“El misterio de las dos hermanas y los gemelos comienza cuando una oscuridad ancestral marca a una de ellas, mientras los hermanos descubren que su destino está ligado a dos lunas muy distintas que podrían salvar… o destruir… el bosque.” 🌒✨
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La sombra que rompe
La ciudad no dormía, pero dentro del hotel, Alison y Alisa sentían que algo más que la noche las vigilaba. La oscuridad había dejado de ser un susurro. Ahora era un peso tangible que presionaba sus pensamientos, infiltrándose en cada gesto y cada palabra.
Alison estaba en el balcón, mirando la luna llena que iluminaba las calles. Su marca palpitaba con fuerza, recordándole la presencia constante de la sombra que la había perseguido desde niña. Cada vez que pensaba en Alisa, la marca reaccionaba violentamente, estirándose por su piel, como si tuviera vida propia.
Alisa entró en la habitación sin hacer ruido.
Intentó acercarse a su hermana, pero algo la detuvo: la marca brillaba con un tono más oscuro de lo habitual, como un muro invisible que la empujaba hacia atrás.
—Alison… —susurró—. ¿Qué te pasa?
—¡No quiero acercarme! —respondió Alison, con voz entrecortada—. Esto… no puedo controlarlo. No quiero lastimarte.
Alisa retrocedió, confundida y herida. La luz que siempre la acompañaba ahora titilaba débilmente. La oscuridad estaba funcionando: no necesitaba fuerza, solo sembrar duda.
“Sin ella, eres más fuerte”, susurraba la sombra en la mente de Alison.
“Ella te debilita”, repetía en la de Alisa.
El padre, sentado a unos metros, observaba en silencio. Sabía que cualquier intervención directa podía empeorar la grieta. Las sombras manipulaban emociones, no cuerpos. Por eso solo podía observar, esperando que no fuese demasiado tarde.
Lejos, Jael y Dael llegaron al límite del bosque que rodeaba la ciudad. Habían sentido la desconexión entre las hermanas como un golpe en el pecho, y ahora entendían que la oscuridad ya estaba activando el peligro externo. Entre los árboles, un grupo de lobos salvajes surgió de la penumbra, atraídos por la energía inestable de Alison y Alisa. Sus ojos amarillos brillaban con hambre y agresividad.
—¡Prepárense! —gruñó Jael.
Dael asintió, transformando parcialmente sus cuerpos. Sus sentidos se agudizaron, y sus movimientos se volvieron más rápidos, precisos. Los lobos atacaron en oleadas coordinadas. Jael esquivó al primero, lanzándolo contra un árbol. Dael bloqueó al segundo, sintiendo los colmillos rasgar su ropa. Un tercero intentó rodear, pero Jael lo interceptó antes de que pudiera atacar a Dael por la espalda.
—¡No se detendrán hasta que logren lo que quieren! —advirtió Jael.
Los lobos finalmente huyeron, pero los gemelos comprendieron que esto era solo un aviso: la oscuridad estaba activa en la ciudad. No solo buscaba dividirlas, sino atraer peligros externos para debilitarlas aún más.
De vuelta en el hotel, Alison y Alisa comenzaron a discutir por primera vez de verdad.
—¡Nunca entiendes! —gritó Alison—. Siempre estás ahí, controlando todo con tu luz, haciéndome sentir que no puedo decidir nada por mí misma.
—¡Yo no hago nada de eso! —respondió Alisa, con lágrimas en los ojos—. Solo intento protegerte.
La marca de Alison brilló con intensidad, y la luz de Alisa tembló. Fue como si la energía que compartían se estirara hasta romperse. La oscuridad estaba a punto de ganar.
—¡Aléjate! —dijo Alison, la sombra creciendo detrás de ella como un monstruo silencioso.
Alisa retrocedió, tropezando con la cama. Sintió miedo por primera vez. La sensación de pérdida, de distancia, de que su hermana ya no estaba con ella, la golpeó como un puño invisible.
El padre se levantó, decidido a intervenir.
Antes de que pudiera hablar, un ruido proveniente de la ventana los hizo girar. La puerta se abrió y, como si el destino los guiara, Jael y Dael entraron corriendo, alertas y tensos.
—¡Chicas, cuidado! —gritó Jael, mientras los gemelos se lanzaban a cubrirlas.
Alison y Alisa miraron a los gemelos, confundidas, mientras afuera, el reflejo de los ojos amarillos de los lobos se acercaba a la ciudad, atraídos por la grieta emocional que la oscuridad había creado.
Dael se colocó frente a la puerta, transformando parcialmente su cuerpo. —¡No entrarán! —gruñó, mientras Jael bloqueaba otra entrada. Los lobos atacaron nuevamente, más agresivos y numerosos.
Dentro, la tensión entre las hermanas alcanzaba un punto crítico. Cada palabra era un choque de luz y sombra, una batalla que parecía que podría separarlas para siempre. La oscuridad susurraba, manipulando sus mentes:
“Déjala ir… ya no importa.”
“Ella te traicionará… no confíes.”
Pero a pesar del miedo y la desconfianza, un hilo invisible seguía conectándolas, aunque tenue. La conexión que compartían era más fuerte que la sombra, aunque ahora parecía mínimo frente a la manipulación que enfrentaban.
El padre, observando la lucha de afuera y adentro, sintió un peso que nunca antes había sentido. Sabía que la historia de la madre se repetía, que la misma oscuridad que la había arrebatado estaba probando ahora a sus hijas. Él todavía no podía decirles toda la verdad, pero podía guiarlas a sobrevivir.
Alison, por un momento, cerró los ojos y respiró hondo. La sombra comenzó a retroceder ligeramente. Alisa hizo lo mismo con su luz, tratando de sostener lo que aún las unía. Fue suficiente para que, por unos segundos, la grieta no se rompiera del todo.
Los gemelos luchaban fuera, los lobos comenzaban a retirarse. La tensión emocional dentro del hotel se volvió casi insoportable, pero la combinación de fuerza, coraje y conexión con sus hermanas permitió que la oscuridad no ganara completamente.
Cuando la última sombra de los lobos desapareció, el silencio cayó sobre la ciudad. Las hermanas permanecieron separadas, pero respiraban. Sus ojos se encontraron por un segundo, y aunque ninguna se acercó, entendieron que todavía estaban conectadas.
El padre suspiró. Sabía que la noche no había terminado. La oscuridad todavía estaba allí, acechando, esperando el momento adecuado para intentar romperlas de nuevo. Pero también sabía que, con la llegada de los gemelos y la fuerza que aún tenían juntas, todavía había esperanza.
Y mientras la luna iluminaba la ciudad, una verdad comenzó a formarse en su mente: la historia de la madre no había terminado, y su legado, oscuro y peligroso, todavía influía en cada paso que darían las hijas.