Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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Una verdad innegable
La biblioteca de la universidad era un laberinto de sombras y estanterías que exhalaban el olor a papel viejo y sabiduría estática. Adrian esperaba en el pasillo de Historia Antigua, el lugar que Aeryn consideraba su refugio. En su bolsillo, la piedra de Miri latía con una intensidad rítmica, pero esta vez, el calor no era una agresión. Era un manto.
Sin que Adrian lo supiera, la piedra estaba emitiendo una frecuencia de resonancia que envolvía sus implantes neuronales. En la terminal de Mara, que vigilaba desde una furgoneta blindada a dos manzanas de distancia, las constantes de Adrian aparecían como una línea perfecta y plana: 60 latidos por minuto, niveles de dopamina en cero, empatía desactivada. Para la Orden, Adrian era un autómata cumpliendo una rutina. Para la realidad, Adrian estaba empezando a despertar.
Adrian vestía ropa oscura, mimetizándose con la penumbra. Cada pulsación de la piedra enviaba un eco de "ruido" a su cerebro, una interferencia que le recordaba la visión del estanque de las Crónicas de Sangre, pero sin la emoción que la acompañaba.
—Bien, aquí estoy —la voz de Aeryn sonó detrás de él, suave pero firme.
Adrian se giró. Ella estaba allí, vestida con sencillez, pero para sus ojos biológicos, brillaba con una intensidad que ninguna otra persona poseía. No llevaba joyas, pero el dorado de sus ojos era suficiente para iluminar el pasillo.
—Aeryn —dijo Adrian. Bajó la voz, suavizó los músculos de su mandíbula y forzó a sus cuerdas vocales a emitir una frecuencia más baja y ligeramente trémula—. Gracias por confiar en mí una vez más.
Aeryn lo observó en silencio durante un largo minuto. Buscaba al hombre que la había mirado con asombro en las Crónicas de Sangre, pero solo encontraba una réplica casi perfecta, aunque extrañamente... inerte.
—Confianza es una palabra muy fuerte para lo que siento ahora, Adrian —respondió ella, dando un paso al frente—. Pero mi instinto me dice que el Adrian que conocí en el bosque sigue allí, atrapado. Y me hace dudar sobre lo que tienes con esa mujer.
—Mara es parte de un compromiso que estoy intentando romper —dijo Adrian, siguiendo el guion que Daniel le había grabado—. Pero no es fácil. Ella... ella es peligrosa si se siente amenazada.
Aeryn suspiró, frustrada por la vaguedad de sus palabras. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal.
—Adrian, si de verdad quieres que te crea, tienes que dejar de hablar como un libro de texto. Tienes que hacerme sentir que lo que dices es real.
En ese momento, algo cambió en la atmósfera. Aeryn frunció el ceño, sus sentidos de híbrida captando una vibración inusual. Miró hacia el bolsillo de Adrian.
—¿Qué es ese calor? —preguntó ella, extendiendo la mano.
Antes de que Adrian pudiera reaccionar, Aeryn le puso la mano sobre el muslo, justo donde estaba la piedra. Al contacto, una chispa de luz cian saltó entre sus dedos y la tela de su pantalón. Adrian soltó un jadeo ahogado. La piedra de Miri reaccionó violentamente a la presencia de Aeryn, emitiendo una oleada de energía residual que el regulador químico en su cerebro no pudo neutralizar a tiempo.
Fue un cortocircuito total.
Por un milisegundo, la barrera del Reinicio Sigma flaqueó. Adrian no recordó los hechos, pero sintió la emoción cruda que los acompañaba: el asombro al ver las Crónicas de Sangre, el calor de las palabras de Lyra, el amor que había comenzado a sentir por Aeryn. Fue un dolor insoportable, una inundación de humanidad en un desierto de hielo.
—¡Aeryn! —gritó Adrian, y esta vez su voz no fue simulada. Fue un grito de agonía genuino.
Se tambaleó hacia atrás, apoyándose contra una estantería. Aeryn lo miró, aterrorizada, pero al ver el pico de vulnerabilidad en sus ojos grises, comprendió que el hombre que buscaba estaba allí, sufriendo bajo la superficie.
—Adrian... ¿qué es lo que pasó? —susurró ella, acercándose de nuevo.
La piedra seguía latiendo en su bolsillo, como un faro desesperado. El "ruido" en su sistema se volvió un estruendo. Su cerebro le indicaba que el protocolo de infiltración estaba comprometido, pero su cuerpo reaccionaba a la cercanía de Aeryn con una intensidad que desafiaba toda lógica táctica.
—Aeryn, no... no soy quien crees —logró articular Adrian, luchando contra la estática en su mente—. Tienes que huir. Mara... ella está...
—Shh —Aeryn le puso un dedo sobre los labios, silenciando la advertencia.
Ella lo miró a los ojos, y en ese momento, el instinto tomó el control. Ella no veía al agente de Helix; veía a un alma herida que necesitaba ser salvada. Vio al hombre que se había arriesgado al entrar en las Crónicas de Sangre por ella.
Aeryn rodeó el cuello de Adrian con sus brazos, lo atrajo hacia sí. Y lo besó.
El beso fue un choque de mundos. Al contacto con los labios de Aeryn, el sistema de monitoreo biológico de Adrian colapsó. El regulador químico en su cerebro intentó neutralizar la oxitocina que se estaba liberando en su torrente sanguíneo, pero la piedra de Miri emitió un pulso de luz cian que envolvió a la pareja, protegiendo ese momento de la interferencia tecnológica.
Para Aeryn, el beso fue una entrega genuina, una forma de decirle a Adrian que ella creía en él, que estaba dispuesta a luchar por el hombre que estaba atrapado bajo el hielo.
Para Adrian, fue una catástrofe lógica y una bendición emocional. No comprendía por qué su cuerpo reaccionaba con tanta intensidad. No recordaba el amor, pero su carne lo reconocía. El beso rompió la última barrera del Reinicio Sigma en un rincón de su subconsciente. Sintió, por primera vez en días, una calidez real, una paz que no venía de un fármaco, sino de la conexión con otro ser vivo.
El beso duró una eternidad que apenas fueron unos segundos. Cuando se separaron, Adrian estaba temblando, con los ojos grises llenos de una incomprensión devastadora. Miró a Aeryn, y por un momento, la máscara de autómata se resquebrajó, dejando ver a un hombre aterrado por la verdad que empezaba a sentir.
—Aeryn... —susurró Adrian, y su voz tembló de una forma que Helix no pudo controlar—. Lo que sentí... no fue simulado.
—Lo sé —respondió ella, con una sonrisa triste pero llena de esperanza—. La piedra me lo contó. El Adrian que conocí en el bosque sigue allí.