Rin sabía que su matrimonio era una mentira, pero esa mentira dolía menos que la verdad.
Había caído en sus propias ilusiones, convenciéndose de que él también la amaba. Por eso había querido besarlo, por eso había aceptado cada gesto suyo: las sonrisas en público, los bailes en las fiestas, la forma en que siempre era atento y cortés. Había confundido cortesía con amor.
Se había enamorado de un hombre que solo la veía como conveniencia. Lo supo la noche en que escuchó aquella llamada con Wil, su abogado y mejor amigo:
—El matrimonio me conviene. Me divorciaré de Rin cuando encuentre a la señora adecuada.
Las palabras la golpearon como un cuchillo. Desde entonces, cada aniversario, cada cena con vino y risas, era un recordatorio cruel. Y aun así, había disfrutado cada segundo aferrándose
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un brindis amargo
Rin deambuló a voluntad por la fiesta de compromiso de Wil y Anabell, saludando a todos los que se le acercaban. Se había dado cuenta de que, con los papeles de divorcio entre ella y Calvin ya firmados y su matrimonio oficialmente terminado, no tenía que permanecer a su lado cada minuto de la noche ni seguir interpretando a la esposa amorosa que él le había pedido que fuese, y cuyo papel había aceptado durante tres años. Esta vez optó por no hacerlo.
Aunque Calvin llegó a la fiesta y, como siempre, se acercó a ella en cuanto la vio, adoptando el papel que había representado sin pensarlo durante tanto tiempo. Le pasó un brazo por la cintura, apoyó la mano en su cadera, mostrándose como el marido devoto que ya no era.
Una exhibición para los presentes, pero vacía de verdad. Rin había recibido esa misma mañana, incluso antes de salir de casa rumbo a la fiesta, la copia digital de los papeles de divorcio y la carta del juez con la fecha del acuerdo final. Todo estaba resuelto.
La invitación seguía pegada en la puerta de su refrigerador y casi se había olvidado de ella hasta que, al llegar de la oficina de Calvin, la vio de nuevo. Dudó si asistir o no, pero la invitación estaba dirigida a ambos y, además, le agradaba Anabell: compartían cafés dos veces por semana, a veces incluso cenas.
¿Por qué privarse de ver a su amiga en un momento tan feliz, solo para que Calvin estuviera cómodo?
La fiesta era grande y se celebraba en el ático de Wil, tan espacioso y lujoso como el de Calvin. Podían moverse por caminos distintos sin tropezar.
Wil nunca había querido casa con jardín; su apartamento estaba cerca del juzgado y de su oficina. A Anabell tampoco le importaba; las cuatro habitaciones le bastaban para pensar en un futuro con familia.
Aun así, Rin sentía la mirada de Calvin sobre ella cada vez que se movía. Era molesto. Sobre todo porque había sido él quien había pedido el divorcio. Ella, en cambio, no lo vigilaba, cumpliendo lo que había prometido con ese proceso de separación.
Un momento después, Anabell la tomó del brazo y la llevó hasta el balcón. —¿Qué hizo? —susurró.
Rin le sonrió suavemente. —Nada que importe. Esta es tu noche con Wil. Diviértete, disfruta de tu compromiso. ¿Ya abriste el regalo que te traje?
—Todavía no —sonrió Anabell—. Quizás podamos abrirlos ahora.
Rin apenas cruzó las puertas del balcón cuando lo sintió: la mirada fija de Calvin sobre ella. Lo ignoró y dejó que Anabell la arrastrara hacia una silla, mientras anunciaba que había llegado la hora de abrir los regalos. Para su disgusto, Calvin apareció detrás de ella segundos después. Se inclinó hasta rozar su oído.
—No deberías estar tan enfadada. No es propio de ti —susurró.
Rin apretó la mandíbula, preguntándose qué le daba derecho a hablarle tan cerca. Justo en ese instante, Anabell, entre risas, gritó: —¡Bésala, y te perdonará!
Una risa amarga escapó de Rin. Lo miró fijamente, casi con desafío, aunque por dentro le dolía. Apartó la vista. —Anabell, abre tus regalos —pidió con firmeza.
El roce de la mano de Calvin sobre su brazo desnudo volvió a encender su incomodidad. Ese gesto fingido de marido cariñoso había sido su máscara durante años. Y aunque el contrato de su matrimonio estipulaba no montar escenas en público, el divorcio ya estaba hecho. ¿De verdad importaba lo que los demás pensaran?
—No lo hagas —sus labios rozaron de nuevo su oído—. No arruinemos la fiesta.
Rin se levantó al poco tiempo y se dirigió al baño. Se miró en el espejo: su rostro mostraba molestia, sin una sonrisa. —Puedes con esto —se dijo a sí misma
—. No es diferente a los primeros momentos incómodos, cuando estabas a su lado y fingías seguridad. Respira.
Regresó al salón con la sonrisa ensayada de siempre, sentándose frente a Calvin. Había aprendido hacía mucho a parecer feliz cuando no lo estaba. Y ahora tocaba repetirlo.
Anabell llegó a su regalo, leyó la tarjeta en voz alta, y pronunció «de parte de Marrin y Calvin». Rin sabía que el nombre de él no estaba en esa tarjeta. Wil también lo notó, aunque Anabell no. El presente —un ejemplar firmado por Marilyn Riddley de Born Light & Dark— dejó a la novia sin palabras. Rin explicó que había contactado a la autora, antigua compañera de universidad, para conseguirlo. Anabell la abrazó con gratitud, emocionada hasta las lágrimas.
🎀
Horas más tarde, Rin se despidió y salió al pasillo rumbo al ascensor, agradecida de alejarse por fin de Calvin. Pero antes de que pudiera irse, escuchó su voz tras ella:
—No deberías irte sin mí, es grosero.
Ella lo miró, incrédula. —¿Por qué? Vinimos por separado. Quédate, si quieres. No es raro que me vaya antes que tú.
—Siempre te acompaño a la salida. Ni siquiera me dijiste que te ibas.
—¿Tengo que hacerlo ahora? —preguntó con frialdad.
Él la tomó del brazo, apartándola del ascensor y empujándola hacia el hueco de la escalera. Cerró la puerta tras ellos y la miró fijamente.
—No quiero que digas esa palabra en público —murmuró con dureza—. Nadie debe saberlo aún, Rin. El divorcio no se anunciará… por ahora.