El destino teje hilos oscuros, pero el poder verdadero reside en decidir qué nudos desatar y cuáles cortar con tu propia voluntad
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Capítulo 06
Alessia se acercó al yunque. Extendió su mano sobre el metal al rojo vivo. Cerró los ojos y buscó la oscuridad profunda, la que yacía en las raíces de las montañas.
—La magia no solo destruye, Bram. También transforma.
Infundió sus sombras en el metal. El fuego de la fragua se volvió de un color azul violáceo. El hierro empezó a cambiar, volviéndose más oscuro, más denso, con vetas de un material que parecía absorber la luz. Cuando el martillo de Bram golpeó el metal, el sonido no fue un tintineo, sino un trueno sordo.
—Acero Abisal —susurró Bram, maravillado—. Es más ligero que el acero de Vyrwel y tres veces más duro. Ninguna armadura común podrá detener esto.
Alessia sonrió. Estaba creando armas que no solo herían el cuerpo, sino que drenaban la voluntad de quienes las enfrentaban.
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El Dolor Detrás de la Máscara
Una noche, mientras el campamento dormía bajo la protección de las costillas del Leviatán, Alessia se alejó hacia el borde de un precipicio que miraba hacia el sur. El viento soplaba con fuerza, agitando su nuevo atuendo: una armadura de cuero negro y escamas de acero abisal que ella misma había ayudado a diseñar.
Se sentó en el suelo, dejando que la soledad la envolviera. Fue entonces cuando la máscara de frialdad se agrietó por un momento.
Sacó de un pequeño saco de cuero lo único que conservaba de su vida anterior: un pañuelo de seda con el escudo de los Ashworth, manchado de sangre y barro. Lo apretó contra su rostro, buscando un rastro del perfume de su madre, de la seguridad de su hogar. No encontró nada. Solo el olor a ceniza.
—Te odio —susurró, y las lágrimas que se había prohibido derramar empezaron a caer—. Te odio, Caleb. Te odio por hacerme amar a un hombre que no existía. Te odio por obligarme a convertirme en esto.
El dolor era físico, un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarla. Por un segundo, volvió a ser la niña que quería ser reina para hacer felices a todos. Volvió a ser la joven que soñaba con el día de su boda.
—Señora...
Alessia se sobresaltó y guardó el pañuelo rápidamente. Silas estaba allí, parado en las sombras.
—¿Qué quieres, Silas? —preguntó ella, recuperando su voz de acero.
El General se sentó a una distancia respetuosa. No dijo nada durante un largo rato, simplemente observó el horizonte oscuro.
—A veces, el precio de la libertad es la persona que solíamos ser —dijo Silas con una sabiduría que solo los hombres rotos poseen—. Yo también tuve una esposa. Tuve un hijo que quería ser músico. Cuando el Rey ordenó quemar aquella aldea y yo me negué, él no me mató. Me obligó a ver cómo los ejecutaban antes de enviarme aquí.
Alessia lo miró, sorprendida por la confesión.
—¿Cómo lo soportas? —preguntó ella.
—No lo soporto —respondió Silas, mirándola a los ojos—. Lo uso. Cada vez que me duelen los huesos, cada vez que el hambre me muerde, recuerdo sus rostros. No para llorar por ellos, sino para recordarme por qué sigo vivo. Tú no eres una villana, Alessia. Eres un instrumento de la consecuencia. Vyrwel sembró dolor, y ahora tú eres la cosecha.
Alessia asintió lentamente. El nudo en su garganta empezó a deshacerse, reemplazado por una determinación fría y absoluta.
—Mañana empezaremos a movernos hacia las fronteras —dijo ella—. Ya no somos fugitivos. Somos una invasión.
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El Pacto de los Sombríos
Al día siguiente, el campamento de Exilium era una máquina de guerra. Quinientos hombres y mujeres, armados con Acero Abisal y vestidos con capas grises que los hacían casi invisibles en la niebla, se alinearon ante Alessia.
Ya no eran los mendigos que ella encontró al llegar. Eran los "Sombríos".
Alessia montó un caballo de guerra negro, una bestia del Abismo de ojos rojos que solo ella podía dominar. Miró a su ejército, a Silas a su derecha y a Kael a su izquierda.
—El camino será largo —declaró ella—. El hambre volverá, y muchos de ustedes no verán el final de este viaje. Pero les prometo esto: cuando lleguemos a las puertas de Vyrwel, el mundo temblará. ¡Por los olvidados!
—¡POR LA REINA OSCURA! —rugieron quinientas voces, un sonido que por primera vez en siglos, hizo que la niebla del Abismo se dispersara, revelando un camino hacia el mundo de la luz.
Alessia espoleó a su caballo. No miró atrás. Cada paso la alejaba de la víctima que fue y la acercaba a la soberana en la que se estaba convirtiendo. El Abismo había despertado, y con él, una furia que no conocía límites.
La venganza era un plato que Alessia Ashworth estaba dispuesta a servir ardiendo, hasta que no quedara nada de la casa que la vio nacer ni del hombre que la destruyó.