Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una parada mas de la cuenta
La tienda apareció unos minutos después, en la esquina de siempre, con su viejo cartel de madera y los ventanales llenos de productos.
Rubí miró por la ventana y sonrió.
—Sigue igual.
Wyatt estacionó frente al local.
—Blackwood no cambia demasiado.
—Eso me gusta.
—¿Sí?
Rubí se encogió de hombros.
—Supongo que sí. Después de tantos años, es lindo volver y encontrar algunas cosas exactamente donde las dejaste.
Wyatt la observó durante un instante, pero no respondió.
Rubí bajó de la camioneta y entró en la tienda.
El dueño, un hombre mayor que ella recordaba vagamente de sus veranos, levantó la mirada.
—¿Rubí?
Ella se detuvo.
—¿Sí?
El hombre sonrió.
—No puede ser. ¡La pequeña Rubí!
—Ya no soy tan pequeña.
—Para mí siempre lo serás.
Rubí soltó una risa.
—Necesito alimento para los patos de la tienda.
—¿Los patos de tus abuelos?
—Sí.
—Claro. Espera.
Mientras el hombre buscaba una bolsa detrás del mostrador, Rubí miró alrededor. Había estantes con alimentos, herramientas, productos para animales y algunas cosas que parecían llevar años en el mismo lugar.
Cuando el dueño regresó, colocó la bolsa sobre el mostrador.
—Aquí tienes.
Rubí pagó y tomó el alimento.
—Gracias.
—Dile a tu abuelo que todavía le debo una visita.
—Se lo diré.
Cuando salió, Wyatt estaba apoyado contra la camioneta con los brazos cruzados.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Pensé que te habías perdido.
Rubí levantó la bolsa.
—Estaba comprando.
—Lo supuse.
—Entonces, ¿por qué preguntaste?
—Porque llevas casi quince minutos dentro.
—¿Y estabas contando?
Wyatt sonrió.
—Tal vez.
Rubí negó con la cabeza y abrió la puerta de la camioneta.
—Eres insoportable.
—Eso ya me lo dijiste.
Subieron nuevamente.
Esta vez, sin embargo, Wyatt no arrancó.
—¿Qué pasa? —preguntó Rubí.
Él señaló hacia la calle.
—Hay un lugar al que quiero pasar antes de volver.
—¿Dónde?
—Ya lo verás.
Rubí lo miró con desconfianza.
—Eso suena sospechoso.
—No lo es.
—Eso es exactamente lo que diría alguien sospechoso.
Wyatt soltó una carcajada.
—Confía en mí.
La camioneta volvió a ponerse en marcha.
Atravesaron las calles principales y dejaron atrás las tiendas. Después tomaron un camino de tierra que Rubí reconoció casi de inmediato.
—Wyatt…
Él no respondió.
Rubí miró por la ventana.
—¿Vamos al lago?
—Sí.
El pequeño lago estaba a las afueras de Blackwood. De niños, ella, Logan y Wyatt solían ir allí durante los días más calurosos del verano.
Aunque Wyatt siempre terminaba vigilándolos desde la orilla porque Logan tenía la costumbre de hacer alguna estupidez.
La camioneta se detuvo bajo unos árboles.
Rubí bajó lentamente.
El lugar había cambiado un poco. Algunos árboles eran más grandes y el viejo muelle de madera estaba parcialmente reconstruido.
Pero el agua seguía siendo la misma.
—No puedo creer que todavía exista.
—¿Por qué no?
—Pensé que lo habían cerrado.
—Casi.
Rubí caminó hasta la orilla.
—Aquí Logan me tiró al agua.
—Lo recuerdo.
Ella giró rápidamente.
—¿Tú estabas ahí?
—Yo fui quien tuvo que sacarte.
Rubí abrió los ojos.
—¡Tenía ocho años!
—Y Logan tenía nueve.
—¡Fue horrible!
Wyatt sonrió.
—Lloraste durante diez minutos.
—No lloré.
—Sí lloraste.
—Tenía agua en los ojos.
—Claro.
Rubí tomó una pequeña piedra y se la lanzó suavemente.
Wyatt la esquivó riendo.
—¡Sigues siendo una mentirosa!
—¡Y tú sigues siendo un chismoso!
Por un momento, ambos quedaron riéndose.
Y fue extraño.
Porque Rubí había pasado diez años lejos de aquel lugar.
Diez años sin escuchar aquella risa.
Sin verlo sonreír de esa manera.
Sin estar allí.
Wyatt dejó de reír poco a poco.
Sus ojos se encontraron.
El silencio apareció entre los dos.
Rubí bajó lentamente la mirada.
—Deberíamos volver —murmuró.
—Sí.
Wyatt tomó la bolsa de alimento de sus manos.
—Yo la llevo.
—Puedo llevarla.
—Ya sé.
Ella sonrió.
—Te gusta ayudar demasiado.
—Tal vez.
Caminaron juntos hacia la camioneta.
Pero antes de subir, Rubí se detuvo.
—Wyatt.
—¿Sí?
Ella dudó.
Pensó en el papel escondido en su habitación.
En aquellos versos.
En la figura que había visto la noche anterior cerca de los establos.
Y por un instante estuvo a punto de preguntarle.
¿Fuiste tú?
Pero no lo hizo.
—Gracias por traerme.
Wyatt sostuvo su mirada unos segundos.
—Cuando quieras.
Rubí subió a la camioneta.
Y mientras él rodeaba el vehículo para ocupar nuevamente su asiento, ella no pudo evitar preguntarse si aquella visita al lago había sido realmente una simple parada en el camino.
Porque Wyatt había dicho que quería pasar por allí.
Y, por alguna razón, Rubí tenía la sensación de que no había sido casualidad.