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Volví Ocho Años Antes De Mi Muerte

Volví Ocho Años Antes De Mi Muerte

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:18.3k
Nilai: 5
nombre de autor: May_Her

Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.

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Capítulo 3: La prima Laura

La casa de Laura estaba a cuarenta minutos en autobús, en un barrio modesto pero tranquilo, con árboles en las aceras cuyas ramas se entrelazaban sobre la calle formando un túnel verde, y niños jugando en las plazas con esa libertad que los padres de las zonas más acomodadas ya no se permitían. Era el tipo de barrio donde la gente todavía se saludaba al cruzarse, donde las ventanas permanecían abiertas en verano, donde el ruido de las bicicletas y las risas infantiles formaba una banda sonora constante.

Valeria pasó el trayecto mirando por la ventana, recordando.

Los recuerdos llegaban en oleadas, algunos nítidos como fotografías, otros borrosos como sueños al despertar. Recordaba la cena con una claridad dolorosa, como si las imágenes estuvieran grabadas a fuego en su memoria con un hierro que nunca se enfriaba del todo. La mesa larga del restaurante, ese lugar elegante que sus abuelos habían elegido para impresionar a la familia, iluminada por lámparas de diseño que proyectaban sombras teatrales sobre los rostros. Los familiares incómodos, vestidos con sus mejores galas para la ocasión, conscientes de que cada gesto estaba siendo evaluado, de que su posición en la familia dependería de la impresión que causaran en el futuro esposo de Valeria. El ruido de fondo de los cubiertos contra los platos, las conversaciones forzadas sobre temas seguros, las risas nerviosas que no correspondían a nada gracioso.

Y Laura, sentada frente a ella, con ese vestido azul que tanto le gustaba y que había usado en tres ocasiones especiales, el pelo recogido en un moño sencillo que le dejaba el cuello descubierto, y esa expresión de preocupación genuina que ella confundió con envidia, con el deseo de sabotear su felicidad porque no tenía la suya propia.

"Esto es una farsa", dijo Laura, y su voz sonó baja, casi en un susurro, como si no quisiera que nadie más escuchara, como si estuviera compartiendo un secreto peligroso. " Deberías dejar de priorizar tanto aquello que consideras bueno, solo son lujos sin nada más. Valeria, poco a poco estás perdiendo tu esencia"

Pero ella, Valeria, en lugar de escuchar, en lugar de preguntarse si había algo de verdad en esas palabras, se sintió atacada. En lugar de agradecer que alguien se preocupara lo suficiente como para arriesgar una conversación incómoda, se sintió juzgada. En lugar de ver amor, vio celos. Vio a una prima que se conformaba con poco, sin las perspectivas que ella tenía, intentando arruinarle aquel momento.

"Estás celosa", respondió, y su voz fue todo lo contrario a la de Laura: alta, clara, diseñada para que todos escucharan, para que Laura quedara expuesta como la envidiosa que no era. "Nunca has tenido las mismas oportunidades que yo y por eso no entiendes. No entiendes lo que es que alguien te quiera de verdad, que quiera darte todo lo que mereces, que te vea como algo especial. Y en lugar de alegrarte por mí, vienes con estos comentarios que solo demuestran lo vacía que es tu propia vida."

El silencio que siguió fue de los que duelen. De los que cambian las cosas permanentemente, que trazan líneas en la arena que después nadie se atreve a cruzar. Los tíos dejaron de masticar, con los tenedores suspendidos a medio camino de la boca. Los primos más pequeños dejaron de reír, sintiendo la tensión en el aire aunque no la entendieran. La madre de Valeria la miró con los ojos muy abiertos, como si no reconociera a su propia hija, como preguntándose en qué momento la niña que había criado se había convertido en esta extraña capaz de tanta crueldad.

Laura se levantó lentamente, con una dignidad que ella no supo apreciar en ese momento, que solo pudo reconocer ahora, con la perspectiva que dan los años y el dolor, no lloró, no gritó, no contraatacó con palabras hirientes de las que después se arrepentiría. Simplemente tomó su bolso, ajustó la correa sobre su hombro con movimientos medidos, y antes de irse, antes de cruzar la puerta que se cerraría entre ellas por años, dijo:

"Ojalá no tengas que aprender por las malas, Valeria. De verdad lo espero."

Y se fue.

Después de eso no hablaron más hasta la fatidica cena dónde le dijo que jamás tendría un hombre como Alejandro, dónde la minimizó por preocuparse por ella, por ver lo que ella jamás vio sobre Alejandro. Nunca se lo perdonó, en la otra vida, Laura no fue a su boda, no fue al funeral de su madre. No estuvo en nada importante, porque nadie la invitó, porque el abismo entre ellas se había vuelto demasiado ancho para cruzarlo. No hubo llamadas en los cumpleaños, no hubo mensajes en Navidad, no hubo nada. El silencio absoluto, que se extendió y profundizó hasta convertirse en un vacío permanente.

Y ella, Valeria, nunca tuvo el valor de llamarla. De decirle "lo siento, tenías razón, fui horrible, merezco tu enfado pero también merezco la oportunidad de disculparme, perdona por juzgarte mal en más de una ocasión". De admitir que el orgullo le costó la relación con la única prima que siempre había estado ahí, que la había defendido en el colegio cuando las otras niñas se burlaban de su ropa, que le había prestado dinero cuando lo necesitaba sin pedirle que se lo devolviera, que la había escuchado llorar por desamores juveniles sin juzgarla.

Ahora tenía la oportunidad.

El edificio era el mismo que recordaba. Modesto, de ladrillo visto, con macetas en las ventanas donde crecían geranios y buganvillas que los vecinos cuidaban con esmero, y un gato naranja que siempre se sentaba en el primer escalón de la entrada, observando a los transeúntes con la indiferencia típica de los felinos. Valeria se detuvo un momento frente a la puerta, sintiendo el peso de lo que estaba a punto de hacer, la posibilidad de rechazo que llevaba consigo.

Subió las escaleras con el corazón latiéndole con fuerza, sintiendo cada latido en las sienes, en la garganta, en el pecho, en las puntas de los dedos. Las paredes del edificio estaban pintadas de un color crema que se descascaraba en algunas partes, revelando capas de pinturas anteriores, historias de renovaciones que nunca se completaron del todo. El olor a cocina se filtraba bajo algunas puertas: cebollas friendo, café recién hecho, el aroma distintivo de una salsa de tomate en preparación.

Cuando llegó al segundo piso, se detuvo frente a la puerta que sabía era la correcta. La letra "G" colgaba ligeramente torcida, sostenida por un solo tornillo que había cedido años atrás y que nadie se había molestado en reparar. Desde el otro lado llegaban sonidos apagados: una radio sintonizada en una estación de música popular, el tintineo de platos siendo lavados.

Llamó al timbre.

El sonido pareció resonar en el silencio del pasillo, amplificado por su propia ansiedad. Pasaron segundos que sintió como horas. Luego, el zumbido del interfono activándose.

—¿Sí? —la voz de Laura, al otro lado. Su voz. La misma de siempre, pero con un dejo de cansancio que no recordaba, una aspereza que hablaba de años de preocupaciones y dificultades que ella no había compartido.

—Laura... soy yo, Valeria.

Silencio. Largo. Demasiado largo. Tanto que empezó a pensar que Laura había colgado, que no quería saber nada de ella, que el daño era irreparable, que había esperado demasiado en la otra vida y ahora, incluso con una segunda oportunidad, el resultado sería el mismo.

—¿Qué quieres? —la voz sonó cansada, no hostil, sino como de quien ha tenido esta conversación imaginaria muchas veces y ya no tiene energía para sorprenderse.

—Hablar. Pedirte perdón. Lo que debí hacer hace años y no tuve el valor de hacer.

Otro silencio. Pero este fue diferente. Cargado de consideración, de evaluación, de alguien midiendo las palabras contra las acciones pasadas.

Luego un zumbido que abrió la puerta.

Subió las escaleras finales con las piernas temblorosas, agarrándose al pasamanos para no caer, consciente de cada paso como si estuviera caminando sobre una cuerda floja. Cuando llegó al segundo piso, Laura estaba en la puerta de su apartamento, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que no lograba descifrar. No era ira, ni alegría, ni siquiera curiosidad abierta. Era algo más complejo, una mezcla de defensiva y cansancio, de esperanza contenido y miedo a decepcionarse otra vez.

—Pasa —dijo, sin calidez pero sin hostilidad. Era una invitación neutral, como quien abre la puerta a un vendedor ambulante, esperando a ver qué ofrece antes de decidir si lo echa o lo escucha.

El departamento era pequeño, ordenado, con muebles funcionales que claramente habían sido elegidos por practicidad más que por estética. Pero había toques personales en todas partes: una manta de colores tejida a mano sobre el sofá, pequeñas plantas en las ventanas, cojines con diseños artesanales. Fotos en las paredes: Laura con amigos que Valeria no reconocía, Laura en la playa con el viento revolviéndole el pelo, Laura sonriendo en momentos que ella no había compartido, una vida construida en paralelo, sin intersecciones. Una guitarra apoyada en un rincón, con una funda gastada por el uso, mostrando el desgaste de muchos años de práctica.

—¿Tocas? —preguntó Valeria, por decir algo, por romper el silencio que pesaba como una losa entre ellas, por encontrar un terreno neutral donde empezar.

—Mi novio. Bueno, exnovio. Se fue hace tres meses. Dejó la guitarra cuando se mudó, dijo que ya no la necesitaba. Supongo que era una forma de decir que tampoco necesitaba todo lo que representaba.

—Lo siento.

—No tienes por qué sentirlo. Pasó. La gente se va, la gente vuelve, la gente se queda. Es la vida. Al final, uno aprende a no esperar demasiado de nadie.

La indirecta no pasó desapercibida. Laura estaba diciendo algo más profundo, estaba hablando de ellas, de lo que había pasado, de la confianza que se había roto y que no sabía si podría reconstruirse.

Se sentaron en el sofá, separadas por una distancia que parecía mucho mayor de los tres cojines que había entre ellas. Un silencio incómodo se instaló, lleno de cosas no dichas, de reproches guardados durante años, de preguntas que ninguna de las dos sabía cómo formular.

—Laura... yo—

—¿Por qué ahora? —la interrumpió Laura, y su voz ya no era neutral. Había dolor en ella, acumulado durante años de silencio, de mensajes ignorados, de ausencias en momentos importantes. También había rabia, la rabia justificada de quien fue lastimado sin motivo, y algo más: una curiosidad que no podía ocultar, la necesidad de entender—. Hace tres años que no me hablas. Ignoraste todos mis mensajes. Todos, los del primer año, cuando todavía esperaba que volvieras. Los del segundo, cuando empecé a preguntarme si algo malo te había pasado. Los de hace tres meses, cuando me operaron de la columna y te escribí para decirte que tendría que guardar reposo, que me gustaría que vinieras, y ni siquiera respondiste. Y de repente apareces en mi puerta un miércoles por la mañana, sin avisar, sin explicación. ¿Qué pasó? ¿Te aburriste de tu vida perfecta? ¿Necesitas algo? ¿Se te acabaron los amigos importantes, los que sí valían la pena según tú? No me hablas desde esa cena familiar donde lo admito, mi comentario fue inoportuno. Pero tú fuiste cruel.

Valeria sintió que cada palabra era un puñetazo, cada frase un golpe que se dirigía a un punto exacto donde ella era más vulnerable. Y con razón. Porque Laura tenía razón en todo. Había ignorado sus mensajes. Todos. Porque cada vez que veía su nombre en la pantalla, cada vez que leía una línea de sus mensajes, recordaba esa cena, recordaba su propia crueldad, y le resultaba más fácil hacer como si no existiera que enfrentar lo que había hecho, que reconocer el daño que había causado.

Quiso decir la verdad. Que había muerto y vuelto. Que había visto su vida entera desmoronarse en el suelo de una mansión fría. Que había sentido el frío del mármol contra la piel y la soledad absoluta de la muerte. Que entendía, finalmente, lo que era perder a alguien por orgullo, por estupidez, por el miedo a reconocer que se había equivocado.

Pero sonaría a locura. ¿Quién le creería? ¿Cómo explicar algo que ni ella misma entendía del todo?

—Tuve una pesadilla —dijo, y no era mentira, no del todo. La pesadilla de su propia muerte, la pesadilla de darse cuenta demasiado tarde de todo lo que había perdido, de todas las personas a las que había lastimado—. Una pesadilla donde me moría sin haberte pedido perdón. Donde llegaba al final de mi vida y me daba cuenta de que habías sido la única que intentó advertirme, la única que me quiso lo suficiente como para decirme cosas que no quería escuchar. Y cuando desperté, supe que no podía seguir así. Que no podía pasar el resto de mi vida, fuera la que fuera, sin intentar arreglar esto.

Laura la miró largamente, evaluando sus palabras, buscando la mentira, la manipulación que tantas veces había encontrado en otras personas. Sus ojos escudriñaban el rostro de Valeria como si pudiera leer lo que había detrás, como si pudiera distinguir entre la verdad y la conveniencia.

—¿Una pesadilla?

—Sé que suena ridículo. Lo sé. Parece una excusa barata, una forma de salir del paso sin asumir la responsabilidad real. Pero a veces las pesadillas te muestran cosas que no quieres ver de día. Cosas que has estado evitando. Verdades que has estado enterrando.

Laura no respondió de inmediato. Sus manos, que habían estado apretando el borde de su blusa, se relajaron ligeramente.

—Un poco —admitió finalmente, y su voz se había suavizado, apenas un poco, pero suficiente para que Valeria sintiera una pequeña abertura, una grieta en el muro que había construido entre ellas—. A veces sueño con papá. Murió hace cinco años, ¿sabías? No, claro que no sabías. No te lo dije porque no me hablabas. En mis sueños siempre estamos en esa casa de la playa donde íbamos de vacaciones cuando era niña. Él está sentado en la mecedora del porche, mirando el mar, y yo quiero acercarme, decirle algo importante, pero no puedo moverme. Mis pies están pegados al suelo. Y cuando logro hablar, él no puede oírme. El sonido de las olas se lleva mi voz.

—Lo siento, Laura. No sabía nada de tu papá.

—¿Cómo ibas a saberlo? Te alejaste de toda la familia cuando empezaste a priorizar tu entorno y lo que otros podían ver. Como si nosotros no fuéramos suficientes para tu nueva vida.

—Lo sé. Y fue un error. El más grande de todos.

El silencio que siguió fue diferente. Ya no pesaba como una losa impenetrable. Era más bien un respiro, un "tal vez esto se puede arreglar", una pequeña grieta por donde empezar a construir de nuevo.

—¿Quieres café? —preguntó Laura, y la oferta era más que una simple bebida. Era una extensión, una invitación a quedarse un poco más, a no irse todavía.

Valeria sonrió. Era una sonrisa pequeña, temblorosa, pero genuina. La primera sonrisa real que tenía desde que volvió al pasado, desde que abrió los ojos en esa habitación que creía haber dejado atrás para siempre.

—Sí. Por favor. Me encantaría.

Mientras Laura preparaba el café en la pequeña cocina, con movimientos que hablaban de años de práctica, Valeria miró a su alrededor con atención renovada. Vio las fotos en las paredes, los libros en los estantes, los pequeños detalles que hablaban de una vida que ella no había compartido, de experiencias que había perdido por su propia elección. Y en lugar de sentir celos o distancia, sintió algo nuevo, algo que hacía mucho tiempo no sentía: esperanza.

Tal vez, solo tal vez, todavía había tiempo.

Tal vez algunas cosas podían repararse.

Tal vez el pasado no era una cadena permanente, sino algo que podía reescribirse, al menos en parte.

...****************...

...Laura...

1
Mariana Muñoz
buena muy buena novela la leí de dos veces tenía que hacer otras cosas o la habría leído de una vez bendiciones 🙏🙏🙏 escritora
Luisa Amarilis Blanco Blanco
Interesante 🙀
Chel Garcia
bonita historia 👌🏽 felicidades
💜Isa torres💜
no comprendo nada retrocedió el tiempo y ya había peleado con la prima porque la envidiaba y le dijo que Alejandro no era bueno y resulta que no conoce Alejandro. 🤔
Pily Valdés Pineda: Aja si, sigo perdida desde el capítulo anterior, se supone que pelearon porque la prima la ponía sobre aviso del tipo y que le tenía envidian ahora resulta que no lo conoce, que alguien me explique!
total 2 replies
Natty Suleika Salvatierra Clavijo
Que miedo con ese hombre
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
. E perdí, yo pe sana qué el pleito con la prima había sido por el marido que la mató
Rosa Sandoval
yo también ya me confundí porque se supone que en esta nueva vida de Valeria todavía no era novia de Alejandro
Socorro Simental
regreso cuando tiene 14 años en k momento paso eso
Yolanda Vaca
Y el chofer🤬 donde quedó??
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Empezamos con todo!!! Me encanta este inicio 👏👏👏
Miriam Colín
Daniel es un amors y además muy maduro y centrado.
Angeline
Muy buena y me gustó que se realmente si hubiera venganza
Angeline
ya está acorralado
Angeline
depredador? ese Alejandro es un loquito
Angeline
cómo que no? No fuiste más basura porque no te dieron tiempo
Mirna Lobo
Buena muy buena, tanto así que me mantuvo con la vida en un hilo por decirlo así, felicidades y que sigan los éxitos 😊
Angeline
Se armó un equipo contra Alejandro
Angeline
Que suspenso
Mirna Lobo
ojalá no sea una trampa 😞
Mirna Lobo
A correr 💨 y muy rápido
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