Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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Una noticia que sacude
Después de salir de la casa de Valeria, Don Luis permaneció unos segundos de pie junto a su automóvil.
No subió de inmediato.
Volvió la vista hacia aquella sencilla finca donde, hasta hacía unas semanas, nadie esperaba encontrar nada extraordinario.
Resopló.
—Esa muchacha...
Su conductor abrió la puerta del vehículo.
—¿Ocurrió algo, señor alcalde?
Don Luis entró al auto con el ceño fruncido.
—No logro entenderla.
El conductor arrancó lentamente.
—¿Habla de la señora Valeria?
—¿Quién más?
Apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Cuando llegó al pueblo todos decían que era una mujer caprichosa. Que solo sabía gastar dinero, discutir y vivir obsesionada con la fortuna de los Montenegro.
Hizo una pausa.
—Yo mismo llegué a creerlo.
Miró por la ventana los cultivos que iban quedando atrás.
—Pero la mujer que vi hoy...
Negó con la cabeza.
—No era esa.
Recordó cómo había protegido a Lucas.
Cómo se preocupaba por Sebastián.
Cómo negociaba sin perder la calma.
Y, sobre todo, cómo rechazó un negocio que cualquiera habría aceptado sin pensarlo.
—Lo normal habría sido aceptar enseguida.
—¿Porque era un buen trato? —preguntó el conductor.
—Porque necesitaba dinero.
Don Luis suspiró.
—Sin embargo, prefirió desconfiar antes que vender su trabajo a cualquiera.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Tiene carácter.
Después volvió a ponerse serio.
—Y eso me molesta.
—¿Molesta?
—Porque demuestra que la juzgué mal.
...
Al llegar a la residencia del alcalde, una niña de unos ocho años salió corriendo por el jardín.
—¡¡Papá!!
Don Luis apenas alcanzó a abrir los brazos cuando la pequeña se lanzó sobre él.
—¿Cómo te fue?
Él sonrió por primera vez en el día.
—Muchísimo mejor ahora que te veo.
La niña rió mientras él acariciaba su cabeza.
Desde la terraza, Marie observó la escena con los brazos cruzados.
—Ya era hora de que llegaras.
La niña miró a ambos.
—Mamá estaba esperándote desde hace rato.
—Ve con la señora Elena, pequeña.
—¿Puedo comer pastel?
—Solo un pedazo.
—¡Sí!
La niña salió corriendo hacia la cocina.
Cuando desapareció, Marie caminó con elegancia hasta quedar frente a su esposo.
—Bien.
Se acomodó un mechón de cabello.
—¿Cómo salió la reunión?
Don Luis dejó el bastón apoyado junto al sofá.
—Mal.
Marie arqueó una ceja.
—¿Mal?
—Por tu culpa.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Hace unos días humillaste a Valeria delante de todo el mercado.
Marie hizo un gesto despreocupado.
—Solo puse a esa mujer en su lugar.
Don Luis soltó una risa seca.
—Pues gracias a eso no quiso hacer negocios conmigo.
Marie frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Se sentó frente a él.
—Valeria siempre vivió detrás del dinero.
—La Valeria de antes, quizás.
—¿Qué quieres decir?
Don Luis la miró fijamente.
—La mujer que vi hoy rechazó una oferta que podía hacerla ganar mucho.
Marie guardó silencio.
No le gustaba escuchar aquello.
Mucho menos que alguien alabara a Valeria.
—Debe estar fingiendo.
—No lo creo.
—Claro que sí.
Marie sonrió con superioridad.
—La conozco perfectamente.
Don Luis negó con la cabeza.
—No.
Su voz sonó firme.
—No la conoces.
Eso hizo que Marie apretara los labios.
Su esposo rara vez la contradecía.
—Además...
Don Luis tomó un sorbo de té.
—Pasó algo mucho más importante.
Marie levantó la vista.
—¿Qué ocurrió?
Él respondió con total tranquilidad.
—Sebastián Montenegro despertó.
La taza que Marie sostenía quedó suspendida en el aire.
—...
—¿Qué acabas de decir?
—Escuchaste bien.
—No...
Ella negó varias veces.
—Eso es imposible.
—Lo vi con mis propios ojos.
Marie abrió lentamente los ojos.
—¿Después de siete años...?
—Sí.
—¿Está consciente?
—Completamente.
—¿Puede hablar?
—Sí.
—¿Reconoce a todos?
—Sí.
Marie permaneció inmóvil durante varios segundos.
Después, una sonrisa apareció lentamente en sus labios.
Una sonrisa llena de emoción.
—Tengo que ver a Susana.
Don Luis suspiró.
—Lo imaginaba.
—No puedes impedirlo.
—Nunca dije que quisiera hacerlo.
Marie ya estaba tomando su bolso.
—Volveré más tarde.
—No armes un escándalo.
Ella sonrió.
—No prometo nada.
...
Esa misma tarde...
Una pequeña cafetería de la cuidad.
El aroma del café recién hecho llenaba el ambiente.
Susana estaba sentada junto a la ventana leyendo unos documentos.
Vestía un sencillo vestido color crema y llevaba el cabello recogido con una cinta.
Al escuchar la campanilla de la puerta levantó la vista.
—Marie.
Sonrió con dulzura.
—Qué sorpresa.
Marie ocupó la silla frente a ella.
—Necesitaba verte.
—¿Ocurrió algo?
—Sí.
Pidió un café antes de volver a mirarla.
—Una noticia enorme.
Susana dejó lentamente la taza sobre el plato.
—¿Tiene que ver con los Montenegro?
Marie sonrió.
—Siempre fuiste muy lista.
Susana bajó un poco la mirada.
Intentó mantener la calma.
—¿Están todos bien?
Marie asintió.
—Sí.
Hizo una pequeña pausa.
—Sebastián despertó.
El tiempo pareció detenerse.
Los ojos de Susana se abrieron por completo.
—...
—¿Despertó?
—Esta mañana.
Susana llevó una mano a sus labios.
Durante unos segundos no pudo decir absolutamente nada.
En su mente aparecieron incontables recuerdos.
Dos niños corriendo por los jardines de la mansión Montenegro.
Sebastián enseñándole a montar bicicleta.
Protegiéndola cuando otros niños la molestaban.
Prometiéndole que algún día construiría los automóviles más rápidos del país.
Y luego...
Aquel accidente.
El largo coma.
Los siete años de silencio.
Sin darse cuenta...
Susana sonrió.
Era una sonrisa tan sincera que incluso Marie se sorprendió.
—Me alegra...
susurró.
—De verdad me alegra mucho.
Bajó la cabeza un instante.
—Siempre recé para que despertara.
Marie apoyó los codos sobre la mesa.
—Sabía que esa sería tu reacción.
Susana volvió a sonreír.
—Es una buena noticia.
—¿Solo eso?
Ella la miró confundida.
—¿A qué te refieres?
Marie soltó una risita.
—Vamos, Susana.
—...
—No me digas que nunca pensaste en él.
Susana sintió que sus mejillas se calentaban.
—Marie...
—Te conozco desde hace años.
—Eso fue hace mucho.
—¿De verdad?
Susana jugueteó nerviosamente con la cucharita.
—Ahora estoy comprometida con Mateo.
Lo dijo en voz baja.
Como si intentara convencerse a sí misma.
Marie sonrió con picardía.
—Sí...
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Pero todos sabemos que ustedes dos siempre fueron más amigos que otra cosa.
Susana abrió mucho los ojos.
—No digas esas cosas.
—¿Estoy mintiendo?
Ella guardó silencio.
Porque no podía responder.
Mateo era amable.
Atento.
La respetaba.
Pero...
Cada vez que recordaba a la familia Montenegro, el primer rostro que aparecía en su memoria nunca era el de Mateo.
Siempre era Sebastián.
Marie observó su expresión y sonrió para sí.
—Además...
Bebió un poco de café.
—Ahora que despertó, verá quién es realmente Valeria.
Susana levantó la cabeza de inmediato.
—No hables así.
Marie arqueó una ceja.
—¿La estás defendiendo?
Susana dudó unos segundos.
Recordó la última vez que había visto a Valeria.
La mujer arrogante que conocía ya no estaba.
Ahora sonreía más.
Trabajaba en el campo.
Cuidaba de Lucas.
Y pasaba cada momento pendiente de Sebastián.
Era completamente distinta.
—No lo sé...
admitió con sinceridad.
—Pero siento que cambió.
Marie soltó una carcajada.
—La gente no cambia tan fácil.
—Quizá...
Susana bajó la mirada.
—O quizá nunca intentamos conocerla de verdad.
Marie rodó los ojos.
—Eres demasiado buena.
Susana sonrió con timidez.
—No es eso.
Volvió a mirar por la ventana.
—Solo deseo que Sebastián sea feliz.
Aunque...
Aquellas palabras salieron de sus labios, una pequeña parte de su corazón formuló una pregunta que llevaba siete años enterrada.
"Si él nunca hubiera tenido aquel accidente... ¿habría elegido un camino diferente?"
Susana cerró los ojos un instante.
No.
No debía pensar en eso.
Ahora era la prometida de Mateo.
Y Sebastián...
Era el esposo de Valeria.
Aunque, por primera vez en muchos años...
El destino parecía haber empezado a mover nuevamente las piezas del tablero.