Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
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EL FUEGO Y LA CENIZA
La noche en el distrito portuario no era un escenario para los débiles. El aire estaba cargado de salitre, humo de motores y la electricidad estática de una guerra inminente. Amelia, enfundada en un conjunto táctico de Kevlar que se ajustaba a su silueta como una segunda piel, se movía entre los contenedores de carga con la gracia letal de una sombra. A su lado, Bruno Ríos coordinaba el avance de sus hombres con señales manuales precisas. El almacén 4, una estructura de hierro oxidado y luces mortecinas, era el corazón de la insurgencia.
—Están dentro —susurró Bruno a través del comunicador—. Tres guardias en el perímetro, cinco más en el interior protegiendo los servidores.
Amelia extrajo su arma, el metal frío contrastando con el calor de su sangre que fluía a mil por hora. No era la empresaria que discutía balances financieros; era "El Demonio", la mujer que había aprendido a sobrevivir en el lodo cuando no tenía nada.
—No quiero supervivientes que puedan hablar —sentenció ella con una voz gélida que no dejaba lugar a dudas—. Entramos.
El asalto fue una coreografía de violencia silenciosa. Amelia derribó al primer guardia con un golpe seco en la tráquea antes de que pudiera emitir un sonido. Se deslizó por los pasillos laterales, su mente procesando cada ángulo, cada ruido, cada posible emboscada. Cuando irrumpieron en la sala principal, el caos se desató. El intercambio de disparos iluminó la penumbra con destellos cegadores. Amelia se movía como un espectro, disparando con una precisión milimétrica mientras avanzaba hacia los servidores. En menos de dos minutos, el almacén quedó en silencio, roto solo por el goteo metálico de la lluvia exterior sobre el techo de chapa.
Al limpiar la zona, Amelia se acercó a los servidores. Sus manos, que hace apenas unas horas habían acariciado a Sebastián en un mirador frente al mar, ahora desmantelaban el equipo con una habilidad gélida. Borró cada rastro de la información falsa, asegurándose de que cualquier investigación futura condujera únicamente a un callejón sin salida diseñado por ella misma.
Al salir, la adrenalina seguía bombeando con una ferocidad que le impedía pensar con claridad. Sus ojos ámbar brillaban en la oscuridad mientras guardaba su arma. La victoria era suya, pero el peso de su doble vida la golpeó con una intensidad física.
De vuelta en el penthouse de la mansión, Amelia se arrancó el chaleco táctico, dejando que su respiración se regulara frente al espejo. Estaba cubierta de hollín y sudor, una imagen muy lejana a la perfección de "La Tiburón". De repente, un golpe rítmico y autoritario en la puerta principal la sobresaltó. Nadie, a excepción de Bruno, conocía la ubicación de este refugio privado tras la operación.
Al abrir la puerta, se encontró con Sebastián. Su camisa estaba desabrochada en el cuello, el saco arrojado sobre su brazo y los ojos oscuros chispeando de una mezcla de rabia y deseo incontrolable. Había rastreado su ubicación personal.
—¿Qué haces aquí? —espetó Amelia, tratando de mantener la compostura, aunque el corazón le latía con fuerza contra las costillas.
Sebastián no respondió con palabras. Entró en el apartamento como una fuerza de la naturaleza, cerrando la puerta de un golpe seco tras de sí. Se detuvo a centímetros de ella, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo, notando el rastro de la batalla en sus mejillas y el brillo salvaje en su mirada.
—Tu seguridad me dijo que estabas ocupada con un "incidente" —dijo Sebastián con voz ronca—. Pero cuando llegué al puerto y vi el despliegue de Bruno, supe que no estabas atendiendo una avería. Amelia, ¿quién eres?
Amelia, en lugar de retroceder, se acercó a él, desafiante. El peligro de ser descubierta solo avivó el fuego del deseo.
—Soy quien te da lo que necesitas, Sebastián. No preguntes lo que no estás listo para escuchar.
Sebastián la tomó de la cintura con una fuerza casi violenta, pegándola contra su cuerpo. La colisión fue una descarga eléctrica. Ella lanzó su cabeza hacia atrás, dejando que él recorriera su cuello con besos que sabían a posesión y urgencia. No había palabras, no había contratos, no había negocios. Solo el deseo puro y sin filtrar entre dos depredadores que se habían estado cazando durante semanas.
Amelia le arrancó la camisa, sus manos arañando la piel de sus hombros mientras él la cargaba en vilo, llevándola hacia el centro de la habitación. Cada beso era un desafío, cada caricia una batalla. Mientras se perdían en la urgencia del momento, Amelia sintió una liberación total. Por fin, no tenía que esconderse. Sebastián no buscaba respuestas; buscaba poseer a la mujer que le había dado la vuelta a su mundo.
En medio de la intensidad, Amelia se permitió soltar una risa ahogada contra el hombro de Sebastián.
—¿Sabes cuál es el colmo de un astronauta? —susurró, con la voz quebrada por el deseo.
Sebastián se detuvo un segundo, su mirada encontrándose con la de ella, cargada de una pasión ardiente.
—Si dices una palabra más, te juro que...
—¡Que su mujer le dé con la escoba porque no le gusta que llegue a casa flotando! —terminó ella, atrayéndolo de nuevo hacia sí.
Sebastián no pudo más. Soltó una carcajada ronca contra sus labios y la besó con una intensidad devastadora, cerrando el mundo fuera de esas cuatro paredes. Había descubierto que el "caos" de Amelia Castañeda no era un defecto; era la única fuerza en el universo capaz de dominar a la Bestia. Mientras los dos se entregaban a la tormenta que ellos mismos habían provocado, Amelia supo que, a partir de esta noche, ya no habría vuelta atrás. Él era suyo, y ella, le gustara o no, acababa de dejar de ser una extraña para convertirse en la única persona que realmente le importaba. El imperio de ambos estaba a salvo, pero sus corazones, por primera vez, estaban en la línea de fuego.