Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 10: Donde el Eucalipto Echa Raíces
El viaje hacia el barrio de Leo fue silencioso. El elegante auto deportivo de Adrián se sentía fuera de lugar a medida que las relucientes torres de cristal eran reemplazadas por edificios de departamentos desgastados y calles llenas de vida, pero con poco presupuesto. El aroma a pino de Adrián era suave, curioso, mientras observaba por la ventana.
— Es aquí —dijo Leo, estacionándose frente a una unidad habitacional de fachadas descascaradas—. No es la calle 5ª Avenida, Adrián. Si quieres volver, lo entenderé.
Adrián simplemente apagó el motor y lo miró a los ojos. Su aroma soltó una nota de toronja dulce.
— Viniste a mi mundo y sobreviviste a Julian. Lo mínimo que puedo hacer es entrar al tuyo sin juzgar.
Subieron tres pisos por escaleras que olían a comida casera y detergente. Cuando Leo abrió la puerta, el aroma a eucalipto inundó el pequeño espacio, pero esta vez estaba mezclado con un olor a medicamentos y desinfectante.
— ¿Leo? ¿Eres tú, hijo? —una voz débil pero cálida llegó desde la habitación principal.
Adrián entró y vio a una mujer de rasgos dulces, muy parecida a Leo, descansando entre almohadas. Era la madre de Leo. Al ver a Adrián, sus ojos se iluminaron.
— Mamá, él es Adrián Varma. Mi... mi jefe y mi amigo.
Adrián se acercó con una naturalidad que sorprendió a Leo. Se sentó en la orilla de la cama y tomó la mano de la mujer.
— Es un honor conocerla, señora Valari. Leo me ha contado mucho sobre usted.
— Gracias a usted mi hijo vuelve a sonreír —susurró ella—. Y gracias al tratamiento que su empresa cubre, puedo respirar de nuevo. Gracias por ver el valor de mi Leo.
Mientras ellos hablaban, Leo se quedó en el marco de la puerta. Al ver a Adrián, el CEO más poderoso que conocía, escuchando con atención las historias de su madre sobre su infancia, sintió que su eucalipto se transformaba. Ya no era metálico por el estrés, sino profundamente ahumado y vibrante. Su instinto Alfa le gritaba que ese Omega rubio, vestido con un traje de miles de dólares en una habitación de paredes humildes, era el nexo que le faltaba a su vida.
Más tarde, salieron al pequeño balcón que daba a la ciudad.
— Mi madre te adora —dijo Leo, apoyando los codos en el barandal—. Y yo... yo no sabía cómo agradecerte lo que hiciste en la junta contra Julian.
Adrián se paró a su lado, dejando que el viento de la noche despeinara su cabello rubio.
— No me agradezcas. Julian cree que el valor de una persona está en su apellido, pero yo he visto tu código, Leo. Es impecable. Es como tú: honesto y fuerte.
Leo se inclinó hacia él, su aroma a eucalipto envolviendo el pino de Adrián en una danza instintiva.
— Julian tenía razón en algo... soy un Alfa de calle. No tengo nada que ofrecerte que esté a tu nivel.
— Me ofreces paz —respondió Adrián en un susurro, acortando la distancia—. En mi mundo todos quieren una parte de mi empresa. Tú eres el único que se preocupa por si he descansado.
En ese momento, bajo la luz de los faroles viejos del barrio, Leo tomó el rostro de Adrián entre sus manos. La diferencia de castas, el dinero y las amenazas de Julian desaparecieron. Solo existía el aroma del bosque encontrándose con la frescura de la sanación. y lo besó
El beso fue lento, una promesa silenciosa de que, a partir de ahora, sus algoritmos estarían entrelazados.