Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
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Capítulo 22
La captura le llegó a Luciana antes de llegarle a Valentina.
Eso, después, fue una pequeña misericordia.
Valentina estaba en el departamento de Carmen, acomodando el pastillero sobre la mesa de la cocina, cuando el celular empezó a vibrar con insistencia. Primero un mensaje. Luego otro. Luego una llamada.
Luciana: "Respira antes de abrir."
Valentina dejó la caja de pastillas en la mesa.
"¿Qué pasó?"
Luciana no contestó por texto. Llamó.
—Dime que ayer no estuviste en un muelle con un hombre de traje —soltó apenas Valentina aceptó.
El estómago se le fue al piso.
—¿Qué?
—Hay una foto en un chat de alumnos. Borrosa, de noche, de lejos. Preguntan si eres tú.
Valentina miró hacia la sala. Carmen dormitaba en el sillón con una manta sobre las piernas y la televisión baja en un programa de cocina.
—Mándamela.
—Te la mando, pero no hagas esa cosa tuya de respirar como si estuvieras pasando lista en un incendio.
La imagen llegó.
Era mala. Gracias a Dios, era mala. Se veía el muelle, la baranda, un manchón claro que podía ser su blusa y una figura masculina de traje oscuro. No se distinguía la cara de Sebastián. Tampoco la suya con claridad. Pero el gesto, esos dos dedos en la manga, sí se entendía demasiado si uno sabía mirar.
Valentina se sentó en una silla.
—No se ve quién es él.
—No —dijo Luciana—. Y la mitad del chat está bromeando con que seguro es un contador, un abogado, un fantasma con corbata. Pero alguien escribió "¿y si es de Grupo Montero?".
Valentina cerró los ojos.
—Ay, no.
—Tranquila. Ya dije en el chat de profesores que no alimenten chismes de alumnos y que si alguien pregunta, no hay confirmación de nada.
—Gracias.
—No te estoy regañando, pero necesito decirlo: un muelle, de noche, con hombre misterioso, después de todo lo que pasó... Vale.
—Ya sé.
—¿Él sabe?
Valentina miró la libreta de Carmen, abierta en la página de reglas. La tercera regla la esperaba como una burla amable: `Si hay miedo, se dice antes de huir.`
—Le voy a decir.
—Bien. No corras sola.
La frase se quedó con ella después de colgar.
Sebastián llegó una hora más tarde con bolsas de supermercado, no de boutique, no de tienda gourmet. Verduras, pollo, gelatinas sin azúcar, pan integral, café, una botella pequeña de aceite y pilas para el monitor de presión. Antes de entrar, tocó el timbre y esperó a que Valentina abriera.
—No traje nada que no estuviera en la lista —dijo.
Ella revisó las bolsas.
—Trajiste café.
—Estaba implícito.
—Conveniente interpretación.
—Soy empresario, no santo.
Carmen abrió un ojo desde el sillón.
—Si van a coquetear, hagan caldo primero.
Valentina se puso roja.
Sebastián, injustamente, no.
—Sí, doña Carmen.
Durante la tarde, cocinaron en una cocina demasiado pequeña para tres voluntades fuertes. Carmen daba instrucciones desde el sillón como general retirado. Valentina picaba zanahoria y corregía a Sebastián cada vez que quería lavar un plato antes de que ella terminara de usarlo. Él obedecía con una seriedad que volvía absurdo el acto de pelar papas.
—Estás controlando la esponja —dijo ella.
Sebastián dejó la esponja en el fregadero.
—Recibido.
Carmen fingió no reírse.
Después de comer, Valentina le mostró la foto.
No lo hizo en secreto. Esperó a que Carmen se durmiera otra vez y se sentó con Sebastián en la mesa de la cocina, la libreta de reglas entre ambos como árbitro.
—Me estoy asustando —dijo.
Sebastián dejó de mirar la pantalla y la miró a ella.
—Bien. Gracias por decirlo.
La respuesta fue tan exacta que por poco la desarma.
—No se ve tu cara.
Él amplió la foto con dos dedos.
—No.
—Pero alguien preguntó si eras de Grupo Montero.
—Eso era cuestión de tiempo.
—No digas eso como si fuera una junta de riesgos.
Sebastián dejó el celular boca abajo.
—Perdón. Me preocupa, pero no voy a actuar sin ti.
Valentina respiró.
—Por ahora no hacemos nada. Si llega a profesores, Luciana me avisa. Si llega a prensa o cuentas de chisme, lo hablamos antes de contestar.
—De acuerdo.
—Y no compras el silencio de nadie.
—No compro el silencio de nadie.
—Ni mandas a Marcos a asustar alumnos.
—Marcos no asusta alumnos.
Valentina lo miró.
—Marcos asusta impresoras.
—Eso sí.
La risa volvió a aparecer, pequeña pero real.
Cuando Carmen ya estaba instalada con medicinas, agua y una vecina avisada, Valentina aceptó ir a Las Palmas por dos horas. Lo dijo así, con número y límite. Dos horas. Sebastián no discutió. Solo pidió el auto por aplicación, a nombre de ella, y caminó junto a ella hasta la entrada.
Lupita abrió la puerta del penthouse como si hubiera estado esperando desde hacía años.
—Mire nada más quién volvió con cara de no dormir y de necesitar sopa.
—Buenas noches, Lupita.
—Buenas serán cuando coma.
Valentina miró a Sebastián.
—¿Todos en tu vida alimentan como forma de control?
—Lupita no controla. Gobierna.
—Y con razón —dijo Lupita, entrando a la cocina.
De puertas adentro, Las Palmas era otra cosa. No la torre, no el apellido, no los elevadores que se abrían solos. Era el olor a caldo en la estufa, una taza de café con leche sobre la barra, el saco de Sebastián abandonado en una silla, los zapatos de él junto al sofá porque Lupita le había gritado que no rayara el piso.
Valentina se sentó en la barra y sintió que el cuerpo le bajaba un nivel de alerta.
—No quiero que este lugar me gane —dijo.
Sebastián estaba sirviendo agua.
—¿Ganar cómo?
—Haciéndome sentir cómoda demasiado rápido.
Él dejó el vaso frente a ella.
—Puedo hacer algo incómodo si ayuda.
—No.
—Puedo poner música de mi abuelo.
—Eso sí puede ser grave.
Sebastián casi sonrió.
Después abrió un gabinete bajo de la cocina.
—Compré café de olla del que te gusta. No está en una canasta con moño. Está en un frasco normal.
Valentina se inclinó para mirar. Había café, piloncillo, canela y dos tazas sencillas, sin marca cara.
—¿Esto es otro objeto disponible?
—Un frasco disponible. Si molesta, se va. Si sirve, se queda.
Ella tomó una de las tazas y la sostuvo entre las manos.
—Un frasco —concedió—. No un territorio.
—Un frasco.
Lupita, desde la estufa, murmuró:
—Ay, qué complicados son los jóvenes con dinero y doctorado.
—No tengo doctorado —dijo Valentina.
—Pero tiene cara de que lo va a tener.
La noche no tuvo besos largos ni promesas grandes. Tuvo sopa, dos llamadas a Carmen, una revisión de presión dictada por teléfono y Lupita dejando una cobija sobre el sofá con demasiada naturalidad. Cuando Valentina fue al baño, encontró sobre el lavabo un cepillo de dientes nuevo, todavía en su empaque.
No había moño. No había nota. No había una tarjeta cara con su nombre.
Solo un cepillo.
Salió con él en la mano.
—¿Esto es presión doméstica?
Sebastián miró el cepillo, luego a ella.
—Es un objeto disponible. Si molesta, se guarda. Si sirve, se queda.
Valentina pensó en la foto del muelle, en la libreta de Carmen, en el mundo de afuera esperando nombres.
Luego abrió el empaque.
—Dos horas no incluyen mudanza —advirtió.
—Anotado.
Pero cuando puso el cepillo junto al de Sebastián, ninguno de los dos fingió que era poca cosa.
En el celular de Valentina, la conversación de alumnos volvió a moverse.
"No sé quién es, pero el traje se ve carísimo."