Un milagro de Dios.
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La Universidad de la Vida.
La ciudad universitaria era un hervidero de gente joven, de ideas nuevas, de posibilidades infinitas. Jade se instaló en una residencia compartida con otras tres estudiantes: Marta, una futura médica de carácter fuerte; Lucía, una aspirante a abogada con un sentido de la justicia a flor de piel; y Elena, una tímida estudiante de bellas artes que apenas salía de su habitación.
Los primeros meses fueron un torbellino de clases, apuntes, exámenes y descubrimientos. Jade devoraba los libros de psicología con una avidez insaciable. Pero lo que más le fascinaba no eran las teorías de Freud o de Jung, sino las prácticas de campo, las visitas a centros de salud mental donde podía interactuar con pacientes reales.
—Tienes un don para conectar con la gente —le dijo su profesor de psicología clínica, el doctor Herrera, después de una sesión especialmente intensa con un paciente con depresión severa—. No sé cómo lo haces, pero los pacientes se abren contigo de una forma que no he visto en años de docencia.
Jade sonrió enigmáticamente.
—Supongo que me gusta escuchar.
Pero en el fondo, sabía que era algo más. Cuando se sentaba frente a un paciente, podía ver su luz. A veces era una llama brillante que parpadeaba con fuerza a pesar de la enfermedad. Otras veces era apenas un rescoldo, una brasa diminuta que amenazaba con apagarse. Y en esos casos, Jade sentía la necesidad irrefrenable de acercarse, de escuchar, de ayudar.
Una noche, mientras estudiaba en su habitación, Marta entró sin llamar y se dejó caer sobre la cama con un suspiro de agotamiento.
—No sé cómo aguantas, Jade. Todos los profesores hablan maravillas de ti. Los pacientes te adoran. Hasta la tía amargada de la biblioteca te sonríe cuando entras. ¿Cuál es tu secreto?
Jade cerró el libro de fisiología y se giró hacia su amiga.
—No hay secreto. Simplemente trato de ver lo bueno que hay en cada persona. Todos tenemos una luz dentro, Marta. A veces está muy escondida, pero siempre está ahí. Si te esfuerzas en buscarla, acabas encontrándola.
—Eso suena muy bonito, pero yo no veo ninguna luz en el profesor de anatomía. Ese hombre es un ogro.
Jade rio.
—Hasta los ogros tienen luz. Solo que la suya es un poco más difícil de encontrar.
Aquella conversación se repitió muchas veces a lo largo de los años universitarios. Jade se convirtió en la confidente oficiosa de su grupo de amigas, la que siempre tenía una palabra de consuelo, un consejo acertado, un abrazo en el momento justo. Marta decía, medio en broma medio en serio, que Jade debería cobrar por las consultas.
Pero hubo un caso que marcó un antes y un después en su formación. Un caso que la llevó al límite de sus capacidades.
Se llamaba Álvaro. Era un chico de diecinueve años, ingresado en el centro de salud mental donde Jade realizaba sus prácticas. Había intentado suicidarse tres veces en el último año. Los médicos lo habían diagnosticado con depresión clínica severa y trastorno de estrés postraumático, pero los tratamientos convencionales no parecían funcionar. Álvaro apenas hablaba. Pasaba los días sentado junto a la ventana, mirando al vacío, con los ojos completamente apagados.
El primer día que Jade se sentó frente a él, sintió algo que no había experimentado desde su infancia. La luz de Álvaro no estaba apagada, como ella había creído al principio. Estaba secuestrada. Algo oscuro, una presencia que no pertenecía a este mundo, envolvía el corazón del chico como un manto de sombras.
Aquella noche, Jade llamó a sus padres.
—Papá, necesito hablar con el profesor Castell. Es urgente.