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La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Magia / Superpoder
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.

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Capítulo 22: Eres lo más importante que existe.

Los otros dos se quedaron helados, con la boca abierta. No esperaban eso. No esperaban que el chico tranquilo y educado supiera moverse así, que tuviera esa fuerza, esa técnica, esa seguridad absoluta.

—Les dije que se alejaran —repitió Alexandro, y ahora había un brillo en sus ojos que yo conocía bien: era el guardián, el que protege lo que es suyo, el que no dudará en hacer lo que sea necesario para mantenerla a salvo—. No saben con quién se han encontrado. Y no saben a quién se atreven a molestar. Váyanse ahora, mientras todavía pueden caminar por sus propios pies.

Su voz no gritaba, pero sonaba más aterradora que cualquier grito. Había algo en él, algo antiguo, algo que salía a la superficie cuando yo estaba en peligro, que hacía que el aire se volviera pesado, que las sombras se alargaran y que la tierra misma pareciera estar de su lado.

Los chicos se miraron entre ellos, asustados, confundidos. Vieron a su compañero en el suelo, se dieron cuenta de que habían juzgado mal, de que el chico delgado era mucho más fuerte, mucho más peligroso de lo que parecía. Y, por primera vez, me miraron a mí, pero ya no con codicia, sino con respeto y miedo. Vieron cómo yo estaba parada detrás de él, tranquila, segura, sabiendo que nada me pasaría, porque él estaba ahí.

—Vámonos… —murmuró uno de ellos, ayudando a levantarse al que había caído—. Este tipo está loco… o es algo peor.

Se fueron corriendo, alejándose rápido, desapareciendo por el callejón por donde habían venido, dejándonos solos de nuevo.

El silencio volvió a la calle. Alexandro se quedó parado un segundo más, mirando hacia donde habían huido, asegurándose de que no volvieran, asegurándose de que el peligro hubiera pasado. Y entonces, se giró hacia mí.

En cuanto me miró, esa expresión dura, fría y amenazadora se desvaneció en un instante, y volvió a ser él: el chico que me quería, el que me cuidaba, el que tenía ojos solo para mí. Vi preocupación en su mirada, mucha preocupación. Se acercó rápido, me tomó de los hombros y me miró de arriba abajo, buscando cualquier señal de daño.

—¿Te han tocado? —me preguntó con urgencia, con voz temblorosa por la tensión que acababa de pasar—. ¿Te han dicho algo más? ¿Te han hecho daño, Mariam?

Yo no podía hablar. Me había quedado allí, parada, con el corazón latiéndome fuerte, pero no por miedo, sino por algo mucho más grande. Había visto a mucha gente luchar en mi vida. Había visto guerreros, reyes, magos, soldados. Había visto a hombres poderosos defenderse y defender a otros. Pero nunca… nunca había visto a nadie defenderme a mí.

Siempre había sido yo la que se defendía sola. Siempre había sido yo la que tenía el poder, la que podía destruir a cualquiera que me mirara mal. Siempre había sido yo la fuerte, la invencible, la que no necesitaba a nadie. Y por eso, nadie se ponía delante de mí. Nadie se interponía entre el peligro y yo, porque todos sabían que yo era el peligro.

Pero él… él no. Él sabía perfectamente quién era yo. Él sabía que podía haber convertido a esos chicos en estatuas de piedra con un solo movimiento de mi dedo. Él sabía que yo era más poderosa, más antigua y más peligrosa que cualquiera de nosotros. Y aun así… aun así, se había puesto delante. Aun así, había asumido que su deber, su deseo y su honor era protegerme.

Había sido la primera vez. La primera vez en todas mis vidas, en todos mis siglos, en todas mis épocas, que alguien me había dicho sin palabras: "Tú eres valiosa, tú eres importante, tú eres mi tesoro, y yo me pongo delante para que nada te toque, aunque tú no lo necesites".

—Mariam… —repitió él, acercándose más, viendo que yo no respondía, preocupado—. ¿Estás bien?

Levanté la vista hacia él, y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no de tristeza. Eran lágrimas de algo que no sabía explicar, de algo que me desbordaba el pecho, algo que me hacía sentir pequeña y segura a la vez, algo que me hacía sentir querida de una forma que ni todo el oro, ni toda la admiración, ni todo el poder del mundo podían darme.

—Lo hiciste —susurré, con la voz rota, mirándolo con toda la admiración que sentía, con todo el amor que llevaba siglos guardando—. Te pusiste delante.

Alexandro frunció el ceño un poco, confundido por mi reacción, y me acarició la mejilla con suavidad, secando una lágrima que se me había escapado. —Claro que sí —dijo él, como si fuera lo más obvio del mundo, como si fuera lo único que se podía hacer—. Siempre me pondré delante. ¿Por qué lo dices así? Sabes que yo estoy para eso. Sabes que mi vida está para eso.

Negué con la cabeza, y le tomé las manos entre las mías, apretándolas con fuerza, queriendo que sintiera todo lo que yo sentía. —No lo sabes… —le dije, mirándolo a los ojos, profundamente—. No sabes que nadie lo había hecho antes. Nunca. Todo el mundo me ve a mí como la fuerza, como la magia, como la que protege a los demás, como la que no necesita protección. Tú eres el primero. El primero que ve que, aunque sea un fuego capaz de quemarlo todo, también soy alguien a quien hay que cuidar. El primero que se atreve a interponerse entre el mundo y yo, aunque sepa que yo podría arreglarlo sola.

Me acerqué más a él, hasta que nuestros cuerpos se tocaron, y apoyé la cabeza en su pecho, escuchando los latidos fuertes y tranquilos de su corazón. —Y no te imaginas lo mucho que significa eso para mí —murmuré contra su ropa—. No me importa el poder, ni las riquezas, ni ser la más grande. Hoy, tú me has dado algo que no tiene precio. Me has demostrado que, para ti, soy importante no por lo que puedo hacer, sino por quién soy. Y que estarás ahí, siempre, para defender lo tuyo.

Alexandro me abrazó fuerte, rodeándome con sus brazos, protegiéndome del mundo, y apoyó su barbilla sobre mi cabeza. —Eres lo más importante que existe —dijo él con voz firme y segura—. Y defenderte no es un deber, Mariam. Es mi privilegio. Y si tengo que pelear contra el mundo entero, contra cualquier peligro, contra cualquier amenaza… lo haré. Una y mil veces. Porque tú eres mi reina, sí. Pero también eres mi compañera. Y yo siempre cuido lo que es mío.

Nos quedamos así un momento más, abrazados en medio de esa calle solitaria, con el recuerdo fresco de cómo él se había puesto delante sin dudar, de cómo había demostrado que su fuerza no era menos que la mía, solo diferente.

Me separé un poquito y lo miré, con esa sonrisa que solo él lograba sacarme, esa sonrisa verdadera, sin máscaras, sin orgullo, sin nada más que amor. —Tengo que admitir algo —le dije, con un poquito de esa malicia que nunca pierdo—. Te ves increíblemente guapo y poderoso cuando te pones así. Cuando sacas esa fuerza antigua, cuando te pones serio y defiendes lo tuyo… creo que me gusta más que cuando me traen flores.

Alexandro soltó una risa, esa risa suya que siempre me alegraba el corazón, y me dio un beso en la frente, suave y largo. —Me alegra saberlo —me susurró—. Porque prepárate, Mariam De la Vega. Porque ahora que ya sabes lo que soy capaz de hacer, ahora que sabes lo que siento… no voy a dejar que nadie, absolutamente nadie, se atreva a mirarte mal, a hacerte daño o a ponerte en peligro. Ni siquiera tú misma.

Empezamos a caminar de nuevo, esta vez más cerca, con los dedos entrelazados, con la seguridad absoluta de que nada podía tocarnos. Y mientras caminábamos, yo entendí por fin algo que siempre había estado delante de mis ojos: la verdadera grandeza no estaba en poder dominar el mundo, ni en tenerlo todo, ni en brillar más que el sol. La verdadera grandeza estaba en tener a alguien que, sabiendo que eres capaz de todo, decida cuidarte igual. Y yo, la hechicera más poderosa de todos los tiempos, tenía al mejor guardián, al mejor amigo, al mejor amor que jamás hubiera existido.

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😍Jacky😘💓✨
es prepotente, engreída e inmadura, tenía que nacer en una familia pobre para que valorará todo y ser más humilde.. tiene que aprender😏
Nadezhda
Inmadura
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