Valentina Solís carga una herida que nadie ve.
Huérfana a los doce, maltratada por quienes debían protegerla y rescatada por una familia poderosa, aprendió muy pronto que el mundo no regala segundas oportunidades. Solo un chico —Tomás, un pintor de dieciocho años con los ojos más tristes que había visto— le enseñó que existía algo llamado amor. Pero Tomás murió, y con él murió la única parte de Valentina que sabía sentir.
Hasta que conoció a Adrián Montiel.
Adrián es frío, controlador y obscenamente rico. Dirige un imperio con la misma precisión con la que domina cada centímetro del espacio entre ellos. Valentina se convirtió en su amante secreta —sin nombre, sin promesas, sin futuro. Tres años viviendo en las sombras de un hombre que se parece demasiado al fantasma que ella no puede soltar.
Porque Valentina tiene un secreto: Adrián no es el hombre que ella ama. Es solo la sombra del que perdió.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando la verdad estalla, Adrián descubre que durante tres años fue el sustituto de un muerto. Su orgullo se quiebra. Su mundo se incendia. Y en medio del fuego, sale a la luz otro secreto aún más devastador: Adrián tampoco es quien cree ser. Él también fue comprado, elegido y moldeado para reemplazar a alguien que ya no existe.
Dos sustitutos. Dos máscaras. Y entre los escombros, la pregunta que ninguno de los dos puede responder: ¿queda algo real debajo de todo lo que fingieron ser?
De las calles de San Martín a un pueblo costero donde el mar lava las mentiras, esta es una historia de posesión y libertad, de hombres que destruyen lo que aman y de una mujer que debe decidir si quiere seguir viviendo —y por quién.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Trampa de seda
Adrián no esperó al final de la película.
Cuando la escena del pintor llenó la pantalla, permaneció de pie unos segundos más, inmóvil, y luego salió de la sala por el pasillo lateral. Andrés se levantó detrás de él. Isabel dudó, miró a Valentina y le apretó la mano antes de seguir a su esposo.
Valentina no pudo moverse.
En la pantalla, la muchacha de la isla seguía hablando con el hombre que no era Tomás y no era Adrián, pero tenía suficiente de ambos para convertir el aire en vidrio.
Gabriel se inclinó hacia ella.
—Ve.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No durante mi propia película.
Gabriel la miró.
—Valentina, esta ya no es la película.
Eso la hizo levantarse.
Salió por la misma puerta lateral, cuidando de no llamar la atención de los pocos asistentes que aún estaban atrapados por la proyección. El pasillo olía a alfombra nueva y aire acondicionado. Al fondo, una puerta de emergencia acababa de cerrarse.
No alcanzó a Adrián.
Solo encontró a Isabel, sola junto a una pared, con el celular en la mano.
—Andrés fue con él —dijo en voz baja—. Le pidió que no lo siguieras todavía.
Valentina sintió el golpe.
—¿Él lo pidió?
Isabel no contestó de inmediato.
Eso fue respuesta suficiente.
—No sabe lo que vio —dijo Valentina.
—Sabe que le dolió.
La frase fue suave, pero no amable. Isabel Mora tenía esa clase de dulzura que no servía para mentir.
Valentina apoyó una mano en la pared.
—Yo no quería que se enterara así.
—Entonces hay un así.
Valentina la miró.
Isabel no presionó.
—No voy a preguntar. No soy mi esposo.
—Andrés preguntaría mejor.
—Andrés preguntaría más.
Por alguna razón, eso casi la hizo reír. No pudo.
Gabriel apareció en el pasillo con dos acreditaciones en la mano.
—La prensa cultural quiere una declaración mía al final. Tú no tienes que salir. Te preparo la puerta de servicio.
Isabel alzó las cejas.
—¿Tú?
Gabriel entendió demasiado tarde el error.
Valentina cerró los ojos.
—Gabriel.
—Perdón.
Isabel miró de Gabriel a Valentina. Su rostro no cambió, pero su silencio se volvió más inteligente.
—No oí nada —dijo al fin—. Y si alguien pregunta, vine a buscar el baño.
Se alejó antes de que Valentina pudiera agradecerle.
Gabriel soltó el aire.
—Estoy arruinando todo.
—No. Eso lo hice yo cuando escribí el libro.
—No digas eso.
—¿Cómo quieres que lo diga? La mitad de mi vida acaba de levantarse de una sala porque la otra mitad apareció en una pantalla.
Gabriel no tuvo respuesta.
Pero alguien más sí tenía una sonrisa.
—Qué frase tan dramática, hermana.
Valentina se volvió.
Luciana Carrasco estaba al final del pasillo, vestida de seda rosa pálido, con una copa de champaña en la mano y el cabello recogido con una cinta negra. Parecía demasiado delicada para estar escuchando detrás de una pared.
Por eso daba miedo.
En la otra mano llevaba el programa de la proyección, doblado con cuidado. Valentina alcanzó a ver una marca de uña sobre el seudónimo ytfp. Luciana no había llegado por accidente. Los Carrasco apoyaban el programa de becas artísticas, alguna invitación habría pasado por las manos de Doña Carmen o de Sebastián, y Luciana había hecho lo que mejor sabía hacer: aparecer donde nadie la esperaba y quedarse quieta hasta que los demás se delataban.
—Vi al señor Montiel levantarse —dijo Luciana, antes de que Valentina pudiera hablar—. Fue precioso. Casi poético. Un hombre descubriendo que su cara también puede usarse sin pedirle permiso.
Gabriel frunció el ceño.
—No tiene contexto para decir eso.
—No necesito contexto para ver una herida abrirse.
—Luciana —dijo Valentina—. ¿Qué haces aquí?
—Ver cine. ¿No era eso?
Gabriel dio un paso sutil hacia Valentina.
Luciana lo notó y sonrió más.
—Tranquilo, director. No muerdo. Bueno, no siempre.
—Este pasillo es privado —dijo Gabriel.
—Mi apellido abre pasillos más privados que este.
Valentina sintió un cansancio helado.
—Si vienes a jugar, no tengo fuerzas.
—Qué lástima. Yo sí.
Luciana se acercó despacio, mirando las acreditaciones en la mano de Gabriel. Una decía DIRECTOR. La otra, en letras discretas, AUTORA - YTFP. Gabriel la cerró contra la palma, tarde.
Los ojos de Luciana brillaron.
—Ah.
Valentina no respiró.
—Luci.
—No me digas así. Solo Sebastián puede cuando quiere que me porte bien.
—No sabes lo que viste.
—Vi una película escrita por ytfp. Vi a Gabriel Reyes llamarte como si fueras dueña de algo que todos creen anónimo. Vi al señor Montiel levantarse cuando apareció un hombre que se parece a él de una forma bastante... específica.
Movió la copa suavemente. El champán subió por el cristal sin derramarse.
—Y ahora veo esa cara tuya.
Valentina sintió que Gabriel se tensaba.
—Luciana, cualquier información de esta producción está protegida por contrato —dijo él.
Luciana abrió mucho los ojos, fingiendo inocencia.
—Ay, qué serio. ¿También hay contrato para no notar cuando mi hermana escribe fantasmas con cara de millonario?
La palabra hermana sonó como un alfiler.
—No soy tu hermana cuando quieres hacer daño —dijo Valentina.
Luciana inclinó la cabeza.
—Pero sí cuando mamá quiere una foto familiar.
El golpe fue pequeño y exacto.
Valentina dio un paso hacia ella.
—No vas a usar esto.
—¿Usarlo? Qué feo piensas de mí.
—Te conozco.
—No. Crees que me conoces porque una vez me viste gritar en una patrulla.
El pasillo pareció enfriarse.
Gabriel miró a Valentina, pero ella no apartó los ojos de Luciana.
—Eras una niña asustada —dijo.
—Y tú eras la niña buena que no gritaba. La que todos querían salvar porque no ensuciaba la sala con ruido.
Valentina sintió la vieja culpa abrir una rendija.
Luciana sonrió al verla.
Ahí estaba la trampa.
No en el secreto.
En el modo de envolverlo con algo que dolía antes de que una pudiera defenderse.
—No le debes esto a nadie —dijo Gabriel en voz baja.
Luciana miró a Gabriel.
—Qué lindo. El director protege a su autora.
Sacó el celular de un bolso diminuto y lo guardó sin desbloquearlo. El gesto bastó para que Valentina entendiera: Luciana no necesitaba grabar ahora. Ya había visto suficiente.
—¿Qué quieres? —preguntó Valentina.
—Por ahora, nada.
—Luciana.
—Me gusta mirar primero.
Luciana dio un sorbo mínimo a su copa.
—La gente desesperada habla demasiado si una no la interrumpe. Hoy habló el señor Montiel con la cara. Hablaste tú con el silencio. Y Gabriel... —lo miró con ternura falsa— Gabriel habla cada vez que intenta protegerte demasiado rápido, siempre.
Se acercó hasta quedar a un paso. Olía a champaña y flores dulces.
—Además, no todos los días descubro que mi hermana tiene una novela secreta, un director nervioso y un amante que acaba de verse reemplazado por sí mismo en pantalla.
Valentina apretó los dedos.
—No digas esa palabra.
—¿Amante?
—Reemplazado.
La sonrisa de Luciana se volvió preciosa.
—Ah.
Ese sonido fue peor que una amenaza.
Desde la sala, los aplausos anunciaron el final de la proyección.
Luciana retrocedió, acomodándose la cinta del cabello.
—Ve, autora. Te están aplaudiendo.
Valentina no se movió.
Luciana pasó a su lado, rozándole apenas el hombro con seda fría.
—Hermana —susurró, con una sonrisa dulce—, tienes muchas historias interesantes.