Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
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Capítulo 02. Miedo y esperanza.
Salí de mi habitación cuando aún todos dormían. El aire matutino se filtraba por los ventanales de la finca, trayendo consigo el aroma húmedo de los pinos y el canto distante de los gorriones. Aquella casa, amplia y majestuosa, siempre había sido para mí un recordatorio constante de mi propia insignificancia. En mi vida pasada, odiaba este lugar. Cada rincón parecía susurrar lo mismo: que yo no pertenecía allí. Veníamos, principalmente, para recibir a Axel, el hijo legítimo de John, mi padre. El favorito. El verdadero heredero.
Recuerdo ese día con demasiada claridad. Cuando Axel llegó, todos parecían brillar a su alrededor. Mi padre lo miraba con orgullo, los empleados se inclinaban ante él con sonrisas, y yo... simplemente desaparecía entre las sombras. No soporté más. Tomé mi auto y me marché sin mirar atrás. Regresé una semana después, y mi padre me estaba esperando. Su furia era casi palpable.
—¡Ese bastardo no es mi hermano! —le grité, con el pecho ardiendo de rabia y humillación.
Su respuesta fue una bofetada tan fuerte que sentí cómo el sabor metálico de la sangre se mezclaba con mi saliva. Mi labio sangraba, y mi orgullo estaba hecho pedazos. No estábamos solos: toda la familia Grant y los Ashford eran testigos del espectáculo. Busqué la mirada de Robert, desesperado por encontrar aunque fuera un gesto de apoyo. Pero lo único que encontré fue indiferencia. Una mirada fría, vacía, distante.
Fue entonces cuando lo arruiné todo. Armé un escándalo. Quise hacerlo reaccionar, que al menos me viera, que dejara de fingir que no existía. Así que le grité frente a todos: que me había acostado con él.
El silencio que siguió fue sepulcral. Ni siquiera el viento se atrevió a moverse. En los ojos de mi padre vi repulsión; en los de Robert, un rastro fugaz de rabia. En los míos, la desesperación de quien lo ha perdido todo y aún no lo comprende.
Ahora, mirándolo en retrospectiva, me doy cuenta de lo inútil y estúpido que fue. Parecía un perrito faldero detrás de él, mendigando su atención, su aprobación… su amor. Y al final, solo obtuve muerte. Muerte y una indiferencia tan fría que terminó matando mí alma.
Pero esta vez sería diferente.
Caminé hasta la cocina, donde el murmullo de los empleados rompía la quietud del amanecer. El aroma del pan recién horneado llenaba el aire, mezclado con el chisporroteo de la mantequilla derritiéndose sobre la sartén. Apenas crucé la puerta, el ambiente se tensó. Las conversaciones se cortaron, los cuchillos dejaron de sonar sobre las tablas, y las miradas se alzaron hacia mí.
Recordé entonces lo que había sido: un déspota, arrogante, cruel. Tenía un temperamento insoportable y una lengua aún peor. Había tratado a todos con desprecio, creyéndome superior por un apellido y un apellido que, en realidad, no significaban nada. La vida me había dado la lección más dura posible, y aunque el arrepentimiento me pesaba, sabía que debía empezar de nuevo.
Me aclaré la garganta. El sonido resonó en la estancia silenciosa, y todos se giraron hacia mí. Vi miedo en algunos ojos, pero también rencor en otros.
«Bueno, me lo merezco», pensé.
—Buen día —dije, forzando una sonrisa que se sentía extraña en mis labios. El saludo salió torpe, casi ajeno, como si mi boca no estuviera acostumbrada a pronunciar esas palabras. Y tenía razón: nunca lo hacía. Nunca saludaba a quienes consideraba inferiores.
Una chica, la más joven de todos, se atrevió a responder con voz temblorosa.
—Bu-buenos días, joven.
Anastacia. Recordaba su nombre. En mi vida pasada, a pesar de mis malos tratos, fue ella quien me ayudó y cuidó de mi hijo. Una muchacha dulce, con una bondad que yo no merecía. Era buena, y yo no lo fui con ella.
—Hoy llega Axel—comenté, tratando de sonar casual—. ¿Tienen pensado algún postre?
El chef levantó la cabeza, sorprendido. Podía leer en su mirada el desconcierto total: jamás me había interesado en lo que se servía en esta casa, mucho menos me había acercado a la cocina.
—Ta-tartas de durazno, señor. Pero si gusta, podemos cambiarlo —dijo con premura, como temiendo una explosión de mi parte.
No odiaba los duraznos, pero era alérgico a ellos. La única vez que los probé terminé en el hospital, con la garganta inflamada y el cuerpo ardiendo en fiebre.
—No. Solo preguntaba —respondí, girando para irme. Pero antes de cruzar la puerta, me detuve y añadí—: Buen trabajo.
El silencio que siguió fue diferente al anterior. No era tenso, sino incrédulo. Caminé fuera de la cocina sintiendo las miradas clavadas en mi espalda y el calor subiendo a mis mejillas. Mis orejas ardían, y seguramente también mi rostro. Pasé tanto tiempo siendo una mierda de persona, que ahora, el simple hecho de actuar con decencia me resultaba abrumador, incluso vergonzoso.
«Bueno, es un avance —me animé a mí mismo mientras caminaba hacia el jardín—. Poco a poco, Elijah, poco a poco».
El sol comenzaba a elevarse sobre los campos, tiñendo los rosales con destellos dorados. Por primera vez en mucho tiempo, respiré con calma. Tal vez la redención no era inmediata, pero sí posible.
Miré el pasto frente a mí. Allí, en ese mismo lugar, fue donde mi hijo gateó por primera vez. La imagen de su pequeña figura, tambaleante y riendo bajo el sol, me atravesó como una daga. Mi niño no tenía la culpa de nada, y aun así fue quien pagó el precio de mis errores, de mi obsesión, de mi insistencia en retener lo que el destino jamás me había prometido. Si tan solo hubiera dejado a Robert antes, él… él no habría muerto.
Toqué mi vientre con suavidad. Sabía que allí, una vez más, crecería una nueva vida. La sola idea me arrancó una sonrisa tenue, nostálgica, casi temblorosa. Me senté en una de las sillas del jardín y levanté la vista hacia el cielo azul, despejado, propio de aquella primavera. El aire olía a tierra húmeda y a flores recién abiertas. Estiré una mano hacia arriba, como si pudiera alcanzar el rostro de mi madre entre las nubes.
—Mamá… por favor, ayúdame. Ayúdame a cuidarlo, a ser un buen padre. —Mi voz se quebró, y sentí el ardor detrás de los ojos. La nariz me dolía, la garganta se me cerraba, conteniendo el llanto que pugnaba por salir. Durante años me había sentido solo, vacío, y por eso me aferré a amores que jamás me corresponderían. Pero ahora era diferente. Ahora tenía una razón real para vivir. Mi pequeño Samuel… aunque era demasiado pronto para saber si realmente estaba ahí, lo sentía en lo más profundo de mi alma. Y esa certeza bastaba.
—Joven —escuché una voz a mis espaldas, rompiendo el silencio—. Su desayuno.
Me giré lentamente y vi a Anastacia, de pie a unos metros, sosteniendo una bandeja con jugo, café y panecillos. Apenas pude esbozar una sonrisa. Ella sabía que detestaba desayunar con la familia. Siempre lo había odiado: ser “el hijo” del patriarca no me salvaba de las miradas despectivas, de los comentarios cargados de veneno. Para ellos, yo no era más que un intruso con su apellido.
—Ponlo ahí —señalé con la cabeza la mesita junto a mí—… por favor —añadí, casi en un susurro. Pero ella me escuchó. Vi cómo sus ojos se agrandaban por un instante y cómo sus pasos vacilaron antes de continuar.
—Anastacia —la llamé justo cuando se disponía a marcharse tras decir un tímido “permiso”.
—¿Sí? —levantó la mirada de inmediato. Su voz tembló apenas, pero lo suficiente para que el nerviosismo se notara.
—No, nada… Gracias por el desayuno. —«Bueno, eso fue más natural», pensé, aliviado.
Ella sonrió, una de esas sonrisas pequeñas pero sinceras, y asintió.
—De nada, joven. Que disfrute.
Luego se dio media vuelta y se alejó, con pasos tan suaves que el ruido del césped apenas se inmutó bajo sus pies.
Suspiré con pesadez. «Es muy pronto para pedirle que vaya conmigo», pensé mientras observaba la bandeja. Sabía que, tarde o temprano, debería hablar con ella, porque Anastacia era la única persona en esa casa que alguna vez me trató con humanidad. Pero no podía hacerlo todavía.
Ahora que estaba de regreso, no podía quedarme más tiempo aquí. Ni en la finca, ni en la ciudad. Mucho menos cerca de Axel o de Robert. Cuando me confirmarán el embarazo, todo se complicaría. «Voy a irme», me repetí con determinación, aunque la duda me mordía por dentro. «Voy a irme… pero, ¿a dónde?»
El viento meció las hojas de los árboles y, por un instante, juraría que escuché la risa de mi hijo mezclarse con el murmullo de la brisa. Cerré los ojos. Tenía miedo, sí… pero también esperanza. Y esa era una sensación que no recordaba haber tenido en mucho tiempo.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard