Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
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La habitación que el tiempo olvidó.
La mañana siguiente amaneció tranquila.
Los primeros rayos del sol atravesaban las ventanas de la residencia Echeverría cuando Sacha abrió los ojos.
Por unos segundos permaneció inmóvil.
Había dormido mejor que en el palacio imperial.
Tal vez porque, después de tantos años, seguía sintiendo aquel lugar como su verdadero hogar.
Se vistió con sencillez y salió de la habitación.
Al bajar las escaleras encontró a Sofía dando instrucciones a los sirvientes.
—Los documentos que llegaron ayer déjenlos en el despacho.
Las provisiones para la aldea envíalas antes del mediodía.
Y no olviden revisar el almacén de medicinas.
Los empleados respondieron al unísono antes de retirarse.
Sofía sonrió al ver a Sacha.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Mucho mejor de lo que esperaba.
Sofía asintió satisfecha.
—Este lugar siempre consigue eso.
Mientras conversaban, Dominic, Serafis y Adrien también llegaron al comedor.
El desayuno transcurrió con tranquilidad.
Hacía mucho tiempo que los cuatro podían sentarse a una mesa sin la presión inmediata de una batalla.
Adrien observaba cada detalle de la residencia.
Los muebles antiguos.
Los cuadros.
Las esculturas.
Era la primera vez que recorría el hogar donde habían crecido su abuelo, su madre y Sara.
—Es extraño...
—¿Qué ocurre? —preguntó Dominic.
—Siento que nunca había estado aquí... pero al mismo tiempo hay algo que me resulta familiar.
Sofía sonrió.
—La sangre tiene formas muy curiosas de recordar.
Nadie respondió.
Pero Sacha comprendió perfectamente aquellas palabras.
Después del desayuno, Sacha pidió reunirse con todos en el antiguo despacho de los duques.
La habitación permanecía exactamente igual que el día en que Antonio Hilton había abandonado aquella residencia para siempre.
Solo Sofía había conservado el lugar.
Los libros seguían perfectamente ordenados.
Los muebles lucían impecables.
Ni una sola mota de polvo parecía haberse atrevido a permanecer allí.
Sacha cruzó el umbral con el corazón acelerado.
Y entonces lo sintió.
El collar.
Un leve estremecimiento recorrió la joya apenas entró en el despacho.
No fue un destello.
No fue una reacción visible.
Solo un pulso tibio, breve, casi imperceptible, como si algo dentro de la habitación hubiera reconocido su presencia y, aun así, decidiera permanecer en silencio.
Sacha se llevó una mano al pecho.
Miró alrededor.
Nada.
El despacho seguía igual.
Inmóvil.
Callado.
Como si la casa entera contuviera el aliento.
Dominic cerró la puerta tras ellos.
Sofía se quedó junto a la ventana.
Serafis apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
Adrien observó el escritorio con atención.
Sacha respiró hondo y, antes de que el silencio se volviera demasiado pesado, se sentó frente a ellos.
—Quiero contarles todo.
Dominic, Serafis, Sofía y Adrien tomaron asiento.
Entonces Sacha comenzó a relatar, con todo detalle, la conversación que había tenido con Sarai.
Les habló del collar.
De la carta.
De la responsabilidad que había pasado de generación en generación.
Y, finalmente...
De la habitación secreta.
Cuando terminó, el silencio se apoderó del despacho.
La primera en hablar fue Sofía.
—He Vivido aquí durante muchos años.
Administré cada rincón del castillo.
Supervisé reformas.
Incluso restauramos parte de los cimientos después de la guerra.
Negó lentamente.
—Jamás encontré ninguna habitación secreta.
Serafis apoyó los codos sobre la mesa.
—Eso significa que está protegida por algo más que una puerta oculta.
Sacha asintió.
—Sarai dijo que solo los descendientes que despertaran su magia podían acceder a ella.
Adrien observó el collar.
—Entonces...
Quizá ni siquiera podamos verla.
Sacha bajó la mirada hacia la joya que descansaba sobre su pecho.
Recordó con claridad cada palabra de Sarai.
No solo la advertencia.
También la certeza con la que había hablado.
La puerta estaba allí.
En el despacho.
Y solo el collar podía abrirla.
No había mencionado pasillos ocultos ni corredores secretos fuera de aquella habitación.
No hacía falta buscar en otra parte.
Si la habitación existía, estaba allí mismo, esperando.
Serafis desvió la mirada hacia Sacha.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
La búsqueda comenzó poco después.
Pero no abandonaron el despacho.
No cruzaron corredores.
No bajaron a las bodegas.
No recorrieron salones vacíos.
Todo ocurrió dentro de aquella misma habitación, como si el propio lugar se negara a dejarles salir hasta revelar su secreto.
Sofía fue la primera en actuar.
Se acercó a la biblioteca del fondo y comenzó a retirar los libros uno por uno.
Los colocó sobre una mesa auxiliar, revisando los lomos, los huecos entre los estantes, la parte posterior de cada repisa.
Dominic se arrodilló junto a la chimenea.
Golpeó suavemente la piedra con los nudillos.
Luego con la empuñadura de su espada.
Escuchó el sonido con paciencia, buscando alguna diferencia, algún eco hueco que delatara un mecanismo oculto.
Serafis examinó el escritorio.
Abrió cajones.
Revisó el interior de los compartimentos.
Movió la mesa unos centímetros hacia un lado, después hacia el otro, hasta dejar al descubierto la alfombra que cubría el suelo.
Adrien, por su parte, levantó la alfombra con cuidado y recorrió las tablas del piso con la palma de la mano, presionando cada unión, cada grieta, cada borde.
Sacha observaba todo en silencio.
El despacho se llenó de movimiento.
De pasos.
De respiraciones contenidas.
Del roce de madera contra piedra.
De libros apilándose sobre sillas.
De muebles desplazándose con esfuerzo.
Sofía retiró un cuadro pequeño de la pared.
Dominic apartó una estantería lateral.
Serafis revisó el zócalo.
Adrien se inclinó para mirar debajo del escritorio.
Nada.
No encontraron una palanca.
Ni una cerradura.
Ni una rendija.
Ni siquiera una señal mínima de que aquella habitación escondiera algo más que polvo antiguo y recuerdos.
Sacha se acercó a la pared del fondo.
Pasó los dedos por la superficie.
La piedra estaba fría.
Lisa.
Perfectamente alineada.
Demasiado perfecta.
Como si hubiera sido construida para engañar a cualquiera que intentara descubrirla.
—No hay nada —murmuró Adrien, incorporándose con el ceño fruncido.
—Tiene que haber algo —respondió Sofía, aunque su voz ya sonaba cansada.
Dominic se pasó una mano por el cabello.
—Si existe una puerta, no está donde esperaríamos.
Serafis soltó una breve exhalación.
—O está protegida por algo que no responde a la lógica.
Sacha siguió mirando la pared.
Entonces recordó otra vez la voz de Sarai.
No solo la advertencia.
También la forma en que había dicho que el collar era la llave.
No una llave cualquiera.
La llave.
La única.
Y, de pronto, comprendió que habían estado buscando con demasiada fuerza.
Con demasiada prisa.
Como si la habitación fuera a rendirse ante la insistencia.
Pero no era así.
No se trataba de empujar.
Ni de golpear.
Ni de abrir por la fuerza.
Se trataba de reconocer.
De pedir.
De desear con el corazón.
Sacha dio un paso atrás.
Todos la miraron.
Ella no dijo nada.
Solo levantó lentamente la mano y tomó el collar entre los dedos.
El metal estaba tibio.
Más tibio que antes.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y en ese instante dejó de pensar en la búsqueda, en la frustración, en el cansancio, en el miedo a equivocarse.
Solo quedó una certeza pura y silenciosa dentro de ella.
Quería encontrar la puerta.
Quería que apareciera.
Quería que el legado de su familia dejara de ser una promesa enterrada en el tiempo.
No como una orden.
No como una exigencia.
Sino como un deseo nacido desde lo más profundo de su corazón.
Sacha apretó el collar con suavidad entre ambas manos.
Y, casi en un susurro, pidió:
—Si de verdad eres la llave... abre.
El collar respondió de inmediato.
Una luz dorada comenzó a expandirse desde sus dedos.
No fue un resplandor violento.
Fue cálido.
Vivo.
Como si la habitación despertara lentamente después de un sueño larguísimo.
Las piedras de la pared vibraron.
Primero con un murmullo leve.
Luego con un temblor más firme.
Sofía retrocedió un paso.
Dominic se puso en guardia por instinto.
Serafis alzó la cabeza.
Adrien contuvo el aliento.
Sacha no soltó el collar.
La luz se extendió por la pared del fondo, delineando líneas que antes no existían.
Una forma comenzó a dibujarse entre las piedras.
Un marco.
Una unión.
Una puerta.
Poco a poco, la superficie de la pared se separó con un sonido grave y antiguo, como si la piedra misma estuviera recordando cómo abrirse.
El aire cambió.
Se volvió más frío.
Más denso.
Y entonces, ante los ojos de todos, apareció una entrada estrecha y oscura, oculta hasta ese momento en el corazón mismo del despacho.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Solo el silencio, roto por la respiración contenida de los presentes, llenó la habitación.
Sofía fue la primera en reaccionar.
Su voz salió temblorosa.
—Todos estos años...
Estuvo aquí.
Del otro lado del muro.
Adrien observaba la entrada con el mismo asombro que los demás.
Serafis respiró profundamente.
—Ahora entiendo por qué el Templo nunca encontró este lugar.
No estaba oculto por una cerradura.
Sino por el propio legado de los Echeverría.
Sacha dio un paso hacia la entrada.
Pero antes de cruzarla, volvió la vista hacia quienes la acompañaban.
Dominic.
Sofía.
Serafis.
Adrien.
Todos esperaban su decisión.
Sacha miró nuevamente la oscuridad que se extendía al otro lado del pasadizo.
Y, con una mezcla de emoción e incertidumbre, pronunció unas palabras que parecían dirigidas tanto a ellos como a sí misma.
—Creo...
Que nuestra verdadera historia comienza aquí.
Y, por primera vez en siglos, la habitación que el tiempo olvidó volvió a abrirse.