No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capítulo 10
La expresión desconcertada de Edward aún era vivida en la memoria de Arya cuando dejó el balcón.
Caminaba con paso medido, acumulando muchos pensamientos.
Doblando el corredor que llevaba a las habitaciones, distinguió dos figuras conversando animadamente.
Ferdinand gesticulaba como siempre, exagerando cada anécdota. A su lado, erguido, atento, estaba August.
Arya se detuvo en seco.
Por un instante no supo si avanzar o retroceder.
—¡Oh! ¡Ahí estás, Arya! —exclamó Ferdinand al verla.
Demasiado tarde para escapar.
Ambos comenzaron a caminar hacia ella.
Arya intentó recomponer el gesto. Su mirada pasó brevemente de uno a otro, preguntándose qué hacía August allí, pareciendo cercano a Ferdinand.
La respuesta llegó sola.
—Justamente le estaba hablando de ti —dijo Ferdinand con entusiasmo—. Este es August von Hohenberg. Es de segundo año. Últimamente compartimos bastante tiempo en la zona de las habitaciones.
Arya parpadeó.
¿Compartían tiempo? ¿Se estaban haciendo amigos?
August inclinó levemente la cabeza.
—Hola.
El tono fue suave y medido.
—Hola… —respondió ella.
Ferdinand continuó, orgulloso.
—Es alguien bastante interesante, ¿sabes? Tenemos varias cosas en común.
Arya no supo qué decir. Sentía la mirada verde de August fija en ella, analizándola con esa atención que la desarmaba.
Entonces él habló.
—¿Entonces ella es tu prima?
—Así es —respondió Ferdinand sin dudar—. Aunque podría decirse que es como mi hermana. La conozco mejor que cualquier otra persona.
August alzó apenas una ceja.
—¿Es así?
Hubo algo en ese tono que hizo que Arya reaccionara antes de pensarlo.
—¿Tanto me conoces que olvidaste mi cumpleaños el año pasado? —dijo, dándole un leve codazo a Ferdinand.
Ferdinand se sonrojó al instante.
—¡No lo olvidé! Bueno… no exactamente. Es que el diez de noviembre estuve algo ocupado.
—¿Ocupado…? —repitió Arya con falsa solemnidad—. ¿Coqueteando en el pueblo, tal vez? Qué considerado es mi primo, que dice ser como mi hermano.
Ferdinand protestó entre risas, intentando justificarse.
— Lo ves, sé bien la fecha y ademá... a ti ni siquiera te gusta tú cumpleaños.
Arya sonreía. Era una sonrisa ligera, casi despreocupada.
Pero August había dejado de reír.
—Espera —interrumpió de pronto—. ¿Dijiste diez de noviembre?
Arya lo miró.
—Sí...¿que pasa con eso?— dijo Ferdinand confundido.
Durante un segundo, algo cambió en la expresión de August. Una sorpresa genuina.
Luego sonrió.
—Qué coincidencia más extraordinaria —dijo con suavidad—. El mío también es el diez de noviembre.
Ferdinand soltó una exclamación divertida.
—¡¿En serio?! Eso sí que es casualidad.
Pero Arya no rió.
Se quedó observándolo.
Había coincidencias… y luego estaban esas coincidencias.
—Vaya —murmuró finalmente—. Qué particular.
August sostuvo su mirada un instante más largo de lo socialmente necesario.
—Tal vez el destino tiene un extraño sentido del humor.
Ferdinand soltó una carcajada, sin tener idea del acercamiento entre ellos y el interés declarado de August hacia Arya.
—O tal vez simplemente nacieron el mismo día, no todo tiene que ser tan dramático.
Luego de esa interacción, se separaron en el punto en el que los pasillos se dividían en cada ala correspondiente a las habitaciones.
En ese momento, Arya aún no tenía idea de que, las consecuencias por descuidarse a si misma por días estaban por llegar.
En la noche, la fiebre no llegó de golpe.
Primero fue un temblor leve en los dedos mientras pasaba una pagina. Luego un escalofrío que le recorrió la espalda aun cuando la lámpara de aceite calentaba el escritorio. Arya parpadeó varias veces, tratando de enfocar las líneas del libro abierto frente a ella. Las letras comenzaron a superponerse.
No podía detenerse. Pasó la página.
Annie se removió en la cama al otro lado de la habitación.
—Arya… ¿sigues despierta?
—Sí… ya voy a dormir —respondió ella, sin apartar la vista del texto.
Pero no lo hizo.
Cuando por fin cerró el último libro, el cielo tapizado de estrellas se hizo borroso y la presión detrás de sus ojos era un dolor constante. Se llevó la mano a la frente. Ardía.
A la mañana siguiente, intentó incorporarse con la determinación de siempre, pero el mundo se inclinó apenas. Annie la sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.
—No vas a clase —dictaminó.
—Solo es cansancio.
Su voz la traicionó. Ronca. Frágil.
No fue a clases ese día y se extendió a un segundo día.
August lo supo por Ferdinand en el pasillo.
—Tiene fiebre —dijo él, preocupado—. Annie no la dejó levantarse, ha recibido la medicación de la enfermeríha pero no parece surtirle demasiado efecto...ya van dos días que está en cama.
August no reaccionó de inmediato. Solo asintió.
—¿Es grave?
—No lo creo. Pero… evidentemente lo esta pareciendo.
Eso fue suficiente.
Durante la segunda hora, levantó la mano con una excusa perfectamente formulada. Salió del aula con calma, pero al doblar el pasillo sus pasos se aceleraron.
Sabía la regla.
Los hombres no podían ingresar a los dormitorios de las mujeres, y las mujeres no podían ingresar a la de los hombres.
Y aun así avanzó.
Evitó a un prefecto girando por una escalera secundaria. En el bolsillo llevaba un pequeño frasco de infusión medicinal que le había sido entregado para su uso en caso de necesitarlo por el médico del Ducado y un paquete envuelto con dulces de miel.
Se detuvo frente a la puerta.
Tocó apenas.
Dentro, silencio. Luego el crujido de una cama.
—¿Annie…? —la voz de Arya era más suave de lo habitual.
August abrió apenas la puerta.
Ella estaba sentada entre las mantas, el cabello suelto cayendo sobre los hombros, las mejillas encendidas por la fiebre. Parpadeó al verlo, incrédula, tal vez estaba teniendo alucinaciones, se planteó esa idea pero la imagen frente a ella era demasiado real.
—¿Qué… haces aquí?
Intentó incorporarse demasiado rápido y el mareo la venció. August cruzó la distancia en dos pasos y la sostuvo por los hombros antes de que cayera hacia adelante.
—Con calma —murmuró.
El contacto fue breve, pero firme.
Arya lo miró como si todavía no procesara la escena.
—Esto es… una violación directa del reglamento.
—Lo sé.
—Podrías meterte en problemas.
—También lo sé.
Sacó el pequeño frasco.
—Infusión para la fiebre. Y dulces para la garganta. Ferdinand mencionó que estabas resfriada.
Ella observó los objetos, luego a él.
—No era necesario...
—Tal vez no. Pero lo hice igual.
Arya no pudo evitar una pequeña sonrisa.
— Eres bastante extraño...¿por qué haces todo esto?
— Porque estaba preocupado...
Dijo August sin rodeos. Arya se tensó levemente y sintió un latir extraño en su corazón.
La ayudo a sentarse en la cama y él se sentó en una silla quedando casi frente a ella.
— Por como me preguntas esto parece que aún no confías o crees en mí... fui completamente sincero cuando dije que habías llamado mí atención y que quería demostrarte mí sinceridad, conocerte... acercarme.
Arya lo miraba, lo escuchaba y no lo entendía. Porque para ella la sola idea de que él se fijará en ella le resultaba absurda. Pero en ese momento, Arya no quería entrar en cuestionamientos.
— Gracias... Por todo esto muchas gracias...
Dijo ella, y August sonrió complacido. El silencio que siguió no fue incómodo.
—Supongo que… —continuó él— estudias hasta el agotamiento.
Ella desvió la mirada un segundo.
—A veces.
—¿Por alguien?
Arya tardó en responder.
—Por convicción...
No era mentira. Pero tampoco toda la verdad.
August asintió, como si entendiera más de lo que ella decía.
—Mi familia cree que el esfuerzo constante es sinónimo de valor —comentó con ligereza—. A veces uno olvida que también es humano.
Arya lo observó.
No había arrogancia en él. Solo una honestidad tranquila.
La visita continúo en medio de charlas en donde ambos fueron descubriendo interés en común.
Arya volvió a reír.
Mientras tanto, en el aula, el segundo día de ausencia de Arya no pasó desapercibido.
Edward escuchó cuando Annie explicó en voz baja la razón de la falta.
No preguntó nada.
Pero dejó de escribir.
Más tarde, abandonó la clase con una excusa seca y breve.
Los pasillos hacia los dormitorios femeninos estaban inusualmente silenciosos.
Se detuvo frente a la puerta entreabierta.
Y entonces escuchó.
Una voz masculina, clara, la reconoció.
August von Hohenberg.
Luego, una risa.
Débil, sí, pero era risa.
Su mano se elevó, casi tocando la madera. Se quedó ahí inmóvil.
Escuchó otra vez. La voz de Arya, más suave, más ligera de lo que la había oído alguna vez.
No sonaba preocupada, no sonaba agotada. No sonaba… como cuando estaba con él.
Algo se tensó en su mandíbula.
Comprendió.
Enderezó la espalda.
Dio un paso atrás.
Se apoyó un segundo contra la pared fría, cerró los ojos apenas un instante.
Y luego se marchó, sin hacer ruido, sin interrumpir.
Dentro de la habitación, Arya no sabía que alguien había estado al otro lado de la puerta.
Solo estaba riendo.