Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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La reconciliación
Punto de vista de Alix
Me quedé muda. Un hombre como Adrián Valenzuela, que manejaba imperios y hombres con un gesto de la mano, sosteniendo flores como un principiante.
—Sé que fui un idiota —dijo, y la palabra "idiota" sonó extraña en su boca—. La duda no era hacia ti, Alix. Fue hacia mí mismo. Ver a ese hombre cerca de ti... sentir que él tuvo una parte de tu vida que yo nunca tendré, me hizo reaccionar como el animal que trato de no ser.
—Adrián... —empecé a decir, pero él me interrumpió, dejando el ramo sobre el escritorio, justo encima de los balances de Julián.
—No soy un hombre de palabras dulces, ya lo sabes. Mi mundo se construye con hechos y poder. Pero si algo he aprendido en estos dos años es que tú no eres una herramienta para mi venganza. Eres... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada, mientras sus ojos oscuros se clavaban en los míos con una intensidad honesta—. Eres la única persona por la que valdría la pena quemar este mundo. Perdóname por dudar de la mujer que yo mismo vi renacer de las cenizas.
Me levanté lentamente, mirando las flores y luego a él. El gesto era tan impropio de su naturaleza fría que me conmovió más que cualquier discurso ensayado. Adrián estaba pidiendo una tregua, bajando la guardia de la única forma que sabía.
—Esas flores no combinan con tu imagen de hombre despiadado —dije con una pequeña sonrisa, sintiendo cómo el nudo en mi pecho comenzaba a aflojarse.
—A la mierda mi imagen —gruñó él, acortando la distancia entre nosotros y tomándome del rostro con sus manos grandes y cálidas—. Solo me importa que sepas que confío en ti. Que somos uno solo en esto.
En ese momento, el rencor se evaporó. Me di cuenta de que Adrián no solo me había salvado la vida aquella noche en el lago; me estaba salvando de la amargura absoluta. Me incliné hacia él, buscando el refugio de sus brazos, entendiendo que nuestra unión ya no era solo un contrato. Era algo mucho más peligroso y real.
—Acepto las flores —susurré contra sus labios—. Pero la próxima vez que dudes de mi odio por Julián, te haré comer cada uno de esos pétalos.
Adrián soltó una risa ronca, la primera que le escuchaba en días, y me besó con una urgencia que selló nuestra reconciliación. El fuego de la venganza seguía allí, pero ahora, por primera vez, había algo de luz entre nosotros.
El silencio en el estudio cambió de naturaleza; ya no era tenso, sino vibrante, cargado de una electricidad que hacía que el aire pesara. Adrián soltó el ramo sobre el escritorio, ignorando cómo las flores aplastaban los documentos de la auditoría, y me atrajo hacia él con una urgencia que me dejó sin aliento.
—Dime que me perdonas —exigió contra mis labios, su aliento cálido mezclándose con el mío.
—Te perdono, Adrián —susurré, rodeando su cuello con mis brazos y hundiéndome en su aroma a sándalo y lluvia—. Pero no vuelvas a alejarte de mí así.
Él no respondió con palabras. Su boca se adueñó de la mía en un beso hambriento, desesperado, como si necesitara borrar cualquier rastro del pasado con su contacto. Sus manos bajaron por mi espalda, presionándome contra su cuerpo sólido, recordándome que él era real, que él era mi presente y mi fuerza.
Me levantó sin romper el beso, sentándome sobre el borde del escritorio. Mis piernas se enredaron en su cintura instintivamente. En ese momento, las luces de la ciudad que brillaban tras el ventanal eran lo único que presenciaba cómo dos personas que habían jurado no volver a sentir se entregaban por completo.
La pasión se desató con una ferocidad contenida durante años. Adrián se deshizo de mi saco con movimientos rápidos y expertos, mientras yo buscaba desabotonar su camisa con manos temblorosas, ansiosa por sentir el calor de su piel contra la mía. Cada caricia suya era una marca de propiedad, una promesa de protección y una declaración que nos unia aun mas contra todo lo que nos había hecho daño.
Nos movimos hacia la habitación principal en una danza de caricias y susurros agitados. Sobre las sábanas de seda, Adrián se tomó el tiempo para recorrer cada centímetro de mi cuerpo, deteniéndose en las cicatrices que el fuego no pudo borrar del todo, besándolas con una devoción que me hacía sentir hermosa por primera vez desde el accidente.
Bajo su cuerpo, me sentí libre. Libre de Elena, libre de los Ferrara, libre del odio. Por unos instantes, solo fuimos dos almas buscando refugio en medio de la tormenta. Adrián me llevó al límite, haciéndome perder el sentido de la realidad, mientras su nombre se escapaba de mis labios como una oración. En el clímax de nuestra entrega, supe que nuestra alianza no era solo de negocios; era una unión de piel, alma y destino.
Nos quedamos abrazados en la penumbra, recuperando el aliento mientras el sudor se enfriaba sobre nuestros cuerpos. Adrián me estrechó contra su pecho, besando mi frente con una ternura que nunca le mostraría al mundo exterior.
—Nadie volverá a tocarte, Alix —prometió en un susurro ronco—. Ni siquiera con la mirada.
Me quedé dormida con esa promesa resonando en mi mente, sabiendo que mañana la lucha contra nuestros enemigos continuaría, pero que ahora mi esposo estaba más firme que nunca a mi lado.