Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 22: Esmeralda
...Esmeralda...
—Dra. Videla, feliz noche —dijo con voz grave. Luego nos miró a Gabriela y a mí—. Buenas noches a ustedes también, jóvenes.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Sofía—. ¿También viniste por unos tragos?
Rances dudó un segundo, casi imperceptiblemente.
—La verdad... —miró su teléfono, texteó algo rápido y guardó el aparato—. Sí. Pero ya me retiraba.
—Rances, ¿podrías darnos un aventón? No estamos en condiciones de conducir —pidió Sofía con honestidad brutal.
—Sí, doctora, por supuesto. Mi coche está afuera.
El trayecto fue un borrón de luces y sombras. Gabriela luchaba contra las náuseas en el asiento trasero, mientras yo intentaba disimular mi sonrojo. Al llegar a la casa de ellas, las muchachas bajaron casi a rastras.
—Esmeralda, quédate aquí —me rogó Sofía.
—No, prima... prefiero irme a mi casa. Dejé unas cosas en el invernadero que no pueden esperar —mentí. En realidad, solo quería huir de la presencia de Rances, que me ponía a vibrar de una forma que no entendía.
—Espera —gritó Sofía mientras Rances arrancaba el motor de nuevo—. ¡Rances te llevará! No vas a caminar sola por la ruta a estas horas.
—No hace falta, llego enseguida, no quiero ser una molestia —balbuceé desde el suelo.
—No es ninguna molestia —sentenció él.
Se bajó del auto con movimientos felinos y abrió la puerta del copiloto, esperándome con una mano extendida. No tuve valor para negarme. Me subí, sintiendo el aroma de su perfume —madera y algo metálico— inundar mis sentidos. El camino fue corto pero el silencio era denso, casi sólido. Yo me sentía mareada, no solo por el alcohol, sino por la proximidad de sus hombros anchos.
Al llegar a mi puerta, intenté bajar con dignidad, pero mis pies me traicionaron. El suelo pareció moverse. Rances me sostuvo del brazo de inmediato.
—Sé que está "perfectamente bien" —dijo con una sombra de ironía educada—, ¿pero me permite ayudarla a entrar?
No pude decir que no. Le entregué las llaves con dedos torpes. Él abrió la puerta y me guio hacia el interior.
—Bueno, señorita. Me retiro —dijo con la intención de marcharte.
Pero al intentar dar un paso sola, el mundo giró violentamente. Me tambaleé y habría terminado en el suelo si él no me hubiera sujetado en el aire, envolviéndome con sus brazos. El contacto eléctrico me recorrió la columna.
—¿Hay alguien a quien pueda llamar para que la ayude a subir a su cuarto? —preguntó, su voz sonando más cerca de mi oído de lo que esperaba.
—No... no hay nadie. Déjeme aquí, yo... yo subiré en un momento.
Él suspiró, un sonido cargado de una paciencia que me hizo sentir pequeña.
—Indíqueme dónde queda su habitación. La dejo allí y me voy. No puedo dejarla así.
Subimos las escaleras. En el primer descanso, mis piernas fallaron de nuevo. Antes de que pudiera protestar, Rances me tomó en volandas. Me cargó en sus brazos como si no pesara nada. Mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo. Pude ver la profundidad de sus ojos: eran pozos oscuros, impenetrables, custodiados por una fuerza que emanaba de su propia soledad. Su rostro no tenía pizca de expresión, pero su corazón, que yo sentía latir contra mi costado, iba más rápido de lo que su máscara sugería.
Me depositó con extrema delicadeza sobre la colcha de mi cama. El frescor de las sábanas contrastó con el calor que él irradiaba.
—¿Está bien? ¿Necesita algo más? —preguntó, manteniéndose inclinado sobre mí, con una mano aún apoyada cerca de mi almohada para mantener el equilibrio.
El alcohol, la soledad de la noche y esa mirada suya rompieron mis filtros.
—Sí... —susurré, mi voz apenas un hilo—. ¿Me puedes dar un beso?
Rances se tensó. Sus ojos se clavaron en los míos, analizando cada milímetro de mi rostro.
—No creo que sea adecuado —respondió con esa precisión cortante suya—. Principalmente por su estado de embriaguez.
Su respuesta fue lógica, pero su cuerpo no se movió. Seguía allí, encorvado sobre mí, su respiración mezclándose con la mía.
—¿Puedo preguntar algo? —insistí, envalentonada por el mareo.
—Dime.
—¿Te parezco... bonita?
El silencio que siguió fue eterno. Rances pareció desarmarse por un segundo, su armadura de hombre imperturbable mostrando una grieta.
—Mucho —soltó finalmente, con una voz rasposa que nunca le había escuchado.
Esa palabra fue el detonante. Elevé mis manos con lentitud, como si temiera que fuera un espejismo, y rodeé su nuca para atraer su rostro hacia el mío. Me detuve a milímetros de sus labios. Él me observó, buscando rastro de confusión o arrepentimiento, pero solo encontró una determinación febril.
Rances cedió. Sus manos, grandes y cálidas, acunaron mis mejillas como si fuera la pieza de porcelana más valiosa del mundo. Cuando nuestras bocas se tocaron por fin, el tiempo se detuvo.
Fue un contacto eléctrico, una revelación. Yo siempre había temido que la intimidad fuera algo invasivo, pero esto... esto era una sinfonía. Sus labios empezaron a deslizarse sobre los míos de forma lenta, saboreando el momento, reconociéndome. Cuando su lengua rozó la mía, sentí un corrientazo que viajó desde mi corazón hasta la punta de mis dedos. El beso, que empezó como una exploración tímida, fue acelerando poco a poco.
Él deslizó una mano por mi cuello, asegurando su agarre, y me atrajo hacia él mientras se sentaba en la orilla de la cama, elevándome para que quedáramos en la misma posición, pecho contra pecho. Mi primer beso sabía a una mezcla de gin, noche misterio, y ternura. Me perdí en su boca, aprendiendo su ritmo, entregándome a una sensación de libertad que nunca había experimentado.
Sentí su mano descender sutilmente sobre la curva de mi pecho, un toque que me hizo estremecer de sorpresa y placer. Y él al notarlo como si un rayo lo hubiera golpeado, se detuvo en seco. La conciencia regresó a sus ojos con una violencia fría.
Se separó de un tirón, levantándose de la cama y retrocediendo un paso. Su mirada, antes ardiente, ahora reflejaba un miedo profundo, casi terror.
—Discúlpeme —dijo, su voz temblando por primera vez—. Esto no debió haber ocurrido.
Antes de que pudiera articular una palabra, de que pudiera decirle que yo quería, que no se culpara, dio media vuelta y salió de la habitación. Escuché sus pasos rápidos por la escalera y luego el sonido del motor perdiéndose en la distancia de la finca.
Me quedé allí, tumbada en la oscuridad, con el sabor de él todavía en mis labios. Para mí había sido mágico, mi primer beso, y aunque él era un extraño, me impresionaba la persona correcta, no era solo impresión sentía una fuerte atracción. Pero el vacío que dejó en la habitación era más grande no sabía qué pensar, o que podía pensar él de mí por tal ofrecimiento.