¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 5
El evento benéfico de la Fundación Arcos no era solo una gala; era el ecosistema natural de Julián. Un lugar lleno de copas de cristal, sonrisas falsas y puñaladas por la espalda envueltas en seda. Lía sabía que él estaría allí, pavoneándose como si el escándalo en su casa nunca hubiera ocurrido. Lo que Julián no esperaba era que ella apareciera, y mucho menos del brazo de la nueva potencia legal de la ciudad.
Dante conducía su deportivo negro con una calma gélida. Lía, a su lado, vestía un diseño de alta costura en azul medianoche que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel.
—¿Estás lista para el espectáculo? —preguntó Dante, deteniendo el coche frente a la alfombra roja.
—Si el espectáculo incluye ver la cara de Julián cuando se dé cuenta de que ya no tiene las llaves de mi reino, entonces sí —respondió Lía, apretando el bolso de mano.
Dante bajó del coche y, con un gesto de caballero antiguo que contrastaba con su aura peligrosa, le ofreció la mano. Al entrar en el salón, el murmullo de las conversaciones bajó de volumen. Lía era la arquitecta estrella de la ciudad, pero verla del brazo de Dante Valerios, un hombre conocido por su hermetismo y su implacable éxito, era el chisme del siglo.
No tardaron en encontrarlos.
Julián estaba cerca del bar, sosteniendo una copa de champán y riendo con un grupo de inversores. A su lado, como un accesorio brillante y barato, estaba Sara. Llevaba un vestido demasiado corto para la ocasión, como si quisiera gritarle al mundo que ella era la versión "joven y divertida" de su hermana.
Cuando Julián levantó la vista y vio a Lía, su risa se congeló. Su mirada viajó de los ojos decididos de su esposa a la mano de Dante posesivamente apoyada en la cintura de ella.
—Lía —dijo Julián, acercándose con una zancada que intentaba ser dominante pero resultaba nerviosa—. ¿Qué significa esto? ¿Quién es este hombre?
Dante dio un paso al frente, ganando por casi una cabeza a Julián. La diferencia de presencia era humillante.
—Dante Valerios —dijo con una voz que cortó el aire—. El hombre que ha rechazado tu patético intento de defensa, Montero. Y el hombre que se asegurará de que Lía recupere hasta el último céntimo que has intentado robarle.
Sara soltó una risita nerviosa, aferrándose al brazo de Julián.
—Vaya, Lía. No has perdido el tiempo. ¿Es este tu amante de turno? ¿O es que necesitas que un abogado te tome de la mano para no llorar?
Lía miró a su hermana con una lástima infinita.
—Sara, siempre has tenido un gusto pésimo por las sobras. Quédatelo. Pero ten cuidado: un hombre que traiciona a su esposa con su hermana, te traicionará a ti con la primera que le sonría en un ascensor. Es su naturaleza.
—¡Cállate! —siseó Julián, rojo de ira—. Lía, esto es un error público. Estás haciendo el ridículo con este tipo.
—El único error público aquí es tu cuenta bancaria, Julián —intervino Dante, con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Victoria ya ha bloqueado preventivamente las cuentas de la constructora mientras se investiga el desvío de fondos a las sociedades de "consultoría". Creo que tu champán de hoy es el último que podrás pagar en mucho tiempo.
La cara de Julián pasó de la ira al pánico puro. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que varios socios lo observaban. El poder en ese círculo social se basaba en la percepción, y Dante acababa de destruirlo frente a todos.
—Esto no se va a quedar así —amenazó Julián en un susurro, antes de dar media vuelta y arrastrar a Sara lejos de allí.
Lía sintió un temblor en las piernas. La adrenalina estaba empezando a pasarle factura. Dante la guio hacia una terraza apartada, lejos del ruido y las miradas curiosas. El aire fresco de la noche le devolvió un poco de claridad.
—Lo hiciste bien, Lía —susurró él, colocándose detrás de ella.
—Me siento... sucia —confesó ella, mirando las luces de la ciudad—. No puedo creer que pasé siete años con alguien que era capaz de planear mi ruina mientras dormía a mi lado.
Dante guardó silencio un momento. Luego, puso sus manos sobre los hombros de ella.
—Lía, hay algo que tengo que mostrarte. No tiene que ver con el divorcio, sino con nosotros.
Él sacó de su bolsillo interior una pequeña fotografía antigua, un tanto desgastada por los bordes. Se la entregó.
Lía la tomó bajo la luz de un farol de la terraza. Era una foto de un campamento de verano. Dos niños de unos diez años estaban sentados en un muelle, de espaldas a la cámara, mirando un lago. En el brazo del niño se veía una pequeña cicatriz en forma de media luna.
Lía sintió que el corazón se le detenía. Ella tenía esa misma cicatriz en el hombro, producto de una caída en un muelle cuando era niña.
—Ese muelle... es el lago del norte —susurró Lía, con la voz entrecortada—. Mi abuelo tenía una cabaña allí. Pero yo... yo estaba sola ese verano. O eso recordaba.
—No estabas sola —dijo Dante, acercándose a su oído—. Yo era el hijo del cuidador de la cabaña vecina. Pasamos tres semanas siendo inseparables. Me hiciste prometer que volveríamos a vernos, pero mi padre perdió el trabajo y nos fuimos de la noche a la mañana. No pude despedirme.
Lía se giró, mirando a Dante con ojos nuevos. Los recuerdos, bloqueados por años de una vida gris y monótona, empezaron a surgir como burbujas en el agua. El niño del muelle. El niño que le contaba historias de estrellas mientras el mundo dormía.
—Por eso te sueño —dijo ella, con lágrimas asomando en sus ojos—. No eres una invención de mi soledad. Eres un recuerdo que se negaba a morir.
—Toda mi vida he buscado a la niña del muelle —confesó Dante, su voz cargada de una vulnerabilidad que no le había mostrado a nadie—. Cuando te vi en los periódicos de arquitectura hace años, supe que eras tú. Pero estabas casada. Intenté olvidarte, intenté seguir adelante, pero mis sueños no me dejaban. Empecé a soñarte cuando tu matrimonio empezó a desmoronarse. Fue como si tu dolor me enviara una señal.
Dante la tomó del rostro, obligándola a mirarlo.
—No estoy aquí solo por el destino, Lía. Estoy aquí porque te he esperado veinte años. Y no voy a dejar que un tipo como Julián ni nadie más te vuelva a apagar la luz.
Lía lo besó, pero esta vez no hubo desesperación ni alcohol de por medio. Fue un beso de reencuentro, un pacto sellado en la realidad que sanaba las heridas del pasado. El hombre de sus sueños era el niño de su infancia, y el abogado de su presente era el guerrero de su futuro.
Sin embargo, en las sombras de la gala, alguien los observaba. Julián, escondido tras una columna, apretaba los puños. No iba a dejar que Lía se fuera con su fortuna y con un hombre que lo hacía parecer una sombra. Si Dante Valerios tenía un pasado con Lía, Julián se encargaría de encontrar el rastro de sangre en ese pasado para destruirlos a ambos.