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EL HIJO DEL PRESIDENTE

EL HIJO DEL PRESIDENTE

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Amor-odio
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

...MÍA...

Apreté el bolígrafo rosa contra el cuaderno hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Desde mi lugar en el comedor, a través de la cortina delgada de la ventana, alcancé a ver todo el numerito de Aitana con mi hermano. La forma en que se apoyó en el auto, la cercanía, la risita tonta de su amiga vecina... Todo me daba un asco tremendo.

Tenía razón. Esa muerta de hambre se está muriendo por Henrry y mi hermano es tan imbécil que le sigue el juego.

—Abre en la página tres de la guía, Mía. Deja de mirar hacia la calle —la voz de Aitana me trajo de golpe a la realidad. Se sentó frente a mí, acomodándose el cabello detrás de la oreja, todavía un poco roja por lo que fuera que había pasado allá afuera.

—¿Por qué no dejas que Henrry entre? —le solté, arrastrando las palabras con toda la insolencia que pude reunir—. Digo, ya que pasas más tiempo coqueteando con él en la acera que haciendo tu trabajo. Podríamos invitarlo a tomar un café en tus tazas baratas. Seguro le encanta la experiencia comunitaria.

La amiga de Aitana, la tal María, soltó un jadeo indignado desde la cocina, pero Aitana ni se mutó. Se limitó a mirarme con esos ojos grandotes y aburridos que tanto me desesperaban.

No se enganchó. No se alteró. Eso era lo peor de ella: que no me daba el gusto de verla perder los estribos.

—Tu hermano está afuera porque quiere, Mía. Pero tú estás adentro porque debes —respondió Aitana, deslizando el documento impreso sobre la mesa—. Gestión de Proyectos. El profesor Quintana fue muy específico: si no entregas el cuadro de variables de mercado resuelto para el lunes a primera hora, tu nota de examen final seta negativa, con o sin suspensión. Así que lee el primer párrafo en voz alta. Ahora.

Solté un bufido, tirando el bolígrafo sobre la mesa.

—No voy a leer nada. Ese tema es una estupidez. Yo voy a estudiar diseño de modas en Milán, no necesito saber cómo se administra una fábrica de cemento o lo que sea que ese profesorcito de quinta enseñe.

—El "profesorcito de quinta" tiene una maestría en finanzas y desarrollo, Mía. Algo que tú no lograrás si sigues creyendo que tu único futuro es ser una heredera caprichosa —Aitana se reclinó en su silla, cruzándose de brazos, pero su tono severo se suavizó—. Tienes dos opciones: o lees tú, o te quedas sentada aquí hasta que decidas cooperar. Tú eliges. ¿Empezamos?

Miré el papel. Luego miré la ventana, sabiendo que Henrry seguía allá afuera, metido en su auto de lujo, vigilándome pero incapaz de sacarme de este infierno.

...…...

...AITANA...

Ver la cara de frustración de Mía mientras leía los conceptos de variables de mercado me daba una mezcla de satisfacción y profunda paciencia. Pero el plan no era solo que llenara un cuaderno de teoría; don Augusto había sido muy claro: necesitaba pisar tierra. Y en esta casa, el que no aporta, no come.

A las seis de la tarde, cerré la guía de Samuel de un golpe seco, interrumpiendo el balbuceo de mala gana de la niña.

—Suficiente por hoy con la teoría, Mía —anuncié, poniéndome de pie—. Pasemos a la práctica. La jornada académica terminó, lo que significa que empieza tu turno de labores domésticas.

Mía levantó la cabeza, mirándome como si le hubiera hablado en arameo.

—¿Mis qué?

—Tus labores de la casa. Aquí no hay un botón para llamar a Ruby, ni una empresa de limpieza que venga a dejar todo reluciente mientras tú miras el techo. Paola hizo la cena, así que a ti te toca la cocina.

La niña abrió la boca, completamente horrorizada. Se miró las manos, con su manicura perfecta de gel, y luego me miró a mí con una indignación que rayaba en el ridículo.

—¡Yo no voy a lavar platos, Aitana! ¡Eso tiene grasa! Además, el jabón me va a arruinar las uñas. Es ridículo, mi papá te paga para que me des tutorías, no para que me uses de sirvienta.

—Tu padre me paga para que te discipline. Y la disciplina empieza por limpiar lo que ensucias —le respondí, cruzándome de brazos—. Camina.

La arrastré prácticamente con la mirada hasta la cocina. Paola ya había servido el guiso con arroz, y el fregadero acumulaba un par de ollas, platos y cubiertos. Mía se paró frente al lavaplatos como si estuviera observando un reactor nuclear a punto de estallar. Agarró la esponja con la punta de dos dedos, estirando el brazo lo más lejos posible de su cuerpo.

—¿Cómo se supone que se hace esto? —preguntó, con un tono de voz de asco y genuina ignorancia.

—Le pones jabón a la esponja, abres la llave y frotas. Tampoco es física cuántica, niña —le dije, apoyándome contra la nevera para vigilarla.

Verla lavar el primer plato fue una comedia en sí misma.

Abrió la llave a la máxima presión, haciendo que el agua rebotara contra la porcelana y le salpicara toda la parte delantera de su sudadera de marca.

Dio un salto hacia atrás, soltando un grito ahogado.

—¡Me mojé! ¡Este lugar es un desastre! —chilló, limpiándose con furia.

—Es agua, Mía, no ácido sulfúrico. Baja la presión de la llave y restriega bien el fondo de la olla, que todavía tiene restos de comida. Si dejas grasa, lo vuelves a hacer.

Le tomó casi cuarenta minutos lavar lo que a cualquiera le tomaría diez. Terminó con el cabello alborotado, las mangas empapadas y una cara de absoluto sufrimiento físico, como si acabara de terminar un entrenamiento militar.

Pero la tortura, según ella, apenas comenzaba.

Al día siguiente, el sábado a las siete de la mañana, entré a su habitación y abrí las cortinas de golpe, dejando que la luz del sol le diera directo en la cara. Mía soltó un gemido, cubriéndose con la cobija hasta la cabeza.

—Cinco minutos más, Ruby... —murmuró, con la voz ronca.

—No soy Ruby. Arriba, niña —le quité la cobija de un tirón—. Hoy es día de aseo general.

Media hora después, Mía estaba en el pasillo del segundo piso sosteniendo una escoba, vistiendo una de las camisetas viejas de Juan Esteban que Paola le había prestado porque no quería ensuciar su ropa de diseñador. La prenda le quedaba gigantesca, haciéndola ver aún más pequeña y desamparada.

—Vas a barrer y trapear tu habitación y el pasillo —le instruí, entregándole el balde con agua y desinfectante de pino.

—¡Esto huele a químico barato! Me va a dar una alergia —protestó, golpeando el piso con la escoba de mala gana, levantando más polvo del que limpiaba.

—Aprende a mover los brazos, Mía. Si solo arrastras la escoba, estás paseando el polvo, no limpiando. El movimiento es hacia adelante, con firmeza.

Paola asomó la cabeza desde la escalera, aguantándose la risa al ver a la heredera del holding Montenegro intentando exprimir un trapeador con las dos manos, haciendo una fuerza desmedida y terminando en el suelo tras perder el equilibrio por el peso del balde.

—¡Te odio, Aitana! ¡Te juro que cuando mi padre vuelva le voy a decir que me tuviste bajo condiciones inhumanas! —gritó desde el piso, con una mancha de agua con pino en la rodilla y los ojos llenos de lágrimas de frustración.

—Dile lo que quieras, pero hasta que ese piso no brille, no hay desayuno —le respondí, manteniendo mi postura implacable.

Pasó toda la mañana renegando, sudando y descubriendo músculos en sus brazos que no sabía que existían. Para el mediodía, Mía estaba sentada en el escalón superior, con el cabello recogido en un moño desprolijo, las manos rojas y la respiración agitada. Miraba el suelo limpio con una mezcla extraña de rencor... y un orgullo involuntario que intentaba ocultar.

Por primera vez en su vida, había terminado algo que requería esfuerzo físico real, sin que nadie lo hiciera por ella.

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Ana Elena Jiménez
🤦🤦🤦🤦🤦
Ana Elena Jiménez
😬😬😬😬
Ana Elena Jiménez
😡😡😡😡😡😡
Ana Elena Jiménez
😡😡😡
Ana Elena Jiménez
🥺🥺🥺 está cerca de tí Aitana
Ana Elena Jiménez
que conflicto más grande 🤦
Ana Elena Jiménez
uufff bueno menos mal 🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
Dios mío todo esto se está saliendo de control 🤦
Ana Elena Jiménez
🤦🤦🤦
Ana Elena Jiménez
😬😬😬😬😬🥺🥺🥺
Ana Elena Jiménez
😱😱 ojalá se haya ido para dónde Aitana
Ana Elena Jiménez
😡😡😡😡😡😡
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja ahora sí se va a morir tú madre
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja 🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja eres el colmo Henrry 🤭
Ana Elena Jiménez
😱😱🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja
Ana Elena Jiménez
🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja ahí si tienes toda la razón 🤭🤭
Ana Elena Jiménez
🤭🤭 jajaja jajajaja jajajajajaja
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