es de terror, una creepypasta
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El Nombre que No Estaba Escrito
El bosque entero observaba a T/N.
Ni el viento se atrevía a soplar.
Las flores blancas dejaron de moverse.
Los pájaros enmudecieron.
Incluso el Rey del Bosque permanecía inmóvil.
Samuel dio un paso hacia la persona que acababa de aparecer.
—¿Puedes... entenderme?
T/N asintió lentamente.
No recordaba cómo había llegado allí.
Lo último que recordaba era estar leyendo una novela sobre una muñeca maldita en un bosque de Colombia.
Había pasado la página.
Y, de un momento a otro, el olor del papel desapareció.
Ahora solo existía el aroma de la tierra húmeda y los árboles.
Samuel respiró aliviado.
—Entonces no estoy volviéndome loco.
T/N observó a Samuel con atención.
Era exactamente como lo había imaginado al leer la historia.
Más cansado.
Con algunas heridas que nunca habían sido descritas.
Pero era él.
No había duda.
Tomás sonrió.
—Así es como se conocen un personaje... y quien conoce toda su historia.
Samuel frunció el ceño.
—No toda.
Tomás levantó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
T/N habló por primera vez.
—Yo... no sé cómo termina.
Todos quedaron en silencio.
Yara dio un pequeño paso al frente.
—Entonces todavía hay esperanza.
Samuel caminó junto a T/N por el sendero de flores blancas.
Había cientos de preguntas en su cabeza.
—¿De verdad conoces todo lo que vivimos?
T/N asintió.
—Sé cómo encontraste la muñeca.
Sé quién era Isabela.
Sé que Gabriel ocultó su apellido.
Sé que Azael no era el verdadero enemigo.
Samuel sintió un escalofrío.
Todo era cierto.
—Entonces dime algo.
¿Voy a sobrevivir?
T/N bajó la mirada.
—No lo sé.
Samuel se quedó inmóvil.
—¿Cómo que no?
—La historia cambió cuando entré.
Desde ese momento... ya no existe un final escrito.
Tomás abrió nuevamente su reloj de bolsillo.
Las agujas comenzaron a moverse por primera vez en tres siglos.
Pasaron de las 3:33 a las 3:34.
Un solo minuto.
Pero bastó para que el bosque entero comenzara a transformarse.
Las hojas de los árboles cambiaron de color.
El cielo se oscureció.
Y el sendero empezó a desaparecer detrás de ellos.
Yara abrió mucho los ojos.
—El tiempo volvió a avanzar.
Samuel miró a T/N.
—¿Eso es malo?
—No lo sé.
—Nunca había ocurrido.
Mientras tanto, al otro lado del bosque, el líder del culto despertó.
Había sobrevivido.
Se encontraba tendido entre raíces gigantes.
Abrió lentamente los ojos.
Frente a él había una figura encapuchada.
No pertenecía a los Hijos del Abismo.
No era Azael.
Ni el Rey.
Su túnica era completamente blanca.
La capucha ocultaba su rostro.
La figura habló con una voz tranquila.
—Has fracasado.
El líder intentó levantarse.
—¿Quién eres?
La figura respondió con una sola frase.
—El autor.
El líder quedó paralizado.
—Eso... es imposible.
—¿Lo es?
La figura levantó una hoja de papel completamente blanca.
—Toda historia necesita alguien que la escriba.
Pero también necesita alguien que decida cuándo termina.
Con un simple movimiento de la mano, el papel comenzó a llenarse de palabras.
El líder observó horrorizado.
Aquellas líneas describían exactamente lo que él estaba haciendo en ese instante.
La figura arrancó la hoja.
La dobló.
Y la lanzó al fuego.
Al instante, el líder sintió un dolor insoportable en el pecho.
Cayó de rodillas.
—¡¿Qué me hiciste?!
—Solo borré unas cuantas líneas de tu historia.
Muy lejos de allí, Samuel sintió el mismo dolor.
Se llevó una mano al pecho.
T/N lo sostuvo antes de que cayera.
—¿Qué ocurre?
Samuel respiraba con dificultad.
—Alguien...
Está cambiando la historia.
Tomás levantó la cabeza.
Su expresión dejó de ser triste.
Ahora reflejaba miedo.
—No...
Eso no puede pasar.
Yara también lo comprendió.
—Si alguien escribe desde dentro...
El bosque desaparecerá.
T/N frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Yara respondió con seriedad.
—Las historias viven porque son libres.
Si alguien controla cada palabra...
Todos dejaremos de existir.
En ese momento, una hoja cayó del cielo.
T/N la atrapó.
Solo tenía escrita una frase:
"Querido lector... ya no eres un lector. Ahora también eres un personaje. Y los personajes pueden morir."
Debajo del mensaje había una firma.
No era un nombre.
Solo un símbolo.
Una pluma negra atravesando un ojo.
Tomás dejó caer su reloj.
Por primera vez en trescientos años, el cristal del reloj se rompió.
Con la voz temblorosa, susurró:
—No puede ser...
Samuel lo miró.
—¿Qué pasa?
Tomás respondió sin apartar la vista de la hoja.
—Ese símbolo pertenece al único ser que incluso el Rey del Bosque teme.
Samuel sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Quién es?
Tomás levantó lentamente la cabeza.
—El Devorador de Historias.
Y, en algún lugar que ninguno de ellos podía ver, una pluma comenzó a escribir lentamente el siguiente capítulo... sin que nadie la estuviera sosteniendo.