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El Lado Oscuro De La Pasión

El Lado Oscuro De La Pasión

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amante arrepentido / Reencuentro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...

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Capítulo 12

Rebecca hubiera deseado bañarse para borrar el olor del tren y del hospital, pero no tenía tiempo. Se quitó el vestido y se lavó ante el espejo del baño. Al secarse la cara, comprobó que el cansancio le ensombrecía las pupilas y que sus labios todavía latían: por el cruel beso que recibieron de Jay.

No debía quedarse allí. Todos sus instintos le advertían que huyera antes que la paz que construyera con mil trabajos, se desmoronara y desapareciera.

Se quitó las horquillas del cabello, se lo cepilló con vigor y decidió dejarlo suelto, sin ganas de rehacer el moño En su casa no se preocupaba mucho por su apariencia. Se vestía de manera informal, con vestidos que ella misma cosía... Así aprendió su oficio, del modo más difícil, por la necesidad imperiosa de mantenerse.

Encontrar a Cristina le pareció un milagro. Le sugirió que cosiera para otras personas.

-Conozco mujeres que matarían por un traje como ese -le indicó, revisando el vestido de algodón que Rebecca tenía con obvia envidia. Lo hizo de una tela barata que compró en el mercado y lo cosió en una vieja máquina que descubrió en el sótano del pequeño apartamento que alquilaba.

De allí en adelante todo marchó sobre ruedas. Consiguió una maquina industrial y su progreso lo marcó el número de prendas que le ordenaban, después de que Cristina enseñó su vestido a sus amigas que trabajaban en un inmenso edificio de oficinas.

Cuando al fin su confianza creció, impulsada por la sed de admiración de sus clientes, se arriesgó a diseñar sus propios modelos haciendo los vestidos con telas de mejor calidad. Al cabo de un año tuvo que emplear a otra costurera para seguir surtiendo los pedidos, una chica a la que entrenó con paciencia y comprensión pues ella misma pasó por las tribulaciones de aprender el oficio desde un principio, sin ayuda.

Su lista de clientes aumentó por las recomendaciones que esparcían y Cristina se mostró tan entusiasta ante la idea de establecer un negocio, que sugirió comprar mejores y más sofisticadas máquinas de coser. Dejó su trabajo de secretaria y se convirtió en la socia de Rebecca, ayudándole a administrar la pequeña empresa que nacía. Afuera en el patio trasero de la fábrica, Kit jugaba con los hijos de las costureras, que confeccionaban los diseños de su madre.

Ella nunca titubeó, jamás la preocupó por qué o cómo había triunfado, ni si su empresa quebraría en cualquier momento, porque creció poco a poco, a un paso manejable.

Ahora compraba al mayoreo, buscando los mejores precios, manteniendo sus costos bajos para no asustar a los clientes que se mantenían fieles año tras año, y que se volvían amigas, descartando la relación comercial.

Sobre la cama, esperando que se lo pusiera, estaba uno de sus diseños más exclusivos, que resaltaba su delgada figura. Sonrió al contemplarse en el espejo, satisfecha con el corte perfecto del modelo, que le sentaba a la perfección.

Desde luego, admitió, no competía con la elegancia del precioso vestido de Olivia, pero no le quedaba mal. Así que se dirigió hacia la puerta, alzó la barbilla y bajó por la escalera.

Jay la esperaba en el vestíbulo, magnífico en su traje de etiqueta negro que acentuaba lo ancho de sus hombros y los poderosos músculos de las piernas. Al acercarse a ese hombre, notó los cambios del paso de los años, la manera en que se adaptaba a la ropa, con un donaire que no poseía hacía diez años. Además adquirió un refinamiento especial, de la persona nacida para el poder y la riqueza que se revelaba en la Confianza que emanaba. Su brillante intelecto la estremeció, pues suponía que administraba las compañías de su padre con la misma mano dura con la que Cedric Lorence un día llevara las riendas.

Alzó los ojos azules y el corazón de la joven empezó a latir apresurado al estudiar esa mirada, antes que la escondiera bajando los párpados.

-Naciste elegante -murmuró, como si siguiera el hilo de los pensamientos de su invitada.

El comentario la heló y sus facciones se pusieron tensas, ignoraba si lo expresaba para halagarla o insultarla.

-Acabó de llamar al hospital -agregó, sorprendiéndola- Tu madre duerme tranquila; sin señales de una reacción adversa por tu visita.

- ¿Esperabas una? -levantó sus finas, cejas, con los ojos fríos e ilegibles, igual que el mar en invierno.

-No -contestó-, pero pensé que quizá eso te inquietaría. Como resulta obvio, me equivoque.

No, al contrario, tuvo razón. Iba pedirle que le permitiera ir al hospital, pero jamás lo admitiría mientras esa mirada furiosa nublara en los ojos de Jay. En cuanto a ella se refería, podía catalogarla como mejor le pareciera.

La tomó del brazo y la guió hasta la sala. Olivia estaba sentada un precioso sofá, con la irritación marcada en las facciones.

-Al fin estás aquí -suspiró, impaciente, entrecerrando los ojos al ver que Jay tocaba a Rebecca. Si me hubieras advertido que íbamos a cenar tan tarde Jay, no habría venido, me desmayo de hambre.

-Lo sé y me disculpo -dijo, contrito-. Debí llamarte para cancelar la cita pero, para ser sincero, Olivia, la olvidé por completo hasta que vi tu coche estacionado, cuando llegamos.

- ¡Vaya, muchas gracias! -Ironizó ruborizándose, sin que le pareciera halagadora la honestidad de su anfitrión- Si estáis listos ¿podemos pasar al comedor?

-Desde luego -replicó Jay, inclinando la cabeza para demostrar que era consciente de haberla ofendido.

Continuó avanzando, sin soltar a Rebecca y abrió la puerta que comunicaba con el comedor, mientras Olivia se contentaba con seguir los de pésimo humor.

La satisfacción de humillar a su rival murió de inmediato al sentarse en la inmensa mesa y escuchar, sin poder intervenir, el parloteo incesante con que Olivia monopolizó la atención de Jay. Menciona lugares y personas que Rebecca desconocía, rebordeándose en los chismes de la localidad.

1
Alexandra Ortiz Posada
Me enfurece que ella se deje menospreciar de esa manera
Alexandra Ortiz Posada
Cada vez más odioso
Alexandra Ortiz Posada
Demasiado tonta
Alexandra Ortiz Posada
Odioso, y ni siquiera le pide perdón por la haberla golpeado
Alexandra Ortiz Posada
Malvado, egoísta, no se interesa en el sufrimiento de ella
Alexandra Ortiz Posada
Odio como la trata este estupido
Alexandra Ortiz Posada
Desgraciado, como se atreve a pegarle
Alexandra Ortiz Posada
Es odioso este tipo
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