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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: La felicidad cotidiana

La noche después de la inauguración fue diferente.

Monserrat lo supo en el momento en que cerró los ojos. Algo en el aire de la habitación, en la calidad del silencio, en la manera en que su cuerpo se acomodó entre las sábanas. El espacio había cambiado sin moverse.

Había sentido algo. Esa noche, en el borde del sueño. Un calor que no era de este mundo. Una presencia que no podía nombrar.

No lo analizó entonces. Tampoco lo hacía ahora.

Pero su mano, apoyada sobre el pecho —donde el vacío solía instalarse—, notó que aquella ausencia tardó en llegar.

Y eso, de algún modo, era suficiente.

La luna entraba por la ventana, dibujando las grietas del techo en la penumbra. Las mismas de siempre. Pero ella las miraba de otra manera.

Esperaba algo.

Sabía que algo iba a pasar.

No supo en qué momento se durmió.

Solo que un instante estaba mirando el techo… y al siguiente—

La cocina es pequeña.

No es la de la villa. Es más humilde, más vivida. Los armarios, de madera oscura, tienen las puertas ligeramente desencajadas. Las baldosas de barro cocido están gastadas por años de pisadas.

En la ventana, el vaho de la mañana empaña los cristales. Detrás se adivina un día gris de invierno, con promesa de lluvia.

Ella está sentada a la mesa.

La mesa es de madera, marcada por cuchillos y manchas de vino que el tiempo ha vuelto casi negras. Frente a ella, una taza humea.

No es como las de la villa. Es de cerámica basta, con una pequeña grieta en el borde. Una grieta que conoce. Que ha recorrido con el dedo muchas veces.

El olor del café recién hecho llena el espacio. No es el café perfecto de las mañanas en Florencia. Es más fuerte, más terroso. El que se toma cuando el frío cala los huesos.

Detrás, un crepitar. Una estufa de leña, quizá. O un radiador viejo. El calor que desprende es denso, envolvente. El tipo de calor que invita a quedarse.

Y entonces, pasos.

No necesita volverse.

Los conoce.

Los ha oído durante años, durante vidas, durante todo el tiempo que existe la palabra “siempre”.

Él se acerca por detrás y apoya las manos en sus hombros. El gesto es tan cotidiano, tan natural, que ella no se sobresalta. Solo inclina ligeramente la cabeza y apoya la mejilla en el dorso de sus manos.

Las manos de él son cálidas. Grandes. Con las yemas apenas ásperas.

Las conoce.

—¿Has dormido bien? —pregunta él.

Su voz.

Esa voz.

La que ha oído en otros sueños, en otros tiempos, en el borde de la conciencia cuando el mundo se desdibuja.

—Siempre duermo bien cuando estás aquí —responde ella.

—Siempre estoy aquí.

—Lo sé.

Él le sirve más café.

Ella toma la taza y la sostiene entre las manos, sintiendo el calor trepar por sus palmas. La grieta del borde roza su labio inferior cuando bebe.

Ese detalle.

Ese pequeño detalle que hace que esa taza sea suya. De ella. De los dos.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —pregunta.

—No lo sé. ¿Lo de siempre?

—Lo de siempre está bien.

—Sí. Lo de siempre está bien.

Él se sienta frente a ella.

Por primera vez en el sueño podría verlo si quisiera. Pero no lo necesita. Sabe quién es, como sabe que es de día aunque tenga los ojos cerrados.

Su presencia llena la cocina. La mesa. El aire.

No hay vacío.

No hay ausencia.

Solo esto: una mañana cualquiera, con café caliente, frío al otro lado del cristal y él frente a ella.

Él extiende la mano sobre la mesa.

Ella coloca la suya encima.

Los dedos se entrelazan con la facilidad de quien ha hecho ese gesto mil veces. Sin prisa. Sin urgencia.

Solo estar.

—Hace frío hoy —dice ella.

—Sí. Pero aquí dentro no.

Ella mira por la ventana. El vaho. El gris. La promesa de lluvia.

Luego vuelve a él.

Él la está mirando.

No con la intensidad de otros sueños. No con la urgencia de las despedidas. La mira como se mira algo que siempre ha estado ahí y siempre estará.

Con calma.

Con certeza.

Pero, en el fondo, en la forma en que sus ojos recorren su rostro, en la lentitud con que parpadea, hay algo distinto.

Es una mirada que memoriza.

—¿Qué? —pregunta ella.

—Nada. Solo que…

—¿Qué?

—Que no quiero que esto se termine.

Ella frunce el ceño. La idea no tiene sentido.

—¿Por qué iba a terminarse?

Él no responde.

Solo aprieta su mano un poco más. Un gesto mínimo. Casi imperceptible.

Ella no le da importancia.

Bebe el último sorbo de café. La taza, vacía, sigue caliente entre sus manos.

Él sonríe.

Esa sonrisa pequeña.

La de siempre.

Y entonces—

Monserrat abrió los ojos.

La habitación estaba oscura. El techo, con sus grietas. La almohada húmeda bajo su mejilla. El silencio de la villa.

No supo dónde estaba.

Un segundo.

Dos.

El techo seguía ahí. Las grietas. Pero su cuerpo no terminaba de creérselo.

Sentía todavía el calor de la estufa, aunque la habitación estaba fría. Sentía el peso de una mano sobre la suya, aunque sus manos estaban vacías. Sentía en los labios el borde áspero de una taza que no existía.

El sueño se deshacía como humo.

La cocina. La mesa. La grieta en la taza.

Todo se desvanecía.

Pero algo permanecía.

La certeza, recién estrenada, de que existía un lugar donde encajaba sin fisuras.

Un lugar donde no faltaba nada.

Y entonces llegó el vacío.

No de golpe. Poco a poco. Como el agua que llena un hueco que no sabías que estaba allí hasta que empieza a ocuparlo.

Primero, un peso en el pecho.

Luego, la conciencia: lo que había sentido ya no estaba.

Después, la certeza: era un sueño. Solo un sueño.

Su mano, sobre la cama, buscó algo.

La taza.

La mano de él.

Algo que sostener.

No había nada.

Sus dedos se cerraron sobre el aire. Sobre la sábana. Sobre la nada.

El vacío, ahora, era insoportable.

No porque fuera más grande que otros vacíos.

Sino porque ahora sabía lo que lo llenaba.

Llevó la mano al pecho.

El corazón latía rápido. Demasiado rápido. Como si todavía estuviera allí, en esa mesa, con esa taza, con él.

Los labios aún recordaban el borde de la cerámica.

La mejilla, el calor de sus manos.

Las manos, el hueco de las suyas.

Y entonces, antes de que la ausencia se volviera insostenible, antes de que el primer sollozo encontrara salida…

Llegó.

No con estruendo. No con aviso.

Simplemente, el aire se volvió más denso. La temperatura, más alta.

Una presencia sin cuerpo ocupó el espacio junto a ella.

Calor.

No venía de fuera.

No venía de dentro.

Llegaba de un lugar que no existía en los mapas, pero que su cuerpo conocía.

Monserrat no se movió.

No abrió los ojos.

Algo en ella —más hondo que el pensamiento, más antiguo que cualquier recuerdo— se abrió para recibirlo.

Como la tierra sedienta recibe la lluvia.

Sin preguntas.

Sin resistencias.

El vacío no desapareció. Seguía ahí, en el pecho, en las manos, en los labios que aún recordaban.

Pero ya no pesaba solo.

Como si aquella presencia cargara con la mitad.

No supo cuánto tiempo pasó.

Minutos.

Segundos.

El tiempo, en esa habitación, tenía otra textura.

La presencia se quedó.

Luego, sin brusquedad, comenzó a replegarse.

No se fue: se retiró como la marea cuando sabe que volverá.

Primero la densidad disminuyó. Luego la temperatura recuperó su punto habitual. Después, solo el silencio.

Cuando se fue, el vacío regresó.

Pero algo en él había cambiado.

Ya no era un pozo sin fondo.

Era una espera con forma de ausencia.

Monserrat siguió inmóvil.

La mano, todavía tendida sobre la cama, conservaba el recuerdo de aquel calor.

No hizo nada por retenerlo. No intentó comprender.

Solo dejó que la noche respirara a su alrededor.

El cielo, detrás de la ventana, empezó a aclarar.

Primero, un gris tenue, casi imperceptible.

Luego, un azul pálido, como el de las mañanas de invierno antes de que salga el sol.

Después, el rosa del amanecer tiñendo las nubes bajas.

No volvió a dormir.

No lo necesitaba.

Miró su mano, abierta sobre la sábana.

Vacía.

Pero ya no era la mano de quien solo espera.

Era la mano de quien, por primera vez, tiene algo que esperar.

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Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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