Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 9
Vicent Gherardi entró al despacho sin llamar, como tenía por costumbre después de años de amistad inquebrantable. Se detuvo en seco al cruzar el umbral: Aarón estaba de pie junto al ventanal, con el rostro desencajado por la ira, y Antonia encogida frente a él, con la mirada baja y los puños apretados contra su pecho, como si intentara protegerse de los golpes de sus palabras.
—¿Te crees que juego? —gritó Aarón, golpeando la mesa con la palma con tanta fuerza que hizo saltar unos papeles—. Te dije que debías estar aquí diez minutos antes. ¿Tan difícil es cumplir lo que yo ordeno? ¿Ya te olvidaste de lo que hay en juego?
—No… no se me olvida —respondió ella con voz quebrada, sin atreverse a levantar la vista—. Es que mi madre se sintió mal al salir yo, y me detuve un momento para darle el medicamento. No fue por desobedecerle.
—¿Y a mí qué me importa? —replicó él, acercándose un paso más—. Tu tiempo es mío. Cada segundo que pierdes en cosas que no te he autorizado, es un segundo que te estás ganando un castigo. ¿Quieres que reconsidere nuestro trato? ¿Quieres que vuelva a llamar a la clínica?
—¡No, por favor! —exclamó ella, alzando por fin la vista, con los ojos llenos de lágrimas—. No le haga nada a ella. Lo siento. Llegaré antes la próxima vez. Prometo que no volverá a pasar.
Vicent no pudo quedarse callado más tiempo. Carraspeó fuerte, haciendo que ambos se giraran hacia él.
—Perdón por interrumpir —dijo él, con voz serena pero cargada de sorpresa—. No sabía que tenías visita.
Aarón se recompuso al instante, ocultando su ira bajo una máscara de frialdad habitual.
—Vicent. Ya puedes irte —le ordenó a Antonia, sin volver a mirarla—. Nos vemos mañana. Y no llegues tarde.
Ella asintió rápidamente y salió casi corriendo, sin levantar la vista del suelo, como si temiera que cualquier movimiento suyo provocara una nueva explosión. Cuando la puerta se cerró tras ella, Vicent se acercó lentamente al escritorio, mirando a su amigo con una expresión que mezclaba extrañeza y desaprobación.
—¿Qué demonios fue eso, Aarón? —preguntó directamente—. Nunca te había visto tratar a nadie así. Ni siquiera con los socios que te han traicionado has sido tan cruel.
—Es un asunto que no te incumbe —respondió él, encendiendo un cigarrillo con manos impacientes—. Ella sabe lo que le toca. No hay nada de qué hablar.
—¿Que no hay nada de qué hablar? —Vicent arqueó una ceja, sin dar su brazo a torcer—. La vi salir temblando como una hoja. Vi cómo te miraba… no es miedo normal. Es terror absoluto. Y vi cómo te sometía, sin replicar, sin defenderse, como si le hubieras quitado hasta la capacidad de hablar. ¿Qué le has hecho?
Aarón desvió la mirada hacia la ciudad que se extendía bajo el ventanal.
—He hecho lo que tengo que hacer para conseguir lo que quiero. Ella necesita algo que solo yo puedo darle. Y a cambio, me debe obediencia. Es simple.
—No es simple —lo cortó Vicent con firmeza—. Eso no es un trato. Es una extorsión. Conozco tu forma de ser, sé que eres ambicioso y duro, pero nunca habías disfrutado de humillar a nadie. ¿Qué tiene esa muchacha que te ha vuelto así? ¿Por qué parece que lleva una cadena al cuello que tú mismo le has puesto?
El silencio se apoderó de la habitación unos instantes. Aarón giró lentamente la cabeza hacia él, con una mirada oscura que Vicent no reconoció.
—No te metas en esto, viejo amigo. Es mejor para ti. Ella es mía. Y nadie, ni siquiera tú, va a interponerse en mi camino.
Vicent sostuvo su mirada, y por primera vez en años, sintió un escalofrío al ver al hombre que tenía enfrente. Comprendió que detrás de esa relación desigual había mucho más de lo que parecía: secretos, amenazas, una oscuridad que estaba consumiendo a su amigo desde adentro. Y supo entonces que no podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo destruía a una persona inocente… y se destruía a sí mismo con ella.
—No te prometo nada —respondió Vicent finalmente, dando media vuelta hacia la puerta—. Pero te advierto: si estás cometiendo un error, o si estás haciendo daño a alguien que no se lo merece… no voy a callármelo. Ni por nuestra amistad.
Vicent se detuvo con la mano en el pomo de la puerta, pero no salió. Se giró de nuevo hacia su amigo, con la expresión seria y la voz baja, cargada de preocupación sincera.
—Llevamos más de veinte años conociéndonos, Aarón —dijo despacio—. He visto cómo te enfrentabas a rivales, cómo cerrabas negocios que parecían imposibles, cómo te mantenías firme incluso cuando todo el mundo estaba en tu contra. Pero nunca… nunca te había visto disfrutar haciendo daño a alguien que no puede defenderse. Esa muchacha no es tu enemiga. ¿Por qué la tratas como si lo fuera?
Aarón dio una calada profunda al cigarrillo, dejando escapar el humo lentamente, como si quisiera ocultar también sus propios pensamientos.
—No la trato mal. La pongo en su lugar. Las personas como ella, que nacen sin nada, necesitan que alguien les marque los límites. Si la dejo hacer lo que quiera, se creerá igual a mí. Y no lo es. Nunca lo será.
—¿Que no lo es? —Vicent dio unos pasos hacia él, sin levantar la voz pero con mucha firmeza—. ¿Acaso vale menos solo porque no tiene tu dinero? ¿Crees que por eso tiene que aguantar que le grites, que la amenaces, que la hagas sentir como si fuera basura? Yo vi sus ojos, Aarón. No hay avaricia en ellos. Solo miedo. Mucho miedo. ¿Qué le prometiste? ¿O qué le quitaste para que te obedezca así?
Aarón golpeó la mesa con el puño cerrado, apagando el cigarrillo con rabia en un cenicero de cristal.
—Te dije que no te metas. Es un asunto entre ella y yo. Tú no entiendes lo que siento. No entiendes lo que es querer algo con tanta fuerza que te duele en los huesos. Ella es diferente. Es… perfecta. Y la perfección no se deja libre. Se cuida. Se controla. Se posee.
—Eso no es cuidar —replicó Vicent sin dudarlo—. Eso es encerrar. Eso es convertir a una persona en una joya más de tu colección, que solo sirve para que la mires tú y nadie más. ¿Crees que de esa forma la tendrás de verdad? Lo que tú tienes es su miedo, no su corazón. Y el miedo se acaba cuando se encuentra una salida.
Aarón se acercó a él, invadiendo su espacio, y por un instante Vicent vio en sus ojos una oscuridad tan profunda que le heló la sangre.
—Pues entonces me aseguraré de que nunca encuentre esa salida —susurró con una frialdad aterradora—. No voy a perderla, Vicent. No puedo. Si la dejo ir, se romperá todo lo que he construido en mi mente. Ella es mía. Lo aceptes o no. Y si decides ponerte de su lado… sabes que te estarás poniendo en mi contra.
Vicent sostuvo su mirada largo rato, sintiendo cómo se rompía algo entre ellos. Finalmente, suspiró con pesadez y negó con la cabeza.
—Yo no quiero estar en tu contra, viejo amigo. Pero tampoco quiero ser cómplice de una locura. Esa muchacha no es un juguete. Y un día te darás cuenta de que has construido una jaula tan grande para ella… que terminarás quedándote tú encerrado dentro.
Sin esperar respuesta, Vicent salió del despacho, cerrando la puerta suavemente tras de sí. Mientras bajaba por el ascensor, supo que no podía quedarse de brazos cruzados. Tenía que saber la verdad. Tenía que saber qué le había prometido Aarón a Antonia para que aceptara perder su libertad. Y si había una injusticia detrás de todo esto… haría lo imposible por arreglarla, aunque eso significara traicionar a su mejor amigo.
Dentro de la habitación, Aarón se quedó solo frente al ventanal, mirando la ciudad sin verla. Sus palabras sonaban en su propia cabeza como una advertencia, pero su corazón, ciego por la obsesión, no quería escuchar.
—Ya es tarde —murmuró al vacío—. Los hilos ya están atados. Y nadie los va a cortar.