Mi vida nunca fue mía. Primero fueron los golpes de mi padre y sus gritos recordándome que no valía nada, hasta que finalmente decidió ponerme un precio. Me vendió como si fuera un objeto para pagar su maldita deuda.
Ahora mi dueño es Dante.
Él es frío, letal y no tiene piedad con nadie, pero me necesita para llevar las cuentas de su imperio. Pensé que pasaría de un infierno a otro, pero en sus ojos oscuros encuentro algo que nunca conocí. Ahora estoy atrapada entre los números de la mafia y el deseo por el hombre que me compró.
¿Se puede amar a quien te posee?
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Capítulo 8: Sombras de Justicia
POV: Dante
El reloj de la suite marca las tres de la mañana. El silencio es denso, una entidad física que llena los rincones de la habitación, roto solo por los suspiros entrecortados de Alessia. Ella se agita entre las sábanas de seda, atrapada en los ecos del tiroteo de Palermo. Cada vez que su cuerpo se tensa, mi propia mandíbula se aprieta. Me he pasado horas sentado en la oscuridad, observándola, con los nudillos blancos de tanto apretar los brazos del sillón de cuero.
Verla romperse en ese callejón me quemó por dentro de una forma que no puedo explicar con lógica. Como contadora, ella debería ser solo un activo para mis libros, una pieza de ajedrez para organizar el imperio Vitale. Pero ahora, mientras la veo luchar contra sus demonios en sueños, me doy cuenta de que es algo que mi instinto exige proteger con una violencia que me asusta incluso a mí. No es piedad; es una posesión absoluta.
Mi teléfono vibra en mi bolsillo, rompiendo el trance. El mensaje es corto: "Lo tenemos en el sótano, Don Dante. Aún respira".
Me levanto sin hacer ruido, mis movimientos son los de un depredador que ha encontrado su rastro. Me aseguro de que el arma esté cargada —el peso del metal es un consuelo familiar— y bajo a las entrañas de la villa. Aquí abajo, el aire cambia; huele a piedra húmeda, a encierro y a pecados antiguos que nunca ven la luz del sol. Al entrar al sótano, la luz de una bombilla desnuda parpadea, iluminando al hombre atado a la silla de madera. Es un sicario de poca monta, uno de esos perros que mi tío Marcello usa para ensuciarse las manos cuando no quiere dar la cara.
—¿Quién te envió? —mi voz suena como el metal chocando contra el hielo, carente de cualquier rastro de humanidad.
El hombre intenta escupir sangre hacia mis zapatos, un gesto de valentía estúpida. Le agarro del cabello con fuerza bruta, tirando de su cabeza hacia atrás y obligándolo a mirar el abismo negro que hay en mis ojos.
—Mírame bien —le susurro al oído—. Tienes diez segundos antes de que deje de ser un hombre y me convierta en algo que preferirías no haber conocido nunca. Empezaré a arrancarte los dedos uno por uno, y cuando me canse, buscaré a tu familia. Así que elige rápido: ¿Marcello o Enzo? ¿Quién te dio la orden de disparar cerca de ella?
POV: Alessia
Me despierto gritando, pero el sonido se queda atorado en mi garganta, convirtiéndose en un ahogo seco. El vacío a mi lado en la cama me hiela la sangre más que el aire acondicionado.
Dante no está. El pánico de anoche intenta regresar, esa sensación de asfixia que me hace sentir pequeña y desamparada, como si todavía estuviera en ese callejón oscuro con el olor a pólvora quemándome los pulmones.
—¿Dante? —susurro, pero solo el eco de mi voz me responde.
Me pongo la bata de seda, buscando desesperadamente su rastro. Necesito su presencia para convencerme de que estoy viva. Salgo al pasillo, guiada por un murmullo que viene de las escaleras de servicio. Bajo los escalones de piedra, temblando de frío, hasta que el olor a hierro y humedad me golpea. Al final del pasillo, veo a Dante.
Me detengo en la sombra, oculta por una columna de mármol frío. El hombre que veo allí abajo no es el Dante que me compró vestidos en Palermo ni el que me mira con curiosidad sobre los libros contables. Es un monstruo. Sus mangas blancas están remangadas, sus manos manchadas de un rojo espeso y su rostro es una máscara de crueldad absoluta, desprovista de alma.
—¡Habla! —ruge Dante, y el sonido de un golpe seco contra la carne me hace saltar.
—¡Fue... fue el joven! —chilla el hombre atado, con la voz quebrada por el terror—. ¡Enzo! Él dio la orden... Dijo que solo debía asustarla... que si ella tenía miedo de morir a tu lado, correría hacia él buscando seguridad... que tú no podías protegerla de la guerra que se avecina.
Me tapo la boca con las manos para no sollozar en voz alta. Enzo. El primo que me miró con una lascivia mal disfrazada de amabilidad en el jardín. Él fue quien apretó el gatillo emocional que me devolvió a mis traumas más profundos. No quería matarme, quería quebrarme para que yo buscara refugio en sus brazos venenosos.
POV: Dante
Escuchar el nombre de mi primo es la sentencia de muerte definitiva. No es solo una traición a la familia; es una violación a mi propiedad personal. Enzo ha usado la fragilidad de Alessia, su pasado doloroso, como un arma contra mí.
Siento un movimiento en las sombras detrás de mí. Mi entrenamiento se activa antes que mis pensamientos; me giro rápidamente, con la mano en la culata del arma, pero mi corazón se detiene al verla. Alessia está allí, pequeña, envuelta en seda blanca que parece brillar en este agujero inmundo. Tiene los ojos llenos de lágrimas y su cuerpo tiembla tan violentamente que temo que se rompa frente a mí.
—Alessia... no deberías estar aquí. Vuelve arriba ahora mismo —digo, dando un paso para tapar con mi cuerpo la visión del hombre ensangrentado.
Ella me mira, y luego baja la vista hacia mis manos. Mis nudillos están cubiertos de la sangre de ese tipo. Retrocede un paso, y el miedo que brilla en sus ojos es un cuchillo en mi orgullo.
—¿Tú... tú hiciste esto? —susurra. Su voz es un hilo de seda a punto de romperse bajo una presión insoportable—. ¿Eres igual a ellos, Dante? ¿Igual a los hombres que me destruyeron antes?
Me detengo en seco. Sé que me ve como a su padre en este momento: un hombre violento en una habitación oscura ejerciendo poder sobre otro. Me quito la chaqueta con calma forzada y me limpio las manos con un paño sucio, tratando de suavizar mi expresión, aunque la furia sigue hirviendo como lava bajo mi piel.
—Lo hice por ti, Alessia —me acerco a ella con lentitud, como si fuera un pájaro herido que puede salir volando ante el menor ruido—. Este hombre intentó destruirte anoche. Intentó que volvieras a ese infierno de donde te saqué. Mi trabajo es asegurarme de que nadie, ni siquiera mi propia sangre, vuelva a ponerte una mano encima. Si para protegerte tengo que ser el monstruo que asuste a los demás monstruos, que así sea.
POV: Alessia
Dante se detiene frente a mí. Su presencia es abrumadora, me rodea como una tormenta. Sus manos, aunque marcadas por la violencia de hace unos minutos, no se levantan contra mí. A diferencia de mi padre, no hay odio en su mirada. Hay una posesión feroz, una protección que me aterra porque sé que no es libre, pero que me atrae porque es lo único que me mantiene a salvo.
—Me prometiste que estaría segura —le digo, con las lágrimas rodando por mis mejillas.
—Y lo estás. Porque ahora sé exactamente a quién tengo que eliminar para que duermas tranquila —responde él con una frialdad que me estremece.
Me derrumbo. La adrenalina me abandona y mis piernas ceden. Dante reacciona antes de que mis rodillas toquen el suelo frío; me atrapa, levantándome en vilo y cargándome contra su pecho como si no pesara nada. Escondo la cara en el hueco de su cuello, inhalando su aroma: una mezcla de perfume caro, tabaco y ese olor metálico de la sangre que ahora forma parte de mi realidad. Lloro sin control, aferrándome a su camisa, manchándola, pero a él no parece importarle.
—Tengo miedo, Dante... —sollozo entre sus brazos—. No quiero volver a ese callejón... no quiero que Enzo me toque... no quiero ser una moneda de cambio otra vez.
—Nadie va a tocarte —su voz vibra contra mi oído, grave y firme—. Escúchame bien: Soy el dueño de esta casa y el dueño de tu contrato, Alessia. Enzo ha cometido el error de su vida al creer que podía jugar con lo que me pertenece.
Me carga de vuelta a la suite, subiendo las escaleras con paso firme mientras sus hombres, que aparecen de la nada como fantasmas, se encargan de limpiar el desorden del sótano. Me deposita en la cama con una delicadeza que me confunde; sus manos, que hace poco causaban dolor, ahora me arropan con cuidado. Se sienta a mi lado y me acaricia el cabello, apartando los mechones húmedos de mi cara.
—Duerme, pequeña contadora. Mañana habrá una reunión de familia en el salón principal —dice, y sus ojos brillan con una promesa de venganza que me corta la respiración—. Enzo va a descubrir lo que significa intentar robarle algo a Dante Vitale. Mañana se acaba el juego de las sombras. Y tú no tendrás que decir ni una palabra. Solo siéntate a mi lado, mantén la cabeza alta y mira cómo destruyo a cualquiera que se haya atrevido a hacerte llorar.
Me quedo dormida aferrada a su mano, su pulgar acariciando mis nudillos. Sé que Dante es un monstruo, un hombre que acaba de torturar a alguien a unos metros de donde duermo. Pero en este nido de víboras que es la mafia, prefiero estar bajo la sombra de un demonio que me reclama como suya, que a merced de los "familiares" que me vendieron al mejor postor.