La Chica que Compró al Príncipe Esclavo
Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.
Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.
Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.
Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.
Salvarlo fue un acto de compasión.
Amarlo podría costarle la vida.
NovelToon tiene autorización de Jan Vilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 9 Setenta y dos horas
Tres días.
Setenta y dos horas.
Cuatro mil trescientos veinte minutos.
Elena nunca había pensado que el tiempo pudiera sentirse tan pesado.
Mientras caminaba por las calles de Elaris, la pequeña bolsa de monedas que llevaba colgada en su cintura parecía burlarse de ella a cada paso. Contó su dinero al menos diez veces durante el camino, como si esperara que las monedas se multiplicaran por algún milagro.
No ocurrió.
Seguía siendo pobre.
Y seguía necesitando trescientas monedas de plata.
—Estoy completamente loca —murmuró para sí misma.
—Eso ya lo sabemos.
Elena levantó la mirada sorprendida.
Era Lyra, su mejor amiga desde la infancia, quien salía de una pequeña tienda de telas con varios paquetes entre los brazos.
—¿Qué haces hablando sola en medio de la calle? —preguntó divertida—. ¿Finalmente perdiste la poca cordura que te quedaba?
—Es una larga historia.
—Perfecto. Tengo tiempo.
Las dos se sentaron en una pequeña banca cerca de la plaza principal. Elena tardó casi veinte minutos en contarle todo lo ocurrido desde la noche de la subasta.
Cuando terminó, Lyra permaneció en absoluto silencio.
—¿Vas a decir algo? —preguntó Elena.
—Sí.
—¿Y bien?
—Eres oficialmente la persona más peligrosa que conozco.
—¿Peligrosa?
—¡Sí! La gente normal adopta gatos abandonados. ¡Tú quieres rescatar esclavos misteriosos vendidos por nobles ricos!
Elena no pudo evitar soltar una pequeña carcajada.
—Suena peor cuando lo dices así.
—¡Porque ES peor!
Lyra cruzó los brazos y la observó fijamente durante unos segundos.
—¿Es guapo al menos?
—¿Qué?
—Estoy intentando descubrir si te golpeaste la cabeza o simplemente te enamoraste a primera vista.
—¡No estoy enamorada!
—Eso lo dicen todas las protagonistas de las historias románticas justo antes de casarse con un príncipe perdido.
—Esto no es una historia romántica.
—Todavía.
Elena soltó un suspiro.
—Solo quiero ayudarlo.
—Lo sé.
La expresión divertida de Lyra desapareció poco a poco.
—Ese es precisamente tu problema, Elena. Siempre quieres salvar a todos.
—¿Eso es algo malo?
—No. Pero el mundo no siempre recompensa a las personas buenas.
Aquellas palabras hicieron que Elena guardara silencio.
Era una lección que comenzaba a aprender demasiado pronto.
—¿Cuánto dinero tienes?
—Tres monedas de plata.
—¿Y necesitas trescientas?
—Sí.
—Entonces solo te faltan doscientas noventa y siete.
—Gracias. Ahora me siento mucho mejor.
Lyra comenzó a pensar durante algunos segundos antes de hablar nuevamente.
—Vendamos algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Todo lo que no sea indispensable.
—Eso no será suficiente.
—Entonces trabajaremos día y noche.
—Eso tampoco será suficiente.
—Entonces robemos un banco.
—¡Lyra!
—Era una sugerencia completamente razonable dadas las circunstancias.
Las dos comenzaron a reír.
Era precisamente por eso que Elena apreciaba tanto su amistad. Lyra siempre encontraba la manera de hacerla sonreír incluso en los peores momentos.
—Hablando en serio —continuó Lyra—. ¿Tu familia sabe lo que estás haciendo?
—Todavía no.
—¿Y cuándo pensabas decírselo?
—No lo había pensado.
—Fantástico. Un excelente comienzo para una misión suicida.
Aquella misma tarde, Elena regresó a casa para explicar la situación a su madre y a Tom.
Como era de esperar, ninguno de los dos reaccionó bien.
—¡¿UN ESCLAVO?! —preguntó Tom casi atragantándose con el agua que estaba bebiendo—. ¡¿QUIERES COMPRAR UN ESCLAVO?!
—No quiero comprarlo. Quiero salvarlo.
—¡ESO SUENA TODAVÍA MÁS CARO!
Su madre, por otro lado, permaneció en silencio durante varios minutos antes de hablar.
—¿Es una buena persona?
—No lo sé.
—¿Es peligroso?
—Probablemente.
—¿Lo conoces?
—En realidad, no mucho.
—Entonces, ¿por qué estás haciendo esto?
Era la misma pregunta que todos le hacían.
Y la respuesta seguía siendo la misma.
—Porque si no lo hago, nadie más lo hará.
Su madre la observó durante algunos segundos antes de sonreír con cierta nostalgia.
—Te pareces demasiado a tu padre.
—¿Eso significa que me apoyarás?
—Eso significa que estoy preocupada.
La mujer tomó las manos de su hija entre las suyas.
—Elena, ayudar a los demás es algo hermoso. Pero debes comprender que no puedes cargar con el sufrimiento de todo el mundo.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué este hombre es diferente?
La joven tardó varios segundos en responder.
—Porque cuando todos lo miraban como un monstruo, yo solo pude ver a alguien que estaba sufriendo.
Tom, que había permanecido escuchando toda la conversación, finalmente golpeó la mesa con determinación.
—¡Entonces yo también voy a ayudar!
—¿Qué?
—¡Podemos vender mi colección de figuras de madera!
—Tom, eso solo vale unas pocas monedas.
—¡Entonces venderemos mis libros!
—¡Tus libros favoritos!
—¡LA LIBERTAD DE UN HOMBRE ES MÁS IMPORTANTE QUE MIS LIBROS FAVORITOS!
Elena no pudo evitar emocionarse al escuchar aquellas palabras.
Su pequeño hermano había heredado mucho más de su padre de lo que ella imaginaba.
Aquella noche, la familia Valmont tomó una decisión.
Todos ayudarían.
No importaba cuán imposible pareciera.
No importaba cuántas personas se burlaran de ellos.
Intentarían reunir las trescientas monedas de plata.
Al mismo tiempo, en las celdas del edificio de la subasta, Adrien observaba la luna a través de la pequeña ventana de hierro.
Uno de los guardias se acercó riéndose.
—¿Sabías que la muchacha realmente aceptó la apuesta?
—Sí.
—¿Crees que lo logrará?
Adrien guardó silencio durante algunos segundos.
—No.
—Entonces, ¿por qué sonríes?
El joven dirigió nuevamente su mirada hacia el cielo nocturno.
—Porque es la primera vez en muchos años que alguien cree que mi vida vale trescientas monedas de plata.
Aquellas palabras sorprendieron incluso al guardia.
Por primera vez desde que fue capturado, Adrien comenzaba a preguntarse si realmente era imposible confiar nuevamente en alguien.
Y mientras la arena continuaba cayendo en el reloj que Lord Varek había preparado especialmente para aquella apuesta, las primeras veinticuatro horas comenzaron a consumirse.
Solo quedaban dos días.
Y el tiempo avanzaba mucho más rápido de lo que Elena hubiera deseado.