Entre secretos prohibidos y un vínculo imposible, ¿será el amor su única salida… o la razón de su caída eterna?
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Ecos de una Presencia Prohibida
Ian Vance permaneció inmóvil durante unos segundos. La libreta seguía en las manos de Caleb, pero no era eso lo que había congelado al detective.
Era la mirada.
Hasta ese instante, el universitario había parecido un joven reservado, de modales impecables y voz tranquila. Ahora, en cambio, sus ojos transmitían una seguridad imposible de asociar con alguien de su edad.
Ian respiró hondo y recuperó lentamente el control de sí mismo.
—No estoy aquí para intimidarte, Caleb —dijo con firmeza, manteniendo la compostura—. Mi trabajo es descubrir la verdad.
Caleb inclinó apenas la cabeza.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
—La verdad suele ser mucho más peligrosa que las mentiras, detective.
El silencio volvió a llenar el vehículo.
A través del parabrisas polarizado, los estudiantes seguían caminando por el campus sin imaginar que, dentro de aquel automóvil, se estaba librando una batalla completamente invisible.
Ian extendió la mano con calma.
—Devuélveme la libreta.
Caleb la observó unos segundos antes de dejarla sobre el tablero.
—No tengo nada que ocultar... siempre que nadie intente convertir mi vida en un espectáculo.
Ian abrió la libreta y comprobó que ninguna página había desaparecido.
Entonces levantó la vista.
—¿Conocías a esos tres hombres?
—No.
—¿Te amenazaron?
Caleb sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Te defendiste?
El joven acomodó lentamente sus gafas.
—¿Acaso la ley prohíbe defenderse?
Ian guardó silencio.
La respuesta era sencilla, pero no resolvía ninguna de las incógnitas.
Los informes médicos seguían siendo imposibles de explicar.
Las cámaras continuaban fallando exactamente cuando Caleb aparecía.
Y, sobre todo, aquel estudiante parecía demasiado tranquilo para alguien que acababa de verse relacionado con un caso de homicidio.
De pronto, el teléfono del detective vibró.
Era un mensaje cifrado de la unidad de homicidios.
«Nuevo informe. La víctima encontrada anoche alcanzó a pronunciar una sola palabra antes de morir.»
Ian abrió el archivo.
Solo había una línea.
«Monstruo...
Sus ojos se endurecieron.
Volvió a mirar a Caleb.
El universitario seguía sentado con la espalda recta y las manos sobre las piernas, proyectando la imagen perfecta de un alumno ejemplar.
Sin embargo, por primera vez en toda su carrera, Ian sintió que estaba interrogando a alguien cuya verdadera identidad permanecía completamente oculta.
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En ese mismo instante, varios pisos por encima del campus, un hombre observaba el automóvil policial con unos binoculares de alta precisión desde la azotea de un edificio cercano.
Vestía un largo abrigo negro.
Su rostro permanecía oculto bajo la sombra de una capucha.
En su oído sonó un comunicador.
—¿Confirmas el objetivo?
El desconocido no apartó la vista del vehículo.
—Confirmado.
—¿Es él?
Una leve sonrisa apareció bajo la capucha.
—Sí.
Hizo una pausa antes de responder.
—El Proyecto Dominus sigue con vida.
La comunicación se cortó.
El hombre guardó los binoculares y desapareció entre las sombras de la azotea antes de que nadie pudiera notar su presencia.
Sin saberlo, tanto el detective Ian Vance como Caleb acababan de convertirse en piezas centrales de una conspiración mucho más antigua que la propia ciudad.
Y el reloj que había permanecido detenido durante veinte años acababa de volver a ponerse en marcha.
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Caleb sonrió con esa tranquilidad imposible de descifrar. Sus ojos permanecieron fijos en la persona frente a él mientras el silencio se hacía cada vez más pesado.
—Pregunta número tres... —murmuró con una voz suave que contrastaba con la intensidad de su mirada—. ¿Estás realmente preparado para descubrir quién soy... o preferirías seguir viviendo en la ignorancia?
Continuará...