerza.
En ese momento, el tren que los llevaría a Moscú acababa de llegar.