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14: la noche que no llego
Dos días después de que Yougmin empezara en Lumière Noir, Sauching no apareció.
No hubo mensaje de advertencia. Solo un texto corto a las siete de la tarde:
*Sauching:*
Cena familiar. No voy esta noche. Duerme.
Yougmin leyó el mensaje tres veces antes de dejar el teléfono en la mesita de noche. No respondió. No había nada que decir. Sabía que las cenas familiares eran parte del guion: la familia Lee y la familia Takahashi sentados alrededor de una mesa larga, hablando de alianzas comerciales, de la boda que ya tenía fecha fija, de cómo todo encajaba perfectamente en el tablero.
Mientras tanto, en la mansión principal de los Lee en Setagaya, la mesa estaba puesta con porcelana fina y cristalería que reflejaba las luces de los candelabros. Minji ocupaba su lugar al lado de Sauching, vestida con un conjunto de seda azul noche que abrazaba su figura sin esfuerzo. Sonreía con calidez genuina a los padres de ambos, reía con los chistes del tío Takahashi, servía vino con gracia cuando correspondía. Ante todos era la novia perfecta: atenta, elegante, encantadora.
Sauching respondía con monosílabos educados, asentía cuando tocaba, ponía la mano en la espalda baja de Minji cuando pasaban de una habitación a otra. Nadie habría notado la distancia. Nadie excepto Minji, que sentía el vacío cada vez que él retiraba la mano un segundo antes de lo necesario.
Taeyong no estaba.
“Trabajo”, había dicho por teléfono esa mañana. Nadie preguntó más. En la familia Lee, “trabajo” podía significar cualquier cosa desde una reunión de accionistas hasta un ajuste de cuentas en algún puerto oscuro. Nadie insistía.
La cena transcurrió sin sobresaltos. Brindis por la unión de las familias. Discursos breves. Fotos obligatorias para el álbum familiar. Minji besó a Sauching en la mejilla al despedirse, un beso casto que duró lo justo para las cámaras del teléfono de su madre. Él no la miró a los ojos.
Cuando todos se fueron, Sauching se quedó un rato más en el estudio de su padre, revisando documentos. No pensó en Yougmin. O tal vez sí, pero lo apartó como apartaba todo lo que no encajaba en el horario.
En el apartamento 3801, Yougmin estaba solo en la cama.
La habitación estaba oscura salvo por la luz azulada del celular que tenía en la mano. No veía nada en la pantalla. Solo miraba el techo, donde las sombras de los edificios de enfrente se movían con el viento.
Pensó en Sauching sentado a la mesa con Minji. En cómo ella le pondría la mano en el brazo, en cómo él no la retiraría. En cómo, dentro de dos semanas, diría “sí, acepto” frente a cientos de personas mientras Yougmin estaría aquí, esperando un mensaje que tal vez no llegara esa noche.
Y por primera vez, el pensamiento le dolió de verdad.
No quería que se casara.
Era egoísta. Lo sabía. Sauching se lo había dejado claro desde la primera noche: amante. Nada más. No novio. No pareja. Solo cuerpo disponible cuando él lo pidiera, compañía cuando la necesitara, silencio cuando no. Yougmin había aceptado eso. Había firmado con su cuerpo y con su silencio.
Pero últimamente sentía algo extraño en el pecho.
Una presión cálida que aparecía cuando Sauching lo abrazaba por la espalda para dormir. Un alivio inmediato cuando oía la llave en la puerta. Una calma que solo llegaba cuando Sauching estaba cerca, cuando lo tocaba, cuando lo miraba con esos ojos negros que no pedían permiso pero tampoco mentían.
Tal vez era amor.
La palabra le dio miedo. La pronunció en silencio, solo para probarla.
“Lo amo”.
Y se sintió ridículo. Porque Sauching no quería amor. No lo había pedido. Lo había rechazado desde el principio con palabras frías y claras. “No te equivoques. Eres mi amante. Nada más.”
Yougmin cerró los ojos con fuerza.
No se lo diría nunca.
No iba a romper el acuerdo. No iba a pedir más de lo que le habían dado. Pero tampoco podía mentirse a sí mismo. El sentimiento estaba ahí, creciendo despacio, como una planta que nadie había regado pero que igual encontraba agua en alguna grieta.
Se sentó en la cama. Tomó el teléfono y abrió la app del banco.
La cifra en la cuenta era obscena.
veinte millones habían sido el pago inicial. Luego las transferencias mensuales de Sauching: quinientos mil yenes aquí, un millón allá, regalos en efectivo disfrazados de “para lo que necesites”. Acumulado, era suficiente para vivir cómodamente la mitad de su vida sin trabajar. Sin preocupaciones. Sin depender de nadie.
Yougmin miró la pantalla durante minutos.
Si Sauching se casaba y decidía que ya no lo necesitaba… si la esposa ocupaba demasiado espacio en su agenda… si simplemente se cansaba…
Tendría esto.
Dinero. Un techo. Seguridad.
Pero no tendría a Sauching.
Y eso, por primera vez, le parecía el peor de los escenarios.
Apagó el teléfono. Se acostó de nuevo. Se abrazó a sí mismo, imitando el abrazo que Sauching le daba por las noches.
Cerró los ojos.
No lloró.
Solo esperó.
Como siempre.
Que la llave girara en la cerradura.
Que el colchón se hundiera a su lado.
Que el brazo lo rodeara.
Y que, aunque fuera solo por unas horas, el mundo se sintiera completo otra vez.
Aunque supiera que, dentro de poco, el anillo en el dedo de otra persona podría cambiarlo todo.