El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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EL MAL DE PECHO
Los doctores iban y venían sin descanso.
En pocos días, un gran número de infectados apareció en distintos puntos del reino, como si la enfermedad hubiera estado esperando el momento exacto para despertar.
Los pacientes eran puestos en cuarentena desde el instante en que presentaban los primeros síntomas.
Fiebre alta.
Dolor generalizado.
Una opresión constante en el pecho que no les permitía respirar con normalidad.
Y, por si fuera poco, una tos incesante que con el paso de las horas comenzaba a teñirse de sangre.
Mientras el pueblo sufría, en el castillo los problemas causados por la reina viuda eran controlados con extremo cuidado por Samuel, quien debía dividir su tiempo entre el gobierno, la epidemia y las tensiones familiares.
Félix y Agnes habían regresado al reino con un plan bajo la manga.
Intentarían, por cualquier medio, acabar con Samuel y Camilo.
Pero para ellos, el simple hecho de volver al reino se convirtió en un suplicio.
Intentaron ganarse el favor del pueblo enfermo, visitando los barrios bajos, ofreciendo palabras vacías y promesas falsas, sin tomar en cuenta un detalle crucial: sin protección alguna, también podían ser infectados.
—Abuela, me alegra volver a verte —dijo Félix al saludarla, inclinándose ligeramente.
—Mi pobre niño… —respondió Ofelia acariciando su rostro—. ¿Por cuántas cosas no has pasado?
Félix sonrió con falsa ternura, sin imaginar que esa misma noche la enfermedad los tomaría a ambos como próximas víctimas.
Una breve fiebre fue lo que inició todo.
Un calor incómodo.
Un leve dolor en el pecho.
Una tos seca que no parecía peligrosa.
Mientras creían estar a salvo, no se dieron cuenta de que la enfermedad no distinguía realeza de vagabundos.
—¡Su majestad! —gritó la sirvienta principal de Ofelia irrumpiendo en el comedor—. ¡Su abuela ha contraído la enfermedad!
Al escuchar esas palabras durante el desayuno, no solo Samuel y Camilo quedaron en estado de shock; incluso Klaus y Brisa se quedaron sin habla.
—¿Estás segura? —preguntó Klaus con gravedad.
—Completamente, señor —respondió la sirvienta con lágrimas en los ojos.
—Samuel… —dijo Camilo con preocupación—. No podemos dejarla sola y abandonada.
—No es que quiera hacerlo —respondió Samuel caminando de un lado a otro en su oficina—, pero si sale de su habitación, todos podríamos infectarnos.
Minutos después apareció un médico de la Academia de Medicina, con el rostro cansado y la voz grave.
—Majestad, la reina viuda ha sido infectada —confirmó—. No es la única. La concubina Agnes y el príncipe Félix presentan los mismos síntomas.
—¿Qué nos recomienda hacer? —preguntó Camilo, conteniendo la angustia.
—Mi señor, deben mantenerse bajo extrema vigilancia. No pueden abandonar sus habitaciones. Sus sirvientes deberán permanecer con ellos, pues es posible que también estén infectados. Lo más prudente… es esperar.
Esperar.
La palabra cayó como una sentencia.
—Gracias por sus servicios —dijo Camilo entregándole monedas de oro, aunque su expresión reflejaba impotencia.
La gente sufría.
Y ahora, también la familia real.
Decidido a no quedarse de brazos cruzados, Camilo se animó y, sin decirle a nadie, se encerró en la biblioteca en busca de algún indicio de cura o, al menos, algo que pudiera aliviar los síntomas.
Samuel lo vigilaba de lejos sin que él lo supiera, preocupado, atento a cada uno de sus movimientos.
Pero no era el único observando.
Mientras Camilo se aislaba entre libros, Alexandra aprovechó la oportunidad.
—Déjenme ver al rey —ordenó a los guardias que custodiaban la oficina de Samuel.
Al entrar, encontró a Samuel rodeado de documentos y mapas.
—¿Qué quieres, Alexandra? —preguntó él con frialdad al mirarla.
—Samuel, deja de fingir. Sé que me extrañaste —dijo ella acercándose peligrosamente.
—¿Cómo podría extrañar a una persona sucia? —respondió él sin mirarla siquiera de nuevo.
—¡¿Sucia?! —exclamó ella con rabia—. Ya veo que te quedaste prendado de ese estúpido. Pero déjame decirte algo: una vez logre salvar a tu abuela, no te quedará de otra que casarte conmigo.
—Si lo logras, claro —respondió Samuel con sarcasmo—. Por ahora, retírate antes de que mande a los guardias a sacarte.
Mientras discutían, la reina viuda empeoraba con cada día que pasaba.
Por órdenes de Alexandra y basándose en sus escasos conocimientos médicos, creyó que cubrir el cuerpo inconsciente de Ofelia con telas ayudaría a conservar su calor.
Pero ocurrió lo contrario.
Cada capa añadida hacía que el aire le faltara más.
Lo que normalmente tardaba semanas en manifestarse, en Ofelia apareció en cuestión de días.
La tos se volvió violenta.
La sangre manchaba las sábanas.
Su respiración era cada vez más débil.
—Esa maldita vieja sigue sin recuperarse —dijo Alexandra al entrar en la habitación de Félix.
—Déjalo ya —respondió él, alejándose—. Si muere, puedes decir que como último deseo pidió que te casaras con Samuel.
Alexandra sonrió lentamente.
—Esa es una excelente idea, mi futuro rey —dijo con una sonrisa cruel—. Y así, algún día, tú y yo seremos los soberanos de este reino.
Lo que no imaginaban…
era que, en un breve momento de lucidez,
Ofelia había escuchado todo al salir de su habitación, intentando ver cómo se encontraba el estado de salud de su nieto favorito.
Su corazón se rompió, al escuchar las palabras de los dos jóvenes, creía que ellos también la querían, pero ahora no solo veía lo podrido que tenían los pensamientos, sino que veía vacías las promesas hechas por su nieto.
Tomó una decisión firme.
Y esta vez…
no permitiría que ellos ganaran.