El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 3: La ecuación del caos y el orden
El lunes por la mañana en la Universidad de Saint Jude siempre tenía un sabor agridulce a café recalentado y expectativas renovadas. Para Sky, era el escenario perfecto para desplegar su arsenal de energía. Caminaba por los pasillos con sus tres inseparables amigas, una formación de colores y risas que obligaba a los estudiantes a apartarse.
—Díganme que no es verdad —bufó la pelirroja, revisando su horario digital—. Tengo Historia del Arte en el edificio norte. Mi novio está en el sur. Esto es una tragedia griega.
—Al menos tú tienes secciones diferentes —rio la pelinegra—. Yo comparto Ética con el mío y ya me advirtió que no me dejará dormir en clase.
Sky no decía mucho, algo extraño en ella. Sus ojos escaneaban la multitud, buscando una chaqueta de cuero o una mata de cabello negro rebelde. No lo admitiría en voz alta, pero la descarga de adrenalina del viernes en el gimnasio seguía recorriendo sus venas. Entró al aula de "Anatomía y Fisiología Humana II", una optativa avanzada que casi nadie tomaba a menos que quisiera terminar en medicina o fuera un nerd de los huesos.
Se sentó en la última fila, balanceando su silla sobre dos patas con una destreza peligrosa. Sus amigas se despidieron con la mano, ya que ninguna compartía esa tortura académica con ella. Sky se quedó sola, observando cómo el salón se llenaba lentamente.
Entonces, el aire cambió.
Ian Thorne entró por la puerta. No llevaba el uniforme de los Lions, sino su uniforme de "civil": una playera negra que se ajustaba a sus anchos hombros, los pantalones cargo que tanto le gustaban y esa cadena de plata que tintineaba suavemente contra su pecho. No saludó a nadie. Se dirigió directamente a la esquina opuesta de Sky, buscando el rincón más oscuro y apartado.
Sus miradas se cruzaron a mitad de camino. Sky le dedicó una sonrisa descarada y dos dedos en señal de victoria. Ian, por el contrario, cerró los ojos un segundo, como si le estuviera pidiendo paciencia a una deidad en la que no creía, y se sentó sin decir palabra.
El veredicto del destino
El profesor Garrick, un hombre con anteojos que parecían lupas y una actitud de "no acepto excusas", entró azotando la puerta.
—Bienvenidos a la clase que filtrará a los que realmente quieren estar aquí —sentenció, dejando caer un fajo de programas sobre su escritorio—. Este año, la administración ha decidido que las clases troncales y las optativas de salud se unifiquen en bloques de rendimiento. Eso significa, señores, que las caras que ven a su alrededor serán sus sombras durante todo el ciclo escolar. Mismos horarios, mismas clases, mismos laboratorios.
Un gemido general recorrió el aula. Sky sintió un vuelco en el corazón. Miró hacia la esquina de Ian. Él estaba petrificado, con la mandíbula tan apretada que parecía que iba a pulverizar sus molares.
—Y para empezar con el pie derecho —continuó Garrick con una sonrisa maliciosa—, realizaremos un proyecto de investigación semestral sobre la biomecánica del trauma. Parejas asignadas por mí, según sus promedios de ingreso para equilibrar las cargas.
Sky cruzó los dedos por debajo de la mesa. Sabía que sus notas eran excelentes, a pesar de su fama de fiestera; siempre le había fascinado el funcionamiento del cuerpo, quizá por la misma razón que a Ian: la lógica de la supervivencia.
—...Martínez con López. Smith con Parker... —el profesor seguía la lista—. Y finalmente, Thorne con... la señorita Sky.
El silencio que siguió fue sepulcral. Sky soltó una carcajada sonora, incapaz de contenerse, mientras Ian golpeaba la mesa con un puño, una sola vez, seco y contenido.
La otra cara de la moneda
—Acércate, fémur —dijo Sky cuando el profesor les dio diez minutos para organizar la primera entrega.
Ian se levantó con la gracia de un depredador herido. Caminó hacia el pupitre de Sky, pero se detuvo a un metro de distancia. Sus ojos estaban oscuros, despojados de la máscara de popularidad que usaba en la cafetería. Aquí, rodeado de libros y diagramas de esqueletos, Ian parecía más él mismo: serio, reservado y letalmente directo.
—Escúchame bien, loca —dijo él, bajando la voz hasta un susurro que le erizó la piel a ella—. No me importa cuántos retos creas que soy. Este proyecto representa el 40% de mi nota y mi beca deportiva depende de mi promedio. Si vas a ser un estorbo, dímelo ahora y haré el trabajo solo. Solo quédate callada y pon tu nombre al final.
Sky dejó de balancear la silla. Se puso de pie, quedando a una distancia que obligó a Ian a tensar cada músculo de su espalda para no retroceder.
—¿Crees que soy solo una cara bonita y una lengua rápida, Thorne? —Sky sacó de su mochila un cuaderno de notas forrado en cuero negro. Lo abrió y lo deslizó sobre la mesa.
Ian bajó la vista, esperando ver garabatos de corazones o notas de chismes. Lo que encontró lo dejó mudo. El cuaderno estaba lleno de diagramas hechos a mano de una precisión quirúrgica. Había anotaciones sobre la densidad ósea, la elasticidad de los tendones y una comparativa de la fuerza de impacto en jugadores de baloncesto versus corredores de fondo. La caligrafía era limpia, decidida.
—He estado analizando tu forma de saltar desde el primer partido de la temporada —dijo Sky, recuperando su tono descarado pero con un peso intelectual que él no esperaba—. Tienes una ligera rotación interna en el tobillo izquierdo cuando aterrizas. Si no fortaleces el ligamento lateral, vas a tener una rotura de grado tres antes de diciembre. El trabajo de biomecánica del trauma ya lo empecé... y tú eres mi sujeto de prueba.
Ian se quedó congelado. Sus ojos viajaban del cuaderno a los ojos de Sky. La chica que él consideraba un "caos sinvergüenza" acababa de diagnosticarle una debilidad técnica que ni siquiera su entrenador había notado.
—Esto... —Ian tragó saliva, pasando los dedos cerca de las páginas, pero sin tocarlas, respetando el papel—... está bien estructurado. Muy bien estructurado.
—"Bien estructurado" es un cumplido pobre para alguien que sabe exactamente qué decir, ¿no crees? —le devolvió ella, guiñándole un ojo—. Soy una genio, Ian. Solo que me gusta divertirme mientras domino el mundo.
Ian soltó un suspiro largo, y por primera vez, Sky no vio al chico popular ni al chico frío. Vio a un hombre impresionado.
—Bien —dijo él, recuperando su reserva, pero esta vez con un matiz de respeto involuntario—. Mañana a las seis en la biblioteca. Si llegas tarde un minuto, trabajaré sin ti.
—Oh, allí estaré, capitán —Sky se acercó a su oído, aprovechando que los demás estaban distraídos recogiendo sus cosas—. Pero una advertencia: si vamos a pasar todo el año juntos en cada clase, vas a tener que acostumbrarte a que no soy alguien que se queda en su esquina. Me gusta el contacto, Ian. Y tengo mucha curiosidad por saber qué pasa si presiono los botones adecuados en ese cerebro tuyo.
Ian no respondió con palabras. Solo la miró fijamente, con una intensidad que habría hecho temblar a cualquiera, pero Sky solo sonrió más ampliamente. Él se dio la vuelta y salió del salón a zancadas, con la cadena de plata brillando bajo la luz fluorescente.
Sky se quedó ahí, guardando su cuaderno. Sabía que el año escolar acababa de volverse mucho más interesante. Ian Thorne no solo era un misterio por su personalidad cambiante; ahora sabía que era su igual intelectual. Y no había nada que le gustara más a una chica que ama los retos que un oponente que finalmente valía la pena.