"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 2: "Tres líneas, cero planes"
El lunes llegó antes de lo que esperaba. O quizás llegó exactamente cuando debía, pero yo había pasado el fin de semana entero tratando de no pensar en ello, y el tiempo, cuando no lo miras, se acelera por venganza.
Llegué a la clínica con diez minutos de antelación. Eso era lo que hacía cuando no sabía cómo afrontar algo: llegaba temprano y me sentaba en la sala de espera como si fuera un ejecutivo puntual, no un hombre a punto de ver el eco de su posible vida.
Ana ya estaba allí. Sentada en una de las sillas de plástico blanco, con las manos sobre el vientre —un gesto que ya empezaba a ensayar, aunque no tuviera nada que mostrar— y la mirada perdida en el televisor que emitía un documental sobre delfines. No me miró cuando entré. Yo tampoco la miré directamente. Hice lo que mejor sé hacer: me senté a dos sillas de distancia, saqué el teléfono y fingí que revisaba correos importantes.
—No tienes que hacer eso —dijo ella sin volverse.
—¿El qué?
—Fingir que trabajas. Estamos en una clínica de ecografías. Nadie va a juzgarte por estar nervioso.
—No estoy nervioso.
—Estás revisando el mismo correo desde hace tres minutos.
Bajé el teléfono. Tenía razón. Siempre la tenía. Era una de las razones por las que habíamos durado seis meses y otra de las razones por las que habíamos durado solo seis meses.
—¿Cómo estás? —pregunté, porque era lo que se suponía que debía preguntar.
—Cansada. Con náuseas. Con miedo. —Se volvió y me miró por primera vez. Sus ojos tenían ojeras que no recordaba. —Tú, ¿cómo estás?
—Procesando.
—Ya.
Esa palabra, "ya", la decía como quien dice "sé que no vas a decir nada más, así que no me hagas perder el tiempo". Y tenía razón. Yo nunca decía nada más. Guardaba todo en una carpeta mental llamada "cosas que no sé cómo expresar" y la cerraba con llave.
La enfermera salió y llamó a Ana. Nos levantamos los dos. Ella caminó delante y yo detrás, como un perro que sigue a su dueña sin saber adónde va. La sala de ecografías era pequeña, con una camilla, un monitor y una máquina que parecía sacada de una nave espacial. Olía a gel y a alcohol. Olía a futuro.
—Siéntate aquí —dijo Ana señalando una silla junto a la camilla—. Y no te desmayes.
—No me desmayo nunca.
—En el curso de parto te desmayaste.
—Eso fue una hipoglucemia.
—Fue porque viste sangre.
Cerré la boca. No tenía defensa para eso.
La ecografista, una mujer de unos cincuenta años con una sonrisa profesional y un nombre en la bata que decía "Patricia", empezó a aplicar el gel sobre el vientre de Ana. Yo miré hacia otro lado. No por pudor, sino porque no sabía qué cara poner. ¿Contento? ¿Serio? ¿Asustado? ¿Indiferente? Mi rostro no había recibido instrucciones.
—Vamos a ver —dijo Patricia moviendo el transductor—. Ahí está. ¿Lo ves?
El monitor parpadeó y de repente apareció algo. Una mancha. Un borrón. Una forma que no sabía si era un ser humano o una nube. Pero Patricia señaló con el dedo y dijo:
—Ahí. El embrión. Ocho semanas. Tiene latido.
Yo no veía nada. Solo una masa gris con forma de judía. Pero Ana sí lo veía, porque su mano encontró la mía y la apretó con una fuerza que no esperaba.
—Tiene latido —repitió ella, y su voz se rompió justo al final de la palabra.
Yo miré el monitor. Miré su mano. Miré su cara. Y sentí algo que no supe nombrar. No era amor. No era emoción. Era una especie de vértigo. Como cuando te asomas a un precipicio y sabes que no hay red de seguridad.
—¿Quieres oírlo? —preguntó Patricia.
—Sí —dijo Ana.
Patricia giró una perilla y de repente el silencio de la sala se llenó de un sonido que jamás había escuchado. Un tamborileo rápido, frenético, como un corazón de colibrí. Tum-tum-tum-tum-tum. Era el latido. El latido de aquella cosa del tamaño de una judía. El latido de algo que no había pedido permiso para existir.
Y entonces pasó algo extraño. Mi pecho se contrajo. Mis ojos, que nunca se humedecían, sintieron una presión incómoda. Y la mano que Ana apretaba, la mía, tembló.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Sí.
—Estás pálido.
—Es la luz.
No era la luz. Era que aquel sonido, aquel tum-tum-tum insistente, estaba diciendo algo que mi cerebro no podía procesar. No era un informe. No era una hoja de cálculo. No era nada que pudiera resolver con lógica. Era una vida. Y esa vida, de alguna forma, era mía. O al menos, la mitad.
Salimos de la clínica en silencio. Ana caminaba despacio, con una mano sobre el vientre y la otra en el bolsillo de su chaqueta. Yo caminaba a su lado, pero un paso atrás, como si necesitara distancia para pensar.
—¿Qué sientes? —me preguntó cuando llegamos al coche.
Me quedé mirando el volante. Las preguntas de Ana siempre eran directas. Sin rodeos. Sin cortinas. Y yo siempre respondía con rodeos y con cortinas.
—No lo sé —dije al final—. Es raro. Escuchar eso... no sé si es real.
—Es real. —Se giró hacia mí—. Es muy real. Y dentro de unos meses va a salir y va a llorar y va a necesitar que lo cojas y lo alimentes y lo cambies y lo quieras. ¿Estás listo para eso?
—No.
—¿No estás listo o no quieres?
—Las dos cosas.
El silencio se hizo pesado. Como una manta mojada. Ana suspiró y apoyó la cabeza contra la ventanilla.
—Sabes, cuando te conocí, pensé que eras el hombre más seguro del mundo. Tenías planes para todo. Tu vida era una línea recta. Me gustó eso. Me gustó sentir que no iba a caerme.
—Nunca te dejé caer.
—No. Pero tampoco me sostuviste. Solo estabas ahí, en tu línea recta, viéndome caer desde la distancia.
No supe qué decir a eso. Porque era verdad. Yo no era malo, solo era... ausente. Como un mueble. Estabas ahí, ocupabas espacio, pero no abrazabas. No arropabas. No salvabas.
—Voy a tener este bebé —dijo Ana, con una voz que no admitía debate—. Contigo o sin ti. Pero necesito saber si vas a estar.
El motor del coche estaba apagado. Las manos, sobre el volante. El sonido del latido seguía resonando en mi cabeza como un eco sin fin.
—Voy a intentarlo —dije.
—¿Intentarlo? —Se rió, pero no era una risa feliz—. No es un examen, Pablo. No se aprueba o se suspende. Es estar o no estar.
—Entonces estaré.
—¿Seguro?
—No. —Apoyé la frente contra el volante. El cuero frío me calmó un segundo. —Pero voy a intentar estar seguro.
Ana se quedó callada un rato. Luego puso su mano sobre la mía, que aún sujetaba el volante.
—Eso es más de lo que has dicho nunca. —Su voz sonaba más suave—. Y quizás, con eso, baste para empezar.
Arranqué el coche y la llevé a su casa. En el camino, mi mente hizo listas de nuevo. Pero esta vez, la lista tenía solo un punto:
Cosas que tengo que aprender:
· Cómo estar.
No sabía cómo hacerlo. Pero aquel latido, aquel tum-tum-tum que aún llevaba grabado en el oído, me decía que no tenía otra opción.
Cuando llegué a mi departamento, abrí el cajón del escritorio y saqué el bloc donde había escrito "No estoy adaptado a ser padre". Debajo de esa frase, añadí una nueva:
"Pero voy a intentar adaptarme."
Luego cerré el bloc y lo guardé. No era un plan. No era un manual. Era solo una promesa en el aire. Y las promesas en el aire, como las burbujas, pueden reventar en cualquier momento.
Pero al menos, por primera vez, no había tachado nada.
El sonido del latido seguía ahí. Y yo, que no estaba adaptado a nada, supe que aquello era solo el principio de todo lo que no sabía.