Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas
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El peso de una promesa.
El peso de una promesa
La semana previa a la boda fue un torbellino incesante para Lorena, atrapada entre dos fuegos maternales: su propia madre, Olga, práctica y eficiente, y su futura suegra, Ekaterina Volkov, una mujer de una elegancia intimidante y gustos desorbitados. Juntas, la sometieron a una maratón de compras que abarcó desde su ajuar hasta los más mínimos detalles del banquete, todo bajo el lema no escrito de que debía convertirse en la digna nuera de los Volkov. El cansancio visible se acumulaba bajo sus ojos, un contraste con la luminosidad que aún lograba rescatar de su gesto. Pero no había tregua: entre probadores de seda y catálogos de flores exóticas, Lorena alternaba con sus obligaciones en la universidad, donde estaba terminando el semestre con un estrés añadido.
Además, cumplía con su subpasantía en la prestigiosa oficina de arquitectos de una de las empresas de Dimitri, una oportunidad dorada que la obligaba a revisar planos y maquetas con la cabeza a punto de estallar. Y como si fuera poco, su embarazo' ya de 8 semanas, con una barriga plana aún, que no delata su estado pero exigía sus propios hitos: la ecografía morfológica, los análisis de sangre, las noches de insomnio y los antojos repentinos. Cada logro, cada avance en el vientre, se mezclaba con las listas de invitados y las pruebas de menú. Era una locura coreografiada, y Lorena, aunque exhausta, sonreía pensando que todo ese caos era el precio de empezar una nueva vida al lado del hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
La boda civil fue en un hermoso salón de moda en el corazón de Moscú, un espacio de techos altísimos y candelabros de cristal que parecían flotar en el aire. La organizadora, la legendaria Celeste D'Angelo, conocida por preparar festejos para la realeza europea y magnates del petróleo, había desplegado todo su repertorio: desde alfombras de pétalos de rosa búlgaros hasta una fuente de champán que costaba más que un apartamento en el centro. Los Volkov, en palabras de la propia Celeste, «habían tirado la casa por la ventana».
Cada detalle gritaba lujo: las sillas eran de terciopelo burdeos, los centros de mesa combinaban orquídeas negras con diamantes talla esmeralda, y una orquesta sinfónica tocaba composiciones originales escritas para la ocasión. Lorena, vestida en un elegante traje color marfil que disimulaba su incipiente tripa, caminó hacia el registro civil improvisado entre suspiros de admiración. Dimitri la esperaba al final, impasible como siempre, pero con una chispa en sus ojos grises que ella solo había visto una vez antes. No hubo discursos largos, solo las palabras precisas y el intercambio de anillos de platino con grabado interno. Al terminar, un murmullo de aprobación recorrió la sala. Pero lo mejor estaba por llegar: la ceremonia religiosa, el verdadero sello de los Volkov, tendría lugar al día siguiente en una antigua iglesia de Moscú.
Al amanecer del día siguiente trajo consigo un frío cortante, pero el sol brillaba sobre las cúpulas doradas de la pequeña iglesia ortodoxa que los Volkov habían elegido para la ceremonia religiosa. Lorena salió de la casa de sus padres del brazo de su padre, un hombre callado y orgulloso que apretó su mano con más fuerza de lo habitual. El vestido, esta vez, era un prodigio de encaje y seda, cola de tres metros que sus primas sostenían con cuidado. Al llegar a la puerta del templo, el padre de Lorena le besó la frente y se la entregó a Dimitri, que esperaba ansioso, con el vaho escapándose de sus labios por el gélido aire, pero con una sonrisa tan cálida que desmentía su reputación de hombre de hielo.
El interior de la iglesia olía a incienso y cera; las velas parpadeaban frente a los íconos dorados. El cura, un anciano de barba larga y voz grave, comenzó la ceremonia con las palabras tradicionales: «Hermanos y hermanas, nos hemos reunido aquí para atestiguar el santo matrimonio de Dimitri y Lorena». Luego, mirándolos fijamente, añadió: «El amor no es un sentimiento, es un pacto frente a Dios. ¿Prometen sosteneaún aun en la sequía y en el diluvio?». Dimitri respondió con un «Sí» firme como una roca. Lorena, con lágrimas contenidas, dijo: «Lo prometo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separe». Dimitri tomó entonces su mano y, con una voz quebrada por la emoción, añadió sus propios votos: «Te prometo protegerte con mi vida, respetar tu alma y criar a nuestros hijos en la verdad. No habrá tormenta que me aleje de ti». Al terminar la ceremonia, Lorena, sonriendo, lanzó su ramo de azahares hacia atrás. Cayó directamente en las manos de su amiga Karla, que gritó de alegría mientras todos reían.
La fiesta posterior se trasladó al famoso salón de moda de Moscú, transformado ahora en un delirio de luces, música y champagne. Las mesas estaban cubiertas de mantelería bordada a mano y, en cada rincón, artistas de circo, bailarines y unDJ que mezclaba clásicos rusos con éxitos actuales mantenían a los invitados en una euforia constante. Dimitri bailó con Lorena pegada a su pecho, sus manos reposando sobre su vientre, mientras ella reía sin parar. Olga y Ekaterina, por primera vez, brindaron juntas sin una sola pulla.
Pero la noche se acababa rápido: a medianoche, una limusina negra los esperaba para llevarlos directamente al aeropuerto privado. Lorena, ya cambiada en un cómodo conjunto de viaje, se despidió de sus padres y de Karla, aún emocionada por el ramo. Abordaron el jet privado de los Volkov, un Bombardier Global 7500 con interiores de mármol y cuero blanco. Dimitri la llevó en brazos hasta el asiento principal y, mientras el avión despegaba hacia Roma —su luna de miel soñada, le susurró al oído: «Esto es solo el comienzo». Lorena cerró los ojos, sintiendo el suave despegue y el aleteo de su bebé dentro de ella, y supo que, pase lo que pase, había tomado la decisión correcta.