Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Miradas
Meses después, en una mañana tranquila en la que el aroma de hierbas secas y flores frescas llenaba la tienda, la campanilla de la puerta sonó con un tintinear suave. Lavender levantó la vista apenas un segundo antes de volver a concentrarse en ordenar unos frascos, sin imaginar que aquel visitante no sería como los demás.
Un hombre alto cruzó el umbral. Su porte era distinguido, aunque sencillo, y vestía con sobriedad elegante. Tenía el cabello oscuro, ligeramente plateado en las sienes, y una expresión serena, casi amable. Sus ojos, curiosos y atentos, recorrieron el lugar con detenimiento, como si cada estante guardara un secreto digno de ser descubierto.
Se detuvo frente a una maceta ubicada cerca de la ventana lateral. Allí crecía una flor de la montaña, delicada y rara, con pétalos pálidos y firmes, perfectamente cuidada. El hombre la observó con evidente sorpresa, inclinándose apenas para verla mejor.
—Es extraño encontrarla así… tan viva —murmuró, sin apartar la vista de la flor.
Lavender, sin levantar demasiado la voz ni exigir atención, respondió con naturalidad desde detrás del mostrador..
—Siempre hay que darle agua fría. Y no debe recibir sol directo. Esa flor no lo tolera.
El hombre arqueó ligeramente una ceja, intrigado. Aún sin mirarla, sonrió apenas, como si aquella respuesta confirmara algo que ya intuía.
—La vi una vez en uno de mis viajes.. Crecía en lo alto de la montaña, expuesta al viento, casi escondida entre las rocas. Pensé que era imposible cuidarla fuera de su entorno.
Sus dedos rozaron el borde de la maceta con cuidado, como si temiera dañarla. Seguía sin mirar a Lavender, pero su voz se volvió más reflexiva, más cercana.
—No muchos saben cómo tratarla… la mayoría cree que necesita sol y calor, cuando en realidad se marchita con facilidad.
Lavender dejó lo que estaba haciendo y se apoyó levemente en el mostrador. Su tono fue tranquilo, seguro, nacido de la experiencia.
—Las flores de la montaña sobreviven porque aprenden a protegerse. Si uno las obliga a vivir como otras flores, mueren. Hay que entender de dónde vienen.
El hombre guardó silencio por un instante. Finalmente, giró un poco la cabeza, aunque aún no la miró directamente. Parecía pensativo, como si aquellas palabras no hablaran solo de la flor.
—Veo que esta tienda no es como las demás.. Se nota que quien la cuida entiende más que hierbas… entiende la naturaleza.
Solo entonces, lentamente, alzó la mirada hacia Lavender.
Y el mundo se detuvo.
No fue un golpe violento ni un arrebato exagerado. Fue algo más silencioso, más peligroso. Como si el aire hubiera cambiado de densidad de pronto. Los ojos del hombre.. claros, atentos, acostumbrados a observar sin ser observado.. se encontraron con los de ella, y en ese instante todo lo demás perdió importancia.
Lavender tenía las manos levemente manchadas de tierra seca, el cabello recogido de forma simple, algunos mechones rebeldes escapando cerca de su rostro. Sus ojos eran firmes, serenos, pero había en ellos una calidez honesta, una luz tranquila que no buscaba impresionar a nadie. Y fue precisamente eso lo que lo desarmó.
El hombre sintió algo que no había sentido jamás.. una certeza absurda e inmediata. Como si su corazón, sin pedir permiso, hubiera dicho ahí es.
Por un segundo olvidó respirar.
Lavender, por su parte, notó el cambio al instante. La forma en que él se quedó inmóvil, la manera en que su expresión suave se quebró apenas por el nervio. No era una mirada invasiva ni arrogante.. era una mirada sorprendida… vulnerable. Y eso la desconcertó.
Sus mejillas se calentaron sin que pudiera evitarlo.
—Yo… —empezó él, pero la voz le falló apenas, lo justo para delatarlo.
Se aclaró la garganta, visiblemente incómodo consigo mismo. No estaba acostumbrado a perder el control, y mucho menos frente a una mujer desconocida en una pequeña tienda de hierbas.
Lavender bajó la vista por reflejo, como si de pronto sus propias manos fueran lo más interesante del mundo. Sintió un leve temblor en el pecho, una sensación extraña, dulce y peligrosa a la vez.
Cuando volvió a mirarlo, él seguía allí, observándola como si fuera la única cosa real en ese lugar.
—Perdón… No pretendía quedarme mirando así.
Ella negó suavemente con la cabeza, una pequeña sonrisa nerviosa curvando sus labios.
—No es molestia.. Solo… no suelen mirar así a las flores.
Él sonrió, esta vez de verdad, pero sus ojos no se apartaron de los de ella.
—No estaba mirando la flor.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de algo nuevo, algo que ninguno de los dos sabía nombrar. El corazón de Lavender latía demasiado rápido para alguien que solo estaba atendiendo su tienda. El del hombre, acostumbrado a la calma y al control, golpeaba con una urgencia desconocida.
Ambos lo sintieron.. ese hilo invisible que se había tendido entre ellos sin aviso, sin permiso, sin lógica.
Lavender respiró hondo, obligándose a volver al presente. A fin de cuentas, seguía siendo una tienda, seguía siendo una tarde cualquiera… aunque su corazón no pareciera estar de acuerdo.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó al fin, con voz suave, profesional, aunque traicionada por un leve temblor.
El hombre parpadeó, como si recién recordara dónde estaba.
—Yo… sí. No. Bueno… tal vez.
Se llevó una mano a la nuca, incómodo, y desvió la mirada apenas un segundo… solo para volver a encontrar los ojos de Lavender, como si algo lo atrajera inevitablemente hacia ella.
—Busco… algo simple.. Para el camino.
Lavender asintió y comenzó a caminar entre los estantes, consciente de cada uno de sus movimientos, del sonido suave de sus pasos, de la forma en que él la seguía con la mirada sin intentar disimularlo.
—¿Hierbas para el cansancio? ¿O para el frío? —preguntó ella, tomando pequeños frascos.
—El cansancio.. Y… tal vez el frío.
No añadió nada más. No explicó. No preguntó precios. Solo la miraba.
Cuando Lavender se giró para entregarle las hierbas, sus dedos rozaron los de él por accidente. Fue un contacto mínimo, apenas un instante… y aun así ambos se estremecieron.
Ella retiró la mano con rapidez, sorprendida consigo misma.
—Esto debería ayudar.. Es suave, pero efectivo.
—Confío en ti —respondió él sin pensar.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Lavender alzó la mirada, sorprendida, y él pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
—Quiero decir… En tu conocimiento.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña, honesta, que le apretó el pecho de una forma casi dolorosa.
—Gracias.
El silencio volvió a instalarse, pero ya no era incómodo. Era íntimo. Denso. Como si hablar de más pudiera romper algo frágil que acababa de nacer.
Lavender juntó las hierbas con cuidado.
Cuando él se dio vuelta para irse, se detuvo un segundo en la puerta, como si algo lo retuviera. No dijo nada. No hizo ningún gesto grandioso.
Solo la miró una última vez.