Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 19 La felicidad
Caminaron hacia el coche sin mirar atrás, pero Gaya podía sentir la mirada de Vanesa clavada en su espalda como un puñal.
No le importó. De hecho, le gustó. Que supiera, desde ya, que las reglas habían cambiado.
Antes de subir al coche, se giró una última vez y, con voz suficientemente alta para que Vanesa la oyera, dijo:
—Ah, Vanesa. Voy a llevar a Tomás a merendar y vuelvo en media hora a recoger a Lauren. Así que no hace falta que te quedes. Yo me encargo.
La expresión de Vanesa fue un poema. Pero Gaya ya estaba dentro del coche, arrancando, alejándose, dejando atrás a la serpiente con su veneno inútil.
*_*
El parque cercano al colegio era uno de esos lugares que Gaya recordaba con cariño de su vida anterior.
Había llevado allí a Lauren cuando era pequeña, a los columpios, al arenero, a ver los patos del estanque. Ahora estaba más renovado, con nuevos juegos infantiles y bancos de diseño moderno, pero conservaba la esencia de siempre.
Gaya aparcó en la entrada y bajó con Tomás. Compraron dos jugos de fresa en el quiosco y se sentaron en un banco frente al estanque. El niño bebía el suyo con entusiasmo, moviendo las piernas que aún no llegaban al suelo.
—¿Estás contenta, Gaya? —preguntó de repente.
Ella lo miró, sorprendida por la pregunta.
—¿Por qué lo dices?
—No sé. —Tomás se encogió de hombros—. Desde que saliste del hospital, pareces más... contenta. Antes siempre estabas triste, aunque sonrieras. Ahora sonríes de verdad.
Gaya sintió que el corazón se le encogía. Este niño, su niño, siempre había sido demasiado perceptivo. Incluso con Gaya, a la que apenas conocía, había notado la tristeza que la envolvía como una niebla. Y ahora notaba el cambio.
—Sí —dijo con suavidad—. Estoy más contenta. Porque tengo gente buena a mi alrededor. Como tú.
Tomás sonrió ampliamente, mostrando el hueco de un diente que se le había caído hacía poco.
—Tú también eres buena, Gaya. La mejor.
Se quedaron un rato en silencio, viendo a los patos nadar en el estanque. Gaya pensaba en Lauren, en lo que le esperaba en media hora. La adolescente iba a salir de clase y se encontraría con que Vanesa no estaba, con que era Gaya quien la esperaba. No sería fácil.
—Gaya —dijo Tomás de repente—, ¿por qué Lauren es tan mala contigo?
La pregunta la pilló desprevenida.
—No es mala, cariño. Solo... está confundida.
—Pero te dice cosas feas. Yo la he oído. Y también he oído a la tía Vanessa decir cosas feas de ti.
Gaya lo miró con atención.
—¿Qué cosas dice la tía Vanessa?
Tomás frunció el ceño, recordando.
—Dice que no eres como su mamá de verdad. Que su mamá de verdad era fuerte y lista, y que tú solo eres una niña rica que no sabe hacer nada. Y Lauren se lo cree.
El estómago de Gaya se contrajo. No por ella, no por Gaya, sino por lo que esas palabras revelaban.
Vanesa estaba usando a Luisa, a la madre muerta, como arma contra la nueva esposa. Estaba idealizando a la Luisa que ya no estaba para enfrentarla a la Gaya que sí estaba. Era una manipulación perfecta, cruel, efectiva.
—¿Tú qué piensas? —preguntó Gaya, curiosa por la respuesta del niño.
Tomás la miró con esos ojos que eran tan suyos, tan profundamente suyos.
—Yo creo que tú eres fuerte —dijo con convicción—. Aunque no grites ni pegues, eres fuerte. Como cuando me abrazas cuando estoy triste. Eso también es ser fuerte, ¿no?
Gaya sintió que los ojos se le humedecían. Lo abrazó con fuerza, apretándolo contra su pecho, respirando su olor a niño y a jabón y a todo lo bueno del mundo.
—Sí, Tomás. Eso también es ser fuerte. La fuerza no es solo pegar o gritar. A veces la fuerza es estar ahí, aguantar, querer a pesar de todo.
—Pues tú eres la persona más fuerte que conozco —concluyó él, convencido.
Y Gaya, en ese momento, se prometió a sí misma que haría todo lo posible por merecer esa opinión.
*_*
Media hora después, Gaya estaba de vuelta en el colegio. Esta vez aparcó en la misma zona y esperó, con Tomás entretenido con un juego en el teléfono que ella le había prestado.
Los alumnos de secundaria comenzaron a salir. Eran más grandes, más ruidosos, más conscientes de su propia importancia.
Gaya escaneó el grupo en busca de Lauren, y cuando por fin la vio, algo en su interior se alertó inmediatamente.
Lauren no estaba sola. Un chico, más grande que ella, tal vez de unos dieciséis o diecisiete años, la sujetaba del brazo con fuerza.
Lauren parecía incómoda, tiraba ligeramente para liberarse, pero el chico no la soltaba. Hablaba con ella inclinándose demasiado cerca, con una sonrisa que no era amable sino posesiva.
Y allí estaba Vanesa.
La mujer se acercaba a ellos con pasos rápidos, y Gaya alcanzó a oír sus palabras antes de que pudiera intervenir:
—Lauren, si tu amigo solo quiere invitarte algo, no seas malagradecida. Cuando una chica es demasiado quisquillosa se queda sola. Ningún chico te va a querer.
Gaya sintió que la sangre le hervía en las venas. No era solo rabia, era una furia primaria, instintiva, de madre protectora.
Salió del coche como un proyectil y cruzó la distancia que la separaba de ellos en lo que debieron ser segundos, aunque a ella le parecieron eternos.
—¡Suéltala ahora mismo, mocoso!
Su voz retumbó en el aire como un trueno. El chico se giró, sorprendido, y su mano aflojó la presión instintivamente.
Lauren aprovechó para liberarse de un tirón y dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos.