Durante días, las hermanas Caroline y Estefany Richi mantenían un romance secreto y prohibido, con los que se supone que son sus enemigos Marco y Fabián Rossi, desafiando el odio ancestral entre sus familias. Sin embargo, cuando un ataque brutal de la Bratva rusa destruye el hogar de los Richi, lo que era un pecado oculto se convierte en la única vía de salvación: un matrimonio oficial para unir a los dos clanes más poderosos de Chicago
Sin embargo, la unión estalla cuando descubren que el patriarca de los Rossi, Dante, fue el autor intelectual del asesinato de Elena, madre de las Richi. Ante la traición, los hermanos Rossi eligen a sus prometidas por sobre su padre, convirtiéndose en fugitivos. Ahora, los cuatro luchan desde las sombras para derrocar a Dante, eliminar a los rusos y reclamar el trono de Chicago.
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Estefany …
El loft de Pixelín olía a ozono, café frío y al miedo metálico que se desprende cuando sabes que el hombre más poderoso de la ciudad te quiere bajo tierra. No había pasado ni una noche completa y el refugio ya no se sentía como un santuario, sino como una caja de resonancia para mis propios nervios
El zumbido de los servidores de Pixelín era una tortura constante. Me mantenía despierta, alerta, con la mano siempre rozando la empuñadura de mi Glock. A mi lado, Fabián dormía con un ojo abierto, su cuerpo era un escudo de músculos y cicatrices que se tensaba con cada crujido del edificio viejo. Sabíamos que Dante no se quedaría de brazos cruzados, pero subestimamos su desesperación
Dante no envió a sus soldados habituales. No envió a los hombres que solíamos ver en el jardín. Envió a "El Sastre", un asesino que solo existía en los susurros de los bajos fondos, alguien que no dejaba huellas de calor ni rastro digital
— Hay algo mal — susurró Pixelín de repente, su rostro iluminado por el resplandor azul de seis monitores. Sus dedos se detuvieron sobre el teclado — El firewall de la entrada norte no se ha activado, pero el consumo de energía en el pasillo ha bajado un 2%. Alguien ha puenteado los sensores
Me puse en pie de un salto, despertando a Fabián con un toque en el hombro. En segundos, los cuatro estábamos en posición. Caroline y Marco cubrieron la entrada principal, Fabián y yo nos deslizamos hacia las vigas de soporte
— Pix, apaga las luces, Ahora — ordenó Marco
La oscuridad nos tragó. Solo quedaban los pequeños LEDs de los servidores, como ojos de gato en la penumbra. Entonces lo oí: el sonido de un silenciador escupiendo muerte. No hubo gritos, solo el thump sordo de una bala impactando en la madera de la mesa de Pixelín
— ¡Abajo! — rugió Fabián, empujándome tras una pila de cajas de metal justo cuando una granada de fragmentación rodó por el suelo
La explosión fue contenida, diseñada para aturdir, no para derribar el edificio. Pero la onda expansiva me dejó los oídos pitando. Entre el humo, vi una sombra moviéndose con una gracia sobrenatural. No era un hombre, era una máquina de matar
El Sastre no buscaba las pruebas. Buscaba eliminarnos a nosotros
— ¡Está en las vigas! — gritó Caroline, disparando su escopeta hacia el techo. El fogonazo iluminó por un instante la máscara de gas negra del asesino antes de que volviera a desaparecer en las sombras
Fabián se lanzó al ataque, usando su cuchillo táctico. El choque del acero contra el acero resonó en todo el loft. Fue una danza macabra: Fabián era pura fuerza bruta y entrenamiento militar, pero el asesino de Dante era pura técnica. Vi a Fabián recibir un corte en el brazo, pero no retrocedió
— ¡Chiqui, el flanco izquierdo! — gritó Caroline mientras ella y Marco intentaban arrinconar al intruso
Me deslicé por el suelo, aprovechando que el asesino estaba concentrado en Fabián. Saqué mi propia daga y salté sobre su espalda. Sentí el olor a cuero y productos químicos de su equipo. Hundí el metal en el hueco de su hombro, buscando la arteria. El Sastre soltó un gruñido inhumano y me lanzó por los aires como si fuera una muñeca de trapo
Estrellarme contra una columna me dejó sin aire, pero vi cómo Marco aprovechaba la distracción para vaciar su cargador. El asesino, herido y viéndose superado en número, lanzó una bomba de humo negro que nos obligó a retroceder, tosiendo y cegados.
Cuando el humo se disipó, la ventana de la azotea estaba abierta. Se había ido. Pero había cumplido parte de su misión: el refugio de Pixelín ya no era un secreto
— Tenemos que irnos — dijo Marco, limpiándose la sangre de la mejilla. Su mirada era de una furia gélida — Si El Sastre nos ha encontrado, los equipos de asalto de mi padre estarán aquí en menos de diez minutos
— Mi equipo... mis servidores... — Pixelín estaba al borde del colapso, tratando de salvar los discos duros con las pruebas contra Dante
— Carguemos todo — dije, agarrándola del brazo — Desconecta todo mientras nosotros cargamos las máquinas en la furgoneta
— De acuerdo — dijo ella y todos nos pusimos a sacar las máquinas en tiempo récord
— ¡Vámonos! — gritó Fabián, cargando un bolso con municiones y arrastrándonos hacia la salida de emergencia del callejón
Corrimos hacia la furgoneta mientras los autos de los Rossi empezaban a oírse a lo lejos. La sensación de ser cazados era ahora una realidad física, un nudo en el estómago que no se iba. Dante Rossi había cruzado la última línea: había enviado a un fantasma a nuestra casa
— ¿Estás bien? — me pregunta Fabián una vez arriba del auto
— Si, yo estoy bien. ¿Tú cómo estás? Déjame ver esa herida — le digo tomándolo con cuidado del brazo para verlo
— Estoy bien, es apenas un corte, no es profundo. No moriré por ese corte, si eso es lo que te preocupa — me dice riendo
— ¿Sabes que si puedes morir por ese simple corte? Si no curamos la herida, puede infectarse y sino tratas la infección, puedes morir y no soportaría perderte — le digo con algunas lágrimas cayendo por mis mejillas
— Tontita, eso jamás va a pasar. Por ahora concentrémonos en conseguir otro lugar donde refugiarnos hasta tener un plan factible para derrotar a mí padre. Luego pensaremos en la herida — me dice limpiando mis mejillas
No dije más nada, simplemente me subí a horcajadas sobre él y comencé a besarlo. A pesar de ser muy posesivo y controlador, lo amaba y no quería perderlo, no ahora que él se me había metido hasta en la piel. Lo abracé con fuerza y así permanecimos por un buen tiempo, quería respirar antes de la tormenta
Mientras el coche quemaba neumáticos por las calles de Chicago, miré a Caroline. Ambas estábamos cubiertas de polvo, sangre y sudor, pero nuestras miradas se encontraron con una resolución inquebrantable. Ya no estábamos huyendo solo para sobrevivir. Estábamos huyendo para reagruparnos.
Dante Rossi creía que El Sastre nos asustaría. No entendía que lo único que había hecho era darnos la última excusa para no tener piedad. Ya no había refugios seguros, ni reglas, ni familia. Solo quedaba la cacería. Y esta vez, la presa iba a morderle la yugular al cazador.