En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 8
El primer sentido que recuperó Alex no fue la vista, sino el olfato. No olía a la desinfectante frialdad de su mansión, sino a sándalo, a ropa guardada y a esa vainilla persistente que ahora asociaba inevitablemente a Rosalie.
Abrió los ojos con lentitud. La luz grisácea de la mañana se filtraba por las cortinas finas. Fue entonces cuando sintió un peso cálido sobre su pecho. Rosalie se había quedado dormida sentada en el suelo, con el torso apoyado en el borde de la cama y la cabeza descansando justo encima del corazón de Alex. Estaba en una posición incómoda, cuidándola incluso en sueños.
A pesar del dolor punzante en su hombro, Alex sintió un calor distinto que le subió por el pecho. Ver a la rebelde cantante tan vulnerable hizo que el lobo de Alex se agitara con una ternura desconocida. Con una delicadeza infinita, Alex pasó su brazo sano por debajo de las rodillas de Rosalie y el otro tras su espalda, ignorando el pinchazo en su herida. La levantó con cuidado, sintiendo lo ligera que era, y la depositó sobre el colchón.
Rosalie soltó un pequeño suspiro entre sueños, acurrucándose en la almohada que aún conservaba el calor de Alex. La heredera la cubrió con la manta hasta los hombros y se quedó un segundo observándola, asegurándose de que descansara cómodamente antes de escabullirse hacia la pequeña cocina.
El apartamento era un caos de partituras y tazas vacías, pero se sentía real. Alex encontró café y unos huevos en la nevera, y empezó a cocinar algo sencillo, moviéndose como una sombra para no romper el descanso de la chica. El silencio era tenso, como una cuerda de violín a punto de romperse.
—Huele mejor que el café que yo hago —la voz de Rosalie sonó ronca a sus espaldas unos veinte minutos después.
Alex se tensó, pero no se dio la vuelta. Rosalie estaba de pie en el umbral, envuelta en una manta, con el cabello revuelto. El sobre de la Fundación Morozov seguía sobre la mesa, como un cadáver que nadie quería enterrar.
—Te veías incómoda durmiendo en el suelo —dijo Alex, sirviendo dos tazas y un par de platos—. Quería... agradecerte por curarme. Y que descansaras un poco más.
Rosalie se acercó, pero mantuvo la distancia. Tomó la taza, dejando que el vapor le diera en la cara.
—No confundas las cosas, Morozov —dijo Rosalie, y el tono volvió a tener ese filo de acero—. Te curé porque me salvaste de una bala. Pero esos papeles... —señaló el sobre con la barbilla— eso es veneno.
—Lo sé —Alex finalmente la miró. Sus ojos de hielo estaban cansados—. Y sé lo que piensas. Piensas que soy el caballo de Troya de mi padre.
—¿Y no es así? —Rosalie dio un paso hacia ella, sus feromonas volviéndose agrias de nuevo—. Viniste con una sonrisa misteriosa y un contrato de compra en el bolsillo.
Alex dejó su taza en la encimera con un golpe seco.
—¡Yo no elegí ese contrato! Rosalie, toda mi vida ha sido una serie de movimientos decididos por mi padre. Por primera vez en años, fui a ese club porque yo quería. Porque tu voz me hizo sentir que todavía quedaba algo vivo dentro de mí.
Rosalie se quedó callada, escrutando el rostro de Alex.
—Si eso es cierto —dijo Rosalie, suavizando la voz—, ¿qué vas a hacer? Porque ese hombre no acepta un "no" por respuesta.
Alex se acercó a ella. El aroma de ambas empezó a mezclarse. Había una suavidad eléctrica, un magnetismo que desafiaba la lógica.
—Ese contrato dice que la Fundación Morozov compra el club para "proteger el talento". Pero yo soy la heredera. Si yo firmo que el club no es apto para la inversión, él perderá el interés legal... por un tiempo.
Rosalie dejó la taza y, por primera vez, acortó la distancia. Puso una mano sobre el brazo sano de Alex. Su tacto quemaba.
—¿Estás dispuesta a mentirle a él por un sótano que huele a saxofón?
Alex miró los labios de Rosalie y luego sus ojos.
—No lo hago por el club, Rosalie. Lo hago porque no voy a dejar que él te ponga un precio.
Rosalie soltó un suspiro largo y se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de Alex.
—Eres una idiota, ¿lo sabes? —susurró—. Te va a destruir si se entera.
—Que lo intente —respondió Alex, cerrando los ojos.