un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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I. cenizas y desdén
Zhaeryntha Vaelkríass:
El peso de la espada de práctica en mi mano derecha me resultaba casi insultante. Era una pieza de acero romo, equilibrada para principiantes, un juguete que se sentía ridículo frente a la magnitud de mi destino. A mi alrededor, el patio de entrenamiento de la Academia Vaelkríass apestaba a sudor, esfuerzo inútil y el miedo mal disimulado de aquellos que se hacían llamar "nobles guerreros".
—¡Zhaeryntha! ¡Mantén la guardia alta o el próximo golpe te enviará al fango! —bramó el instructor Korg, un hombre cuya única virtud era haber sobrevivido a un encuentro con un ogro de las montañas, a costa de media oreja y cualquier rastro de paciencia.
Rodé los ojos, sin molestarme en ocultar mi fastidio. El brillo gris de mi mirada se clavó en él por un segundo, lo suficiente para verlo titubear. Sabía que no debía desafiarme, pero su orgullo le obligaba a seguir con esta farsa de lección.
—Si el enemigo es tan lento como tus correcciones, Korg, la guerra terminará antes de que yo logre despeinarme —respondí con una voz gélida que cortó el aire más que su propia arma.
Me moví con una elegancia depredadora. Mis botas golpearon el suelo de piedra mientras esquivaba el ataque de un cadete que pretendía sorprenderme por el flanco. Ni siquiera lo miré; simplemente giré el cuerpo, sintiendo cómo los mechones plateados de mi cabello negro latigaban mi rostro pálido, y le propiné un golpe con el pomo de la espada directamente en el plexo solar. El muchacho se desplomó, jadeando por aire. Patético.
Un rugido profundo, como el eco de una avalancha de rocas, retumbó desde los riscos que flanqueaban el patio. No necesité levantar la vista para saber que él estaba allí. Vharok. Mi sombra, mi otra mitad. Su inmenso cuerpo negro, oscuro como un abismo sin fondo, estaba posado sobre la torre más alta, observando el entrenamiento con la misma mezcla de desprecio y aburrimiento que yo sentía. Sus ojos rojos eran dos brasas encendidas en la penumbra de la mañana, y sus alas enormes daban sombras a la mitad del regimiento.
Él no quería estar allí. Yo tampoco.
—¡Otra vez! —insistió Korg, señalando a dos nuevos oponentes—. ¡La disciplina es lo que separa a un jinete de un cadáver!
—La disciplina es para aquellos que no tienen el poder de dictar las reglas —mascullé, ajustando el guantelete de mi armadura oscura.
A lo lejos, en el extremo opuesto del patio, detecté un movimiento que me hizo tensar la mandíbula. Un grupo de jinetes llegaba desde las fronteras del sur. Entre ellos, un hombre desmontaba con una parsimonia irritante. Incluso desde esta distancia, podía sentir esa aura de seguridad insoportable que lo rodeaba. Kaelthoryn Dravenkael.
Su cabello castaño oscuro brillaba bajo el sol pálido, y esa sonrisa arrogante que parecía grabada en su rostro ya me estaba provocando un tic en la ceja. Sus ojos verdes buscaron los míos con una insolencia que solo un estratega demasiado confiado —o un idiota integral— se atrevería a mostrar.
Vharok soltó una bocanada de fuego negro al aire, oscureciendo el cielo por un instante, como si compartiera mi deseo de incinerar la sonrisa de Dravenkael allí mismo.
—Parece que la diversión finalmente ha llegado, Vharok —susurré para mí misma, ignorando por completo al instructor—. Aunque sea para enseñarle a ese arrogante que los dragones de ceniza no son nada frente a la verdadera oscuridad.
Cerré mi mano sobre la empuñadura de la espada. El entrenamiento aburrido se había terminado. La guerra, en cambio, estaba empezando a oler a azufre y sangre. Y yo estaba más que lista para reclamar mi trono de ceniza.
Kaelthoryn caminó hacia mí con esa elegancia perezosa que me revolvía el estómago. Se movía como si el patio de armas fuera su salón personal y nosotros, simples peones puestos allí para su entretenimiento. El sol se reflejaba en su armadura gris, recordándome la molesta presencia de su dragón, Rhyx, que seguramente andaba acechando entre las nubes como una sombra de humo.
—Vaya, vaya... pero si es la "Tormenta de Hielo" de los Vaelkríass —soltó Kaelthoryn cuando estuvo a pocos pasos. Se detuvo, cruzando los brazos sobre el pecho con una confianza que rozaba el insulto—. Sigues igual de encantadora, Zhaeryntha. Aunque ese ceño fruncido te va a dejar marca... y sería una lástima estropear un rostro tan... imponente.
Me dedicó una de esas sonrisas de lado, cargada de una provocación tan evidente que el aire a nuestro alrededor pareció cargarse de estática. Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en el brillo de mi armadura.
—¿Te han dicho alguna vez que la furia te sienta mejor que cualquier corona? —añadió, bajando el tono de voz de forma sugerente mientras se inclinaba un poco hacia mí—. Me pregunto si bajo todo ese acero late un corazón o solo hay más fuego negro.
Sentí el calor de la rabia subir por mi cuello. No era una rabia nueva; era una vieja conocida que se alimentaba de años de rencor.
—Tu lengua siempre ha sido más rápida que tu espada, Dravenkael —respondí, mi voz era un susurro peligroso—. Y me temo que ambas son igual de inútiles.
Él soltó una carcajada suave, esa risa que usaba para desarmar a las damas de la corte, pero yo no era una de sus conquistas de taberna.
—Siempre tan cortante. ¿Es así como vas a recibir a tu mayor rival después de meses? —Dio un paso más, invadiendo mi espacio personal—. Admítelo, me echabas de menos. Nadie más te hace sentir viva como yo lo hago en el campo de batall...
No lo dejé terminar.
Mi puño derecho salió disparado con la fuerza de una catapulta. No fue un golpe de entrenamiento, fue un golpe cargado con todo el desprecio que le guardaba. El impacto de mis nudillos contra su mandíbula sonó seco y satisfactorio. La cabeza de Kaelthoryn se sacudió hacia un lado y el impulso lo hizo retroceder varios pasos hasta que tropezó con un estante de lanzas.
El patio quedó en un silencio sepulcral. Hasta el instructor Korg pareció olvidar cómo respirar.
Me sacudí la mano, sintiendo el hormigueo del impacto, y lo miré con el más puro de los desdenes. Él se llevó la mano al rostro, tocándose la esquina de la boca donde empezaba a asomar un rastro de sangre.
Maldito idiota engreído, pensé, mientras mi mente se inundaba de recuerdos amargos.
Desde que éramos niños, Kaelthoryn había sido la espina clavada en mi costado. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, y sabía perfectamente que el sentimiento era mutuo. No era un odio simple; era una guerra de desgaste que había empezado en las cunas de hierro de nuestras casas. Si yo derribaba a tres ogros, él buscaba degollar a cinco. Si yo conseguía que Vharok escupiera fuego negro a una altura récord, él obligaba a Rhyx a volar entre las tormentas más peligrosas solo para demostrar que era más rápido.
Siempre compitiendo. Siempre intentando superarme, recordándome con su mera existencia que había alguien más que reclamaba el título de "el mejor estratega" o "el guerrero más letal". Era un veneno que nos alimentaba a ambos.
Él volvió a mirarme, y por un segundo, la máscara de seductor desapareció. Sus ojos verdes brillaron con una chispa de auténtica ferocidad, la misma que veía cuando cruzábamos aceros en el campo de batalla.
—Sigues pegando como un ogro herido, Vaelkríass —dijo, escupiendo un poco de sangre al suelo antes de volver a colocar esa maldita sonrisa en su sitio, aunque esta vez era más afilada—. Me encanta.
—La próxima vez —le advertí, dando un paso hacia él y dejando que la sombra de Vharok cubriera el patio por completo—, no usaré el puño. Usaré a Vharok para ver si tu dragón de humo es tan bueno extinguiendo incendios como tú lo eres desperdiciando mi tiempo.
Kaelthoryn Dravenkael:
Me toqué la mandíbula, sintiendo el latido sordo del dolor bajo la piel. Ese golpe no había sido una caricia, precisamente. El sabor metálico de la sangre en mi boca era un recordatorio de que Zhaeryntha no sabía lo que significaba la palabra "moderación".
La vi darse la vuelta, ignorándome por completo, con esa capa oscura ondeando tras ella como si fuera la dueña de la tormenta que se avecinaba.
—¡Vharok! —su voz no fue un grito, sino un comando absoluto, una vibración que pareció sacudir los cimientos del patio.
La enorme bestia negra descendió de la torre con una violencia elegante. El batir de sus alas levantó una nube de polvo y arena que obligó a los demás cadetes a cubrirse los ojos. Zhaeryntha subió al lomo del dragón con una agilidad que, muy a mi pesar, me resultó fascinante. No hubo vacilación, no hubo miedo. Solo una mujer y su monstruo fundiéndose en una sola voluntad.
El dragón soltó un rugido que hizo vibrar mis pulmones y se impulsó hacia el cielo, que ya se teñía de un gris plomizo y pesado. Vi su silueta negra recortarse contra las nubes de tormenta antes de desaparecer entre los primeros relámpagos.
—¡Vaya golpe, Kael! —la carcajada de Ryker me sacó de mis pensamientos.
Mis "amigos" se acercaron, rodeándome con palmaditas en la espalda y risas burlonas.
—Esa chica está loca —dijo uno de ellos, limpiándose las lágrimas de la risa—. ¿Viste cómo te miró? Es una estúpida engreída. Se cree la reina del mundo solo porque monta una pesadilla con alas.
—En serio, Kaelthoryn, tienes que dejar de intentar ser amable con ella —añadió otro—. No importa que seas el tipo más atractivo de los palacios; para ella eres solo un blanco de práctica. Es una salvaje.
Los escuchaba, pero sus voces me llegaban como un ruido de fondo, insignificante. Miré hacia el cielo, hacia el punto exacto donde ella se había perdido entre los nubarrones.
—Sí, es una salvaje —mascullé, limpiándome el rastro de sangre con el dorso de la mano.
Estaba furioso. Me dolía la cara y me ardía el orgullo por haber sido humillado frente a la mitad de la academia. Era una insufrible, una arrogante que no aceptaba una sola broma y que vivía con el escudo levantado, lista para decapitar a cualquiera que se le acercara demasiado. La odiaba. La odiaba desde que teníamos siete años y me empujó a un pozo de lodo solo para ganar una carrera.
Pero, mientras sentía el calor de la rabia, también sentía ese estúpido e involuntario chispazo de fascinación en el pecho. Nadie más en este reino me miraba con tanto fuego. Nadie más se atrevía a desafiarme de esa manera. Zhaeryntha Vaelkríass era un desastre natural, una tormenta de hielo y ceniza, y yo, por muy idiota que sonara, no podía dejar de mirar hacia el cielo esperando su regreso.
—¿Te vas a quedar ahí parado como un pasmado? —me pinchó Ryker—. Vamos adentro antes de que la lluvia nos empape.
—Vayan ustedes —respondí, dándoles la espalda—. Tengo que buscar a Rhyx. No voy a dejar que ella sea la única que disfrute de una buena tormenta.
Si ella quería guerra, guerra tendría. Pero la próxima vez, me aseguraría de que fuera ella quien terminara en el suelo.