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EN BUSCA DE LO OCULTO: "Tiempo Prestado".

EN BUSCA DE LO OCULTO: "Tiempo Prestado".

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Aventura / Traiciones y engaños
Popularitas:87
Nilai: 5
nombre de autor: Feng Liang

Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?

NovelToon tiene autorización de Feng Liang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El encuentro y un problema nuevo.

—¡Hey! Hola —mi jefa me saludó con una de esas sonrisas de cuando el día va comenzando genial.

—Buenos días —respondí. Sin ganas, sin energía. Pareciera que lo de la noche anterior hubiera tomado toda mis fuerzas.

—Mira lo que nos trajeron —dijo señalando una pequeña canasta con frutas nuevamente.

—¿Quién? —Pregunté encendiendo el ordenador.

—Tu amigo, el de ayer —colocó una fruta sobre mi escritorio manteniendo esa sonrisa—. Al parecer tendremos frutas frescas todos los días.

—No se acostumbre —dije en voz baja solo lo suficiente para que me escuchara.

—Por cierto, está en mi consultorio —agregó desapareciendo detrás de esa puerta.

—¿Carl? —Pregunté para mi misma mientras mis ojos vagaban por los archivos.

Pasó una hora hasta que el chico salió del consultorio con un pequeño cachorro en brazos.

Caminó hacia a mí, colocó la receta en la mesa sin decir una palabra.

Tomé la hoja y caminé hacia los estantes de la otra habitación en busca de los medicamentos recetados.

—Y-yo…lamento lo de ayer —murmuró mirándome con culpa como si hubiera hecho algo malo. Recogió torpemente el sobre que había colocado sobre la mesa.

—¿Por seguirme o por tratar de negociar conmigo? —Lo miré con seriedad.

—Por…las dos cosas —desvió la mirada.

Sus labios casi morados, tal vez por el frio de la mañana. Pero su rostro estaba pálido, ¿enfermo quizás?

—¿Estás enfermo? —Pregunté.

Me miró con los ojos ligeramente abiertos. Sorprendido.

—N-no, nada de eso —sonrió y un leve sonrojo apareció en sus mejillas.

—Cristani, deja de coquetear con el dueño de mi paciente —mi jefa apareció por la puerta con una sonrisa en el rostro, divertida por la escena.

—No estoy coqueteando —giré la cabeza a verla.

—Y-yo…t-tu, ¿terminas tarde?

Alcé una ceja ante su pregunta.

Mi jefa dejó salir una risa baja. Pero luego volvió al consultorio cerrando la puerta como si estuviera diciéndome “te estoy dando espacio”.

—Tarde —respondí aclarándome la voz.

—P-puedo esperar —infló las mejillas, abrazando su cachorro como si el pequeño animal pudiera protegerlo.

—¿Que quieres?

—S-solo hablar.

—Termino al mediodía —dije finalmente.

Sus ojos volvieron a abrirse y ahora sonreía cual niño que consiguió su dulce favorito.

—T-te esperaré —finalizó antes de salir del lugar casi corriendo.

—No creí que tuvieras amigos tan lindos —una vez más la cabeza de mi jefa se asomó por la puerta.

—Lo conocí hace poco.

.

.

.

Solté un suspiro largo. De alivio.

Mi horario había terminado por fin.

"Epiphany" llenaba mis auriculares mientras empujaba la puerta del veterinario.

El cristal se cerró detrás de mí con un chasquido que sonó como el final de una cadena.

Aire frío en la cara.

El sol colgaba alto, pero su luz no calentaba. Era de esos soles que alumbran sin tocar. Nubes blancas, dispersas, como manchas en un cielo que no sabía si llorar o fingir calma.

Era el día perfecto para irme a casa.

Para tirarme en la cama.

Para escuchar música sin interrupciones, sin pacientes, sin miradas que me pesaran.

Hasta que…

—H-hola… otra vez.

Él.

Carl Rowen, plantado frente a mí como si me hubiera estado esperando.

Con esa sudadera gris que ya había visto dos veces esta semana. Con las manos metidas en los bolsillos y los hombros encogidos por el frío que yo ni sentía.

Y de pronto las nubes se oscurecieron.

Cubrieron el sol como una mano cerrándose. Como si algo malo estuviera a punto de pasar.

Un viento frío movió las ramas desnudas de los árboles.

—¿De qué querías hablar conmigo? —Pregunté, sin detenerme.

No tenía tiempo. No tenía ganas.

Y Carl tenía esa cara de quien no sabe cómo empezar una conversación que ya decidió que va a arruinarle el día a alguien.

El chico se apresuró a alcanzarme. Sus pasos sonaban torpes contra el pavimento.

—S-solo quería hablar —dijo en voz baja. Como pidiendo perdón antes de abrir la boca.

—¿De qué?

—T-tal vez… sobre ti.

Me detuve.

No porque quisiera, sino porque la pregunta me cayó encima.

—¿Qué podría decir sobre mí? —solté, con un sarcasmo que no me salió tan afilado como quería. Sonó cansado.

Hacía tiempo que no me reconocía. No podría decirle quién era. Ni si seguía siendo la Cristani de hace una década.

—P-pero yo quiero saber de ti —me miró con esa esperanza tonta que no había aprendido a matar. Como si creyera que yo tenía respuestas.

—Si me especificas qué quieres saber, tal vez responda —me quité un auricular para prestarle atención. Solo uno. No le iba a dar todo.

—Tus gustos musicales —sonrió, clavando los ojos en mi rostro. Como si eso fuera importante. Como si supiera algo de mí por una canción.

—No lo sé.

—¿Qué? ¿Cómo que no lo sabes? —me cortó el paso, manos en la cintura, indignado—. Estabas escuchando música hace un momento. Te vi salir con los auriculares.

—No tengo mucho interés en la música —respondí, pasando a su lado. Era mentira. Pero era más fácil decir eso que explicarle que la música me recordaba demasiado.

—No es cierto. Todo mundo ama la música —se quejó, sacando el móvil—. Hay canciones excelentes. Es imposible que…

—The Truth Untold es una buena canción —lo interrumpí.

La canción empezó a sonar.

La voz entró suave. Esa parte que me hacía recordar muchas cosas. Cosas que quisiera decir, pero no podía.

Carl guardó silencio y caminó a mi lado. Por un momento, solo se escuchó la música filtrándose por mi auricular.

—¿Puedo escuchar? —señaló mi otro auricular. Con esa cara de niño pidiendo un dulce.

—No.

—¿Por qué? —inclinó la cabeza. Como si no entendiera el concepto de límites.

—Porque no comparto lo que escucho.

—Eso es cruel —arrugó la nariz—. La música está hecha para compartirse. Para que dos personas la sientan al mismo tiempo.

—No para mí —repliqué, sin mirarlo. Seguí caminando.

—Anda. Quiero escuchar —insistió. Dio otro paso para alcanzarme—. Solo un segundo.

Un trueno reventó entre las nubes. Seco. Cercano. Como el rugido de un dragón que se había cansado de esperar.

Carl se sobresaltó. Su mano agarró mi brazo sin pensar. Los dedos fríos, temblorosos.

—¿Le temes a los truenos? —solté una risa breve. No porque fuera gracioso, sino porque su reacción era tan humana que dolía.

—N-no es eso… s-solo me tomó por sorpresa —se defendió, pero no me soltó. Como si mi brazo fuera un ancla—. Yo no le tengo miedo a nada.

—Ya veo. Aunque es natural. Todos los humanos le tememos a algo. Incluso cuando juramos que no.

—¿Tú también? —abrazó mi brazo con más fuerza e inclinó la cabeza, buscando mi rostro. Sus ojos eran verdes. Demasiado claros para alguien que decía no tener miedo—. ¿A qué le tienes miedo tú?

—Si dejara de temer, dejaría de ser humana —suspiré. Miré su mano sobre mi brazo—. ¿Podrías soltarme?

—Ah, sí. L-lo siento —se apartó torpe. Se frotó la nuca—. Entonces, ¿a qué le temes?

—A mí.

—Esa no es una respuesta —bufó. Frunció el ceño—. Eso no dice nada.

—Temo perder la cordura. Y desconocerme —miré al frente, evitando sus ojos. Porque si lo miraba, iba a ver lástima—. Temo despertar un día y no saber quién soy. Ni qué hice. Ni por qué estoy viva.

—¿Puedes llegar a perderte? ¿Es eso posible? —se detuvo en medio de la calle. La gente nos esquivaba—. ¿De verdad crees que puedes desaparecer dentro de ti misma?

—¿No dijiste lo mismo anoche? —yo también me detuve y me giré a verlo. El viento me pegó el cabello a la cara—. ¿O ya se te olvidó?

Dudó.

Dio un paso atrás.

Como si mis palabras lo hubieran empujado.

—¿Me tienes miedo? —sonreí. Una sonrisa que no me llegó a los ojos. Una sonrisa que había practicado para que doliera.

—Y-yo sí. Te tengo miedo —admitió. Se apretó las manos y miró el suelo, como si de pronto el asfalto fuera fascinante—. Pero no por lo que haces. Por lo que no haces.

—¿Entonces por qué te acercaste?

—S-solo quería conocerte —balbuceó, retrocediendo. Como si yo fuera fuego—. Porque… porque algo en ti me llama. Y eso me asusta más que cualquier trueno.

—Deberías mantenerte lejos de las personas que pueden dañarte —me di media vuelta para seguir. No tenía por qué escuchar esto—. Especialmente si esa persona soy yo.

—¡E-él dice que eres la i-indicada! —gritó desde atrás.

Me detuve en seco. Ese “él” no sonaba como Carl.

Sonaba más grave.

Más seguro.

Más ajeno.

Me volví lento.

—¿Quién? —volví sobre mis pasos—. ¿Quién dice que soy la indicada?

Se aferró a su sudadera, como si la tela pudiera protegerlo de lo que estaba a punto de decir.

—Y-yo intenté ganar tiempo, pero él aún logró su cometido.

—¿Él? ¿Quién es? Habla —ordené. Mi voz bajó un tono. La que usaba cuando ya no pedía.

—N-no sé quién es. S-solo está ahí —se tocó la cabeza, luego el pecho. Empezó a temblar—. Me da órdenes. Me susurra cosas cuando duermo. Me dice qué decir. Qué hacer. Me dijo que te buscara.

—Un parásito —susurré.

Algo en mi pecho se apretó. No de compasión. De reconocimiento.

—Déjame revisar.

Levanté la mano. La estiré hacia su rostro. Él me miró con los ojos ya llorosos. Asintió, aunque todo su cuerpo decía que quería correr.

Antes de tocarlo, un golpe de imágenes me estrelló la cabeza:

Personas sonriendo en una mesa.

Dos jóvenes abrazados bajo un cerezo.

Una batalla. Sangre en el suelo. Una espada que no era la mía, pero se parecía.

Un segundo. Dos.

No lo soporté.

Me llevé las manos a la cabeza.

La energía en mi cuerpo chocó contra algo dentro de Carl y se descontroló.

Destellos carmesí brotaron a mi alrededor, como chispas.

Mi propia fuerza aprovechaba mi debilidad para escapar.

—¿Qué demonios…? —Murmuré.

El viento se quedó quieto.

Las nubes oscuras, congeladas en el cielo.

La gente en la otra calle, inmóvil a mitad de un paso.

Un pájaro suspendido en el aire, las alas abiertas, sin moverse.

Todo se detuvo.

El mundo se había puesto en pausa. Excepto yo. Y él.

Mis ojos fueron al chico frente a mí. Él no parecía afectado. Seguía temblando, pero respiraba. Seguía mirándome con ese miedo que no era solo mío.

—¿Estás bien? —se acercó. Su voz sonó normal. Como si no notara que el tiempo se había roto.

—No te muevas —ordené.

La energía espiritual a mi alrededor aumentó. La presión en mi cabeza se volvió insoportable, como si algo me estuviera empujando el cráneo desde dentro.

Empecé a retroceder.

Respiración pesada.

La espada flotó a mi lado, vibrando.

El sonido era bajo, constante. Como un zumbido de advertencia. Como si supiera que Carl no estaba solo.

Como si supiera que lo que hablaba a través de él, también me estaba mirando a mí.

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