historia de Alfas, omegas y betas
NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 1 - Papeles
El Centro de Clasificación huele a lavandina rebajada y a papel viejo. No a feromonas —eso no lo huelo yo— sino a las cosas que sí dejan rastro para un beta: el metal frío de los sellos, el zumbido de los tubos de luz que nunca cambian a tiempo, el café que se quema en la cafetera del subsuelo y que Lidia, la de Recepción, toma a sorbos aunque ya le dijeron que le arruina el estómago. Llevo ocho años entrando por la puerta lateral a las siete menos diez, fichando, subiendo los tres pisos hasta el archivo del tercero, donde las ventanas dan a la calle Rivadavia pero nunca las abro porque el polvo entra y después tengo que limpiarlo yo.
Mi escritorio es el del fondo, al lado del armario de los expedientes cerrados. Nadie quiere ese lugar porque el calefactor hace ruido y porque estás lejos de la ventana. A mí me sirve. Desde ahí veo quién entra y quién sale sin que me vean a mí. No es que espíe. Es que si sos beta aprendés a no estar en el camino de nadie. El camino de un alfa es ancho. El de un omega, cuando lo llevan, es escoltado. El nuestro es la orilla.
Esa mañana de marzo había olor a lluvia afuera y a desinfectante adentro. El Censo de los dieciséis se hacía en el gimnasio, pero los resultados terminaban en mi mesa a la semana siguiente. Las carpetas venían con la tapa celeste para los alfas, rosa para los omegas, gris para nosotros. La mayoría grises. Siempre la mayoría grises. Eso también es parte del diseño: si fuéramos pocos, seríamos raros. Si somos muchos, somos normales. Invisibles por cantidad.
Lidia subió con la pila a las nueve y cuarto. “Dieciocho grises, tres alfas, una omega”, dijo, y dejó caer la pila sobre la mesa sin mirar los nombres. Lidia es beta también, pero de las que creen que si hacés bien tu trabajo te dan una medalla. Tiene cuarenta y dos y todavía usa el brazalete como si fuera nuevo, sin rayones. Yo tengo el mío gastado en el borde porque a veces me lo rasco sin darme cuenta cuando leo demasiado rápido.
Clasifiqué. Escaneé. Cargué los números en el sistema. Los alfas nuevos iban a la lista de la Guardia Juvenil, los omegas a la lista de “Seguimiento Hormonal” —que es una forma elegante de decir “controlar cada cuánto se les vence el supresor”—. Los betas iban a “Archivo General”. Fin.
A las once y media sonó el timbre de abajo. No el de las citas. El otro, el que usan cuando viene alguien que no necesita cita. Levanté la cabeza. Lidia atendió por el interno y después me miró desde la puerta. “Es Pretoriana”, dijo, y eso fue todo lo que necesitó decir para que me enderezara. La Pretoriana no clasifica. La Pretoriana verifica. Y cuando verifica en el Centro, alguien hizo mal un papel.
No bajé. No me corresponde. Me quedé con los ojos en la pantalla y las manos en el teclado, pero dejé de tipear. Los escuché subir. Botas. Dos pares. Uno pesado, seguro; otro más liviano, que se apuraba para no quedarse atrás.
El primero que entró fue el Capitán Valenti. No necesitaba leerle el nombre en la placa —que igual traía—. Lo había visto en las transmisiones del Día de la Unidad: el alfa que encabezó la limpieza del Sector 9 después de los disturbios. Alto, hombros anchos, cicatriz que le parte la ceja izquierda y le sigue hasta el pómulo. No iba de uniforme. Campera oscura, pantalón de fajina. El brazalete rojo no se lo saca nunca. No le hace falta. La gente se aparta igual.
Detrás entró Elián Rinaldi. Y ahí sí levanté la vista del todo porque no entendía qué hacía ahí. En los diarios salía siempre con el padre, el Consejero Rinaldi, en los actos de “Juventud y Tradición”. Pelo castaño, ojos claros, la mandíbula todavía de chico aunque ya tuviera diecinueve. Llevaba un buzo con capucha dos talles más grande y las manos metidas en los bolsillos. No llevaba brazalete a la vista. Eso era ilegal.
Lidia se puso de pie. “Capitán.”
Valenti no contestó. Le dio un papel doblado. Lidia lo abrió, leyó, y la cara se le puso blanca. Me miró a mí por encima del papel. “Traé el expediente de Rinaldi, Elián.”
No dije nada. Me levanté y fui al armario. R de Rinaldi. Había una carpeta rosa, nueva. La saqué. Cuando volví, Valenti estaba parado junto a la puerta y Elián en el medio de la sala, con los ojos en el piso. No temblaba. Pero tenía los nudillos blancos de tanto apretar los bolsillos desde adentro.
Le di la carpeta a Lidia. Ella la abrió. “Omega confirmado en segundo Censo. Supresores nivel III. Asignación pendiente por orden del Consejo. Ceremonia programada 12/03 con Pretoriano Lazzari, Tomás.”
Lazzari. Lo conocía de nombre. Otro de la Pretoriana. Cuarenta y tantos, alfa viejo, de los que todavía hablan de “linaje puro”. Había visto su foto en un expediente de hace dos años: denuncia archivada por “uso excesivo de autoridad en asignación”.
Elián no se movió cuando Lidia leyó. Valenti sí. Un paso hacia adelante. No hacia Lidia. Hacia Elián. Y le puso la mano en el codo. Un segundo. Nada más.
“Capitán, esto ya está cerrado”, dijo Lidia, y la voz le salió más aguda.
Valenti no la miró. Miró la carpeta. “Revisión por irregularidad en la dosis. El chico está en supresión fuera de protocolo. Eso es riesgo para la unidad asignada.”
Lidia pestañeó. “Eso lo decide el médico del Consejo.”
“Lo decide el Pretoriano a cargo de la seguridad del Consejo”, dijo Valenti, y la voz no subió de volumen, pero hizo que el aire se pusiera más pesado. O eso me pareció. Porque de golpe sentí algo en el pecho, como si alguien me hubiera apoyado una mano sin tocarme. No era olor. Era presión. La misma que sentís antes de que estalle una tormenta.
Elián levantó la cabeza por primera vez. No miró a Valenti. Me miró a mí. Un segundo. Tenía los ojos irritados, sí, pero no por llanto. Por los parches. Y por no dormir. Y ahí entendí lo que decía el informe que Lidia no había leído en voz alta: “Omega dominante”. No sabía qué significaba en términos médicos. Lo entendí en términos humanos: no bajaba la cabeza por instinto. La bajaba porque si no lo hacía, lo rompían.
Valenti soltó el codo. “Vamos.”
Lidia no discutió más. No porque estuviera convencida. Porque era beta y porque él era alfa de la Pretoriana. Fin.
Salieron. Primero Valenti, después Elián, que caminaba como si cada paso le costara decidirlo. Cuando la puerta se cerró, Lidia respiró. “Anotá salida con custodia. Revisión médica. Devolvé la carpeta a Cerrados.”
Asentí. Pero no devolví la carpeta.
No sé por qué. No fue un plan. Fue un reflejo al revés: en vez de apartarme, me quedé en el medio. Abrí la carpeta. Le saqué foto a cada hoja con el celular viejo que uso para fichar —la cámara mala, pero suficiente—. Después la cerré y la puse en la pila de Cerrados. A las seis, cuando me fui, el celular me pesaba en el bolsillo como si fuera un ladrillo.
En casa —departamento de dos ambientes en la calle San Martín, alquiler a nombre de mi madre aunque ella murió hace tres años— puse a hervir agua para fideos y conecté el celular a la computadora. Pasé las fotos. Las abrí. Y leí.
Elián Rinaldi. Diecinueve. Omega. Segunda presentación a los dieciocho. Supresores nivel III desde los dieciséis —antes de la ley—. Notas del médico: “Resistencia atípica. Requiere ajuste cada veintiún días en lugar de treinta. Tendencia a la dominancia en test de respuesta. Riesgo de quiebre si se fuerza vínculo no consensuado.” Al margen, con otra letra: “Ignorar. Prioridad política. Asignar Lazzari.”
La firma era del Consejero Rinaldi. Su padre.
Dejé de leer. Apagué la computadora. Comí los fideos fríos.
Esa noche no dormí. No por el expediente. Por lo otro. Por la presión en el pecho que no se fue cuando Valenti salió. Por la mirada de Elián cuando me miró a mí y no a él. Por la frase que no estaba en ningún folleto: “Riesgo de quiebre si se fuerza vínculo no consensuado.”
A las tres de la mañana me levanté, saqué un pendrive del cajón de los cargadores y copié el archivo. Después lo metí en una media limpia y lo guardé en el cajón de las medias.
No soy valiente. No soy bueno. Soy beta. No huelo nada. Pero esa noche entendí que a veces no hace falta oler para saber que algo está podrido.
Y que si nadie anota lo podrido, se sigue pudriendo.
Al día siguiente volví al Centro a las siete menos diez, fiché, subí los tres pisos y me senté en el escritorio del fondo. Lidia me trajo café. “Ayer fue raro”, dijo.
“Sí”, dije.
No hablamos más.
Pero cuando a las diez sonó el timbre de abajo y Lidia atendió el interno y dijo “Capitán Valenti otra vez”, yo ya tenía la mano en el cajón de las medias aunque las medias estuvieran en casa.
Porque por primera vez en ocho años, no quería ser el fondo.
Quería saber qué pasaba después.