Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
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Capítulo 10
Capítulo 10
El hombre del escenario
Después, León.
El auditorio de UniValle olvidó cómo respirar.
No fue una exageración de Yael. De verdad hubo un segundo, cortísimo y perfecto, en el que el murmullo se cortó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. León entró con un traje negro hecho a la medida, camisa blanca, corbata oscura y esa expresión tranquila que no pedía espacio porque ya lo daba por suyo.
Simón caminaba medio paso detrás.
La rectora sonrió con una formalidad impecable.
—Damos la bienvenida al señor León Luján, presidente de LX Capital y nuevo presidente del patronato de UniValle.
El aplauso llegó tarde, pero llegó fuerte.
Yael no aplaudió al principio. Tenía las manos atrapadas sobre las rodillas y el corazón haciendo algo ridículo contra las costillas.
Era injusto.
En casa, León era el hombre que peleaba con Tonto por una tortilla. El que dejaba vitaminas junto al agua. El que le decía mi cielo con la voz todavía dormida.
En el escenario, era otra cosa.
No distinto. Peor. Más completo.
Era el hombre que todos estaban mirando.
—No manches —susurró Mariana desde la fila de atrás—. Está guapísimo.
Yael giró la cabeza con tanta rapidez que Luca le pisó el zapato para detenerlo.
—Control —murmuró Luca.
—Me pisaste.
—Para salvarte.
Quique, al otro lado, no le quitaba los ojos al escenario.
—Ese tipo sí da miedo.
—Te dije —susurró Yael.
—Pero de dinero. Tú le tienes miedo como si te fuera a revisar la tarea.
Luca tosió.
Félix bajó la vista a su libreta y dibujó una silueta de traje con demasiada velocidad.
León tomó el micrófono. No sonrió. No intentó caer bien. Eso, por alguna razón, hizo que todos se inclinaran un poco hacia él.
—Gracias, rectora. Buenos días.
Su voz llenó el auditorio sin esfuerzo, baja, clara, sin adornos. A Yael se le tensaron los dedos sobre la tela del pantalón.
—LX Capital se suma al patronato de UniValle con un compromiso concreto: becas de permanencia, fondos para talleres de innovación y renovación de espacios académicos. No me interesa una alianza de fotografía y discurso. Me interesa que los estudiantes que ya están aquí tengan condiciones reales para terminar lo que empezaron.
El auditorio volvió a murmurar, esta vez con sorpresa.
Yael lo miró.
Eso no estaba en el correo.
León pasó una página sin mirarla demasiado.
—Sé que esta universidad tiene talento. También sé que el talento no sirve de mucho si vive apagando incendios administrativos, económicos o familiares todos los días. El patronato no debe ser una vitrina. Debe ser una herramienta.
La rectora asentía con rostro de orgullo institucional. Algunos profesores tomaban notas. Los estudiantes empezaron a grabar con sus celulares.
Yael, en cambio, sintió un nudo raro en la garganta.
León hablaba de UniValle, sí. De todos.
Pero Yael recordaba otra versión de esa misma frase, dicha una madrugada en la cocina, cuando él casi abandona un proyecto porque "total, es solo una clase". León le había quitado el café, le había puesto comida enfrente y le había dicho que si quería terminar algo, iba a terminarlo bien, no sobreviviendo a medias.
—¿Estás bien? —susurró Quique.
Yael parpadeó.
—Sí.
—Te pusiste raro.
—Es el aire acondicionado.
Quique lo miró como si esa mentira hubiera ofendido a sus ancestros.
En el escenario, León contestó preguntas de representantes estudiantiles. Una chica de arquitectura preguntó por laboratorios. Un alumno de negocios preguntó por prácticas profesionales. León respondió sin prometer humo: fechas, procesos, responsables, convocatorias. Cada respuesta sonaba como una puerta cerrándose sobre la improvisación.
Entonces un profesor de artes tomó el micrófono y preguntó, con cautela, si el nuevo fondo también alcanzaría para talleres que casi siempre quedaban al final de la lista.
Yael bajó la mirada.
León no lo miró.
Eso fue lo peor y lo mejor al mismo tiempo.
—Sí —respondió León—. Artes no será tratado como adorno institucional. Habrá presupuesto para materiales, mantenimiento de talleres y becas de producción. Si una universidad presume creatividad, primero debe pagar las herramientas que la hacen posible.
El aplauso de la zona de artes fue inmediato.
Félix murmuró:
—El dragón acaba de comprar pigmentos.
Y cada vez que alguien se reía nervioso o intentaba hacer una broma demasiado aduladora, León apenas inclinaba la cabeza, frío, elegante, intocable.
Mariana suspiró.
—Ese hombre no parece real.
Yael se mordió la lengua.
Muy real. Demasiado real. Ronca si duerme boca arriba y se enoja si alguien llama desayuno a una galleta.
—Dicen que es soltero —susurró otro estudiante detrás de ellos.
Yael dejó de respirar.
Luca se quedó rígido.
—No creo —respondió Mariana—. Hombres así siempre tienen a alguien escondido.
Félix levantó la vista de su libreta, demasiado interesado.
Quique murmuró:
—O alguien escondiéndolos.
Yael giró hacia él.
—¿Qué?
—Nada.
Pero no sonó a nada.
La presentación terminó con otro aplauso largo. La rectora anunció que el señor Luján recorrería algunas instalaciones con el consejo académico y representantes de facultades. Los estudiantes empezaron a ponerse de pie, muchos todavía grabando, otros comentando sobre becas, dinero, traje, voz, mandíbula.
Yael tomó su mochila.
—Vámonos.
Luca lo agarró del codo.
—No corras. Correr es sospechoso.
—Existir es sospechoso en este momento.
Félix cerró la libreta.
—Dibujé seis versiones del dragón.
—Te odio.
—Una tiene micrófono.
Quique no se movió. Seguía mirando hacia el escenario.
—¿Por qué Simón está con él?
Yael sintió que todo el cuerpo se le congelaba.
Simón, en efecto, estaba junto a León, recibiendo una carpeta de la rectora. El mismo Simón que había sostenido un paraguas para Yael. El mismo que lo llamaba Señor Yúnez.
—Debe trabajar para él —dijo Luca demasiado rápido.
Quique giró hacia Yael.
—El chofer de ayer trabaja para León Luján.
—Mucha gente trabaja para León Luján —contestó Yael.
—Pero no mucha gente te recoge con comida.
El ruido del auditorio empezó a alejarse. Yael buscó una salida lateral con la mirada.
No llegó a moverse.
En el escenario, León terminó de hablar con la rectora. Simón le dijo algo al oído. León asintió.
Luego levantó la vista.
No recorrió el auditorio.
No buscó a nadie más.
Sus ojos encontraron a Yael entre la multitud como si el resto de la universidad fuera vidrio.
Yael dejó de respirar.
León bajó del escenario.
Y caminó directo hacia él.