Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 6
Dormí poco aquella noche porque, por primera vez desde que comencé a sospechar de Lucan, comprendí que la incertidumbre estaba a punto de terminar. Durante semanas había imaginado cientos de escenarios distintos. En algunos, descubría que todo había sido producto de mis inseguridades y regresaba a casa avergonzada por haber dudado del hombre que amaba. En otros, encontraba exactamente aquello que llevaba meses intentando negar. Lo único que nunca imaginé fue que la respuesta llegaría tan deprisa.
Aquella rapidez era lo que más me inquietaba.
La noche anterior, después de despedirme de Karol, conduje hasta casa repasando una y otra vez las palabras del investigador. «Ya tenemos información importante». No había sonado como una posibilidad. Había sonado como una certeza.
¿Cómo era posible?
Él mismo me había explicado que una investigación de esa clase podía tardar varios días. Sin embargo, apenas unas horas después de firmar el contrato ya aseguraba tener algo lo suficientemente importante como para citarme a primera hora de la mañana.
Cuanto más lo pensaba, menos sentido encontraba. Llegué al despacho del señor Álvarez diez minutos antes de la hora acordada. La misma recepcionista del día anterior me dedicó una sonrisa amable en cuanto crucé la puerta.
—Buenos días, señora Sanz. El señor Álvarez la está esperando.
Agradecí el gesto con una leve inclinación de cabeza antes de caminar por el pasillo, cada paso hacía que el nudo en mi estómago se apretara un poco más, cuando llegué a la puerta, respiré profundamente, todavía podía marcharme, todavía podía dar media vuelta, subir al automóvil y fingir que nada de aquello estaba ocurriendo, pero si lo hacía, la verdad seguiría existiendo, solo que yo elegiría vivir de espaldas a ella.
Levanté la mano y llamé suavemente.
—Adelante.
El señor Álvarez se encontraba de pie junto a la ventana, al verme entrar, dejó la carpeta que sostenía sobre el escritorio.
—Buenos días, señora Sanz.
—Buenos días.
Tomé asiento frente a él, pero no permití que comenzara a hablar. Había una pregunta que llevaba acompañándome desde la tarde anterior y necesitaba resolverla antes que cualquier otra cosa.
—Antes de enseñarme cualquier información... necesito que me responda algo.
Él asintió con tranquilidad.
—La escucho.
Lo observé fijamente.
—Ayer me dijo que una investigación como esta normalmente tardaba varios días. Firmé el contrato al mediodía y, antes de que terminara la tarde, ya me estaba llamando para decirme que había encontrado algo importante.—Hice una breve pausa.—No voy a mentirle. Eso me parece demasiado rápido.
El investigador no mostró sorpresa, era evidente que esperaba aquella pregunta, entrelazó las manos sobre el escritorio antes de responder.
—Es completamente comprensible que le resulte extraño.—Guardó unos segundos de silencio.—Lo normal habría sido citarla dentro de varios días. Sin embargo, el señor Lucan Rivas ya aparecía mencionado en un expediente corporativo que nuestra agencia había elaborado meses atrás durante una investigación relacionada con varias empresas del mismo sector en el que él trabaja.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Mi esposo ya había sido investigado?
—No de manera específica.—Negó con calma.—Cuando una empresa contrata investigaciones de carácter corporativo, solemos recopilar información sobre distintos directivos, ejecutivos y personas relacionadas con determinadas operaciones comerciales. El señor Rivas figuraba dentro de ese material. Lo único que hicimos después de recibir su solicitud fue revisar la información existente, comprobar que siguiera siendo vigente y verificar algunos movimientos recientes.
La explicación parecía lógica. No eliminaba por completo mi inquietud, pero sí respondía la duda que había ocupado mi cabeza durante toda la noche. Bajé lentamente la mirada hacia la carpeta que descansaba sobre el escritorio.
—Entiendo...
El señor Álvarez deslizó entonces un sobre color marfil hasta dejarlo entre los dos, no dijo nada, solo esperó y, mientras mis ojos permanecían fijos sobre aquel sobre cerrado, comprendí que la respuesta que había buscado durante tanto tiempo estaba a unos pocos centímetros de mis manos.
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